Viernes, 22 Jun,2018

En profundidad / NOV 19 2017 / Hace 7 Meses

La muerte de Jesús María Ocampo: Homicidio con visos de accidente

Resulta cada vez más evidente que su muerte obedeció a un homicidio que se empezó a planear a partir de sus planes políticos y mineros.


La mayoría de los trabajos que registran la microhistoria regional le han atribuido la súbita muerte de El Tigrero a un accidente, con lo cual consciente o inconscientemente se ha invisibilizado todo un trasfondo complejo y misterioso de complots, celadas y persecuciones desatadas desde la cima del poder económico y político de la época, que oscurecen tristemente la verdad de ese momento fundacional. 

Los señalamientos y la asechanza pertinaz de que fue objeto tanto El Tigrero como sus amigos de causa y de los cuales éste constantemente dejaba testimonios, recibieron un tratamiento marginal en dos novelas –Hombres trasplantados y El río corre hacia atrás-, las cuales han sido el facilista referente de muchas otras cortinas de humo del costumbrismo local sobre ese periodo excitante de la fundación y el poblamiento de Armenia. 

Por lo demás, fuera del ensayo del cronista contemporáneo Valentín Macías -cuyos escritos entrañan un aire de exaltación que no alcanza a solucionar plenamente la deuda de la historia con este intrépido colono-, no ha habido un trabajo de fondo, un “estudio de caso”, una monografía que aborde –desde diversos ángulos y sin esquemas mecanicistas- su extraordinaria peripecia como guerrero, colono, minero, recolector, cazador, narrador oral, “arquitecto”, homeópata, benefactor, en todo lo que ella representa como valor del liderazgo individual y colectivo en la fundación de Armenia y su contexto sociopolítico.

De archivo: Encontramos a los nietos de Tigrero

Una historia de esta naturaleza –pensada y trabajada científicamente-,
tendría un efecto más esclarecedor en la medida en que no se divorcie de la concepción más dilatada de su estructura social y del análisis del contexto político, para no correr el peligro de caer en “la fragmentación del conocimiento histórico”, planteado por Jim Sharpe en su luminosa obra de teoría historiográfica. 

No siendo el objeto central de esta investigación la elaboración monográfica del transcurso vital de El Tigrero, si encuentra que hay un cuerpo de fuentes y materiales disponibles que podrían servir a su composición. El rico filón oculto tras montañas de hojarasca periodística en relación con la fundación de Armenia, podría indicarles a los nuevos investigadores –los que ahora mismo se están formando y aquellos que en el futuro se enfrenten con la tarea de establecer el curso sociopolítico y cultural de la región-, los caminos para rastrear los orígenes de una violencia que allí, en pleno suelo cuyabro, sembró de cruces los campos con la complicidad de las autoridades políticas y la indolencia de los administradores de justicia.

Vea también: 
Historias oficiales de olvido y desprecio al Tigrero


Por ahora, resulta cada vez más evidente que la muerte de El Tigrero obedeció a un homicidio que se empezó a planear desde el día en que el Corregidor Eliseo Ochoa, sus amigos conservadores del gobierno y los accionistas de la compañía Burila conocieron parcialmente de los planes pobladores, políticos y mineros del fundador.

La tesis del crimen político, versión que ha recorrido la historia de forma marginal a las crónicas y relatos costumbristas, aparece por primera vez esbozada en labios de su propia esposa María Arsenia Cardona en entrevista publicada en el libro Quindío Histórico, del periodista Alfonso Valencia Zapata, así:

“- Dónde murió “Tigrero?”
- A mi esposo lo mató un palo en “Rioverde”; además de que continuamente era perseguido por los políticos. Él peleó en la guerra y fue sargento de los liberales…” 


De archivo: Los restos de Tigrero están a salvo

Sorprende que el entrevistador
no haya profundizado en las características de ese “accidente” al conocer el dicho de doña María Arsenia sobre la persecución política de que era objeto El Tigrero. Entre las tres oraciones de esa versión surge un “campo semántico” que deja libre a la interpretación de los lectores, las siguientes reflexiones: 

a) El entrevistador no copió correcta y completa la respuesta, b) doña María Arsenia deslizó esa sugerencia incompleta porque tenía miedo de atribuirles la autoría del crimen a los poderosos terratenientes. c) ¿Por qué razón a la alusión “lo mató un palo en Rioverde”, doña Arsenia le hizo agregados que significaban amenazas políticas, como la de que “continuamente era perseguido por los políticos”?.

Las extrañas circunstancias de la muerte de El Tigrero, fueron reveladas por su hijo Benjamín Ocampo Cardona quien, al momento de la entrevista, tenía setenta y siete años, pero parecía de cien. No era para menos: un hambre de lustros, unas carencias de subsistencia que sólo Víctor Hugo en Los miserables podría describir. El tamaño de sus privaciones le había dejado surcos profundos en la piel, pero tenía la virtud de ocultar todas las dolencias y las deformaciones de su artritis encorvado en un andén del centro de la ciudad, tras la nostalgia de sus recuerdos.

Benjamín, años después rectificaría las versiones literarias de Hombres Transplantados (Jaime Buitrago, pag 188) y de El río corre hacia atrás Benjamín Baena, pag. 121) al contar la verdadera historia a la que, sin embargo, ningún medio dio crédito ni se atrevió a divulgar, pues atribuían tal versión a “su senectud delirante”, según la cual su padre “fue víctima de un homicidio, en el momento en que estaba taponando una cascada para mazamorrear el oro, cerca a su finca Las Travesías y (sic) hicieron correr el cuento de que lo había matado un árbol.
 

“Cuando ya se supo que lo habían mandado a matar, nadie quiso decir nada. Solo don Catarino Cardona, el abogado de los colonos empezó a sospechar. Todo el mundo decía que allá arriba había una quema y uno de los árboles le cayó encima. Dijeron que le había caído por la espalda y yo lo que vi fue que tenía la cabeza destrozada, pero al lado de él no había ningún palo, el supuesto palo recostado al barranco estaba más allá, pero era sólo un montón de cenizas”.


De archivo: 1923: Homenaje a los fundadores de Armenia

En la versión de Jaime Buitrago
se hace referencia a la quema de corbones, unos árboles “que permanecen de pie, ardiendo por dentro (“hasta un mes fumando”) lo mismo que los tuberculosos”, y luego narra que “desplomado por el fuego latente y el empuje terrible de las ráfagas, (el palo) lo alcanzó por la espalda y le rompió la cabeza contra el pedrejón. La muerte fue instantánea”.

Sin embargo, un párrafo atrás el novelista dice que los corbones “no cesan de arder hasta convertirse en montoneras de cenizas (…) Si el árbol está de pie, consumido ya por sus fogones internos, su inmenso arrume de ceniza conserva la forma del árbol y da la apariencia de una enorme estalactita”. Convertido en liviana ceniza, ¿tendría ese Corbón tal capacidad destructiva?

Cuatro prestigiosos abogados criminalistas quindianos, Horacio Ramírez Castrillón, Marconi Sánchez Valencia, Jaime Peralta Figueroa y Ramón Buitrago Herrera, realizaron un análisis de contexto, un ejercicio académico en el ámbito de las ciencias penales sobre este “accidente” en una reunión de historiadores liberales celebrada el día 14 de octubre de 1975 (en el 66 aniversario de la fundación de la ciudad en el Concejo Municipal de Armenia), y llegaron a la unánime conclusión de que había sido un crimen premeditado. Aún más, que había sido un homicidio urdido por elites del partido adversario en acuerdo con latifundistas de la Burila y el sacerdote José Ignacio Pineda (apodado el godo), razón de peso por la cual la historia oficial no ha escrito ni una línea sobre la verdad de este asesinato.

Le puede interesar: Armenia y la historia latente de su recorrido urbano

El análisis topológico-espacial sobre el “accidente” dio como resultado que las características de la especie arbórea, así como –más recientemente en registro cronológico que lleva el Instituto de Estudios Ambientales de la Universidad Nacional de Colombia-, las condiciones climáticas del día en que ocurrieron los hechos,
no permiten atribuirlo a la simple “caída del árbol”. No era un guayacán como escribe Benjamín Baena en El río corre hacia atrás. 

Pero tampoco fue un “arenillo”, como dice Venancio Sánchez en su versión transcrita en la novela de Benjamín Baena Hoyos (pag 121), “que él no se había dado cuenta de que al lado de arriba estaban unos aserradores tumbando un arenillo grande (¿no era quema? ¿No era un “Corbón?). En todo caso el palo se le vino encima y cuando lo sacaron de debajo, ya estaba muerto”. Nótese que esta versión contradice la de Jaime Buitrago en el modo y la forma en que murió El Tigrero.

Desde entonces algo parecido a un acuerdo para el ocultamiento de este crimen parece haberse enseñoreado de la narración histórica. El temor a que esta revelación exacerbara los ánimos partidistas, ha hecho pasar como contingente un hecho punible que podría haber comprometido a las élites dirigentes en la gravedad escabrosa de un homicidio premeditado y alevoso.

Le puede interesar: El gran orador Jaime Peralta Figueroa

Las referencias a la muerte de El Tigrero
son sumarias como simplista su caracterización en la bibliografía investigada y no se compadecen con la importancia de su presencia en la hoya quindiana. En tanto que otros decesos relacionados con personajes menos destacados o muy visibles por sus atropellos a la comunidad como el Coronel Rodríguez aliado de los latifundistas de la Burila, a cuyo asesinato confuso Baena Hoyos le dedica dos páginas en contraste con las cuatro líneas que reseñan la muerte de El Tigrero, en la misma obra.

Atribuirle al azar la muerte de este avezado conocedor del lenguaje de la naturaleza, minucioso y ágil pesquisidor de la fauna montaraz, “cuyo austero oficio era el coraje” con experiencia en el dominio de los misterios de la selva, es una dudosa fábula que pone de bulto el sombrío interés político y económico de sus victimarios y el poco olfato investigativo de los memorialistas regionales que se han ocupado de rastrear esa trayectoria y reconstruir los hechos que la constituyen.

Vea también: Las olvidadas de la historia del Quindío


Sin embargo, un diálogo entre dos colonos (Fortunito y Madrigal) en la misma novela de Baena Hoyos en el capítulo en que se viene hablando de la violencia en Armenia, deja entrever la capacidad de retaliación de los latifundistas de La Burila:

(…) Hace tres días llegaron donde el negro Sandalio, unos cuatro o cinco. No son trabajadores, no son colonos. ¿Entonces? Andan arrebujados en unas ruanas oscuras y en todas partes se paran a reparar. No dicen nada, solamente oyen: ¿Usted sabe a qué vinieron? ¿No? Los mandó La Burila. Vinieron a romper cercos, a baldar el ganado, a destruir las sementeras, a prender candela a los ranchos de los colonos. ¿Entiende? La Burila está harta con tanto pleito y quiere agarrar ligero la tierra sin vueltas y sin pagar nada, haciéndonos enterrar, acobardándonos. ¿Entiende?” (pag 227)

Y en la página 171 de la novela de Jaime Buitrago se presenta el siguiente diálogo entre Melitón Arias y el agente de la Burila:

- Y qué hacemos ahora con estos dos personajes que obstruyen el desenvolvimiento tranquilo de la venta de tierras? -preguntó el corregidor al agente de la Burila refiriéndose a Catarino y a Tigrero.
- Desterrarlos, mi jefe, me parece lo mejor, contestó el agente con sonrisa de complacencia.
- Y cómo?
- Eso lo convenimos esta noche. Porque lo que es a El Tigrero ya le tengo su cuestión pensada. Lo difícil es desterrar a Catarino. Pero ya veremos hasta dónde llega nuestra originalidad”. (énfasis fuera de texto).


Le puede interesar: El día que Juan Pablo II (ll)oró en Armero

A don Catarino le cobrarían su osadía de tinterillo defensor de los colonos divulgando la falsa especie de que padecía de lepra.

De manera que la inicial hipótesis de un accidente se desvanece por completo, dadas las circunstancias de animadversión de la autoridad confabulada con los intereses de la empresa Burila. Más adelante, en la página 193 de Hombres Transplantados, la suerte de los colonos queda marcada por la falta de protectores: “Después de la muerte de El Tigrero, las autoridades intonsas, influenciadas por el agente de la Burila, arreciaron contra los colonos que no adquirían las cédulas de la compañía, persiguiéndolos con sevicia y temeridad”.

Pero oh coincidencia fatal: el General Aristóbulo Ibáñez sería decapitado y su cabeza y extremidades expuestas como trofeo público luego del tratado de Neerlandia (viernes, 24 de octubre de 1902), meses después del crimen agotado en la persona de El Tigrero. Era pública la amistad entrañable de estos dos héroes y su complicidad, como eran públicas sus discrepancias con el latifundio de Burila, con los terratenientes conservadores y con los clérigos católicos. 

Estos hechos de sangre marcaron un sino trágico para la región. Desde entonces el departamento del Quindío y, en especial, la ciudad de Armenia ha pasado por sucesivas etapas de violencia originada tanto en circunstancias de rivalidad política y vendettas mafiosas, como en problemas ligados a la propiedad de la tierra.

Le puede interesar: Lehder hizo llover plata sobre Armenia


No es una paradoja que la principal insignia de Armenia -el monumento a los Fundadores- sea un hacha gigantesca (símbolo de destrucción) y no la figura noble del campesino salamineño que trasegó por las cordilleras, atravesó todos los ríos, abrió caminos y sembró vida para que Armenia ocupara un lugar no sólo en la geografía literaria de Colombia sino en la historia socioeconómica de la nación. Su memorable aunque corta epopeya lo hace merecedor a un registro de honor en la galería de los mártires.

El ex alcalde de Armenia Helio Martínez Márquez, siempre preocupado por el civismo y los valores ciudadanos, envío al Concejo municipal una carta (Abril 25 de 2008), en la que expresa su disgusto por la grotesca “escultura” bajo la cual finalmente quedaron las cenizas de El Tigrero: “(…) el alcalde resolvió convocar a una gran manifestación, en la plaza de Bolívar, para que todos los “armenitas” (sic) donáramos objetos de cobre, “no para mostrar el cobre”, sino para vincularnos con nuestro concurso y nuestro afecto al mausoleo de ‘Tigrero’. Se recogieron centenares de objetos de cobre, que no fueron el brillo y el honor del monumento, sino que desaparecieron; lo que apareció, fue un tosco promontorio de cemento, unos mamarrachos y la placa, en bronce, de Jesús María Ocampo” (Archivo Concejo Municipal de Armenia).

[*] (Con fragmentos del libro “Desastre en la ciudad”) 


Alpher Rojas Carvajal
Investigador en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Políticos
Especial para LA CRÓNICA


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net