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En profundidad / AGO 19 2018 / Hace 2 Meses

La primera visita de un Papa a Colombia y su recuerdo familiar y noticioso

La visita del Sumo Pontífice hizo por un momento olvidar los problemas del país.

La primera visita de un Papa a Colombia y su recuerdo familiar y noticioso

El Papa Pablo VI murió diez años después de su visita a Colombia.

El jueves 22 de agosto de 1968 -hace 50 años- el país recibió la visita de Giovanni Battista Montini, más conocido como Pablo VI,  lo que se constituía en el primer Papa que llegaba a Colombia y Latinoamérica y también el que marcaría un hecho destacado para el Vaticano, ser el primero en viajar a los cinco continentes.

Como se esperaba, Pablo VI y su arribo al aeropuerto El Dorado, se convertía en el mayor acontecimiento de dicho año en Colombia. El impacto de su llegada se llenó de simbolismo y emoción cuando, al descender del avión “Mariscal Sucre” que lo condujo a Bogotá, se arrodilló y besó el suelo colombiano.

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Se calculó que un millón de personas lo ovacionaron en su recorrido, desde el aeropuerto El Dorado hasta la plaza Bolívar y desde ese lugar hasta la Nunciatura. Las calles de Bogotá hervían de gente, quienes agitaban sus pañuelos blancos. Fueron momentos inolvidables que registró la prensa bogotana.

En la tarde, otro inmenso grupo de asistentes lo recibieron en el Templete Eucarístico, una gran construcción levantada especialmente para realizar el 39° Congreso Eucarístico Internacional, un evento que se realizaba cada cuatro años, desde 1922, en alguna ciudad del mundo. El primero data de Lille, una población francesa, que atendió durante tres días, y desde la noche del 28 de junio de 1881, a 4.000 personas de ocho naciones, lo que se hizo en el interior y los alrededores de su templo en esta villa del país europeo.

El Congreso Eucarístico de Bogotá había sido antecedido por el No. 38 de Bombay, donde en sus plazas de concentración se había recibido un millón de personas, y que también había contado con la presencia de Pablo VI, a quien se le comenzaba a llamar el Papa Peregrino.

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Nunca se había visto tanta gente congregada en Bogotá. Desde principios de aquel año solo se hablaba de dicho evento y de la visita papal, en todos los lugares de la nación.

Mi padre, recién posesionado en una destacada posición oficial, nos dio la mejor noticia, a principios de agosto de 1968:  viajaríamos a Bogotá para estar presentes en la visita papal. Tenía yo escasos 12 años y mi deseo -más que vivir tal ocasión -era conocer la capital, pues era algo ansiado desde la niñez. Cuando jugábamos la ronda y recitábamos el estribillo “Arepitas de papá y de mamá que se van pa’Bogotá”, que repetía con mis compañeritas de recreo, que eran mis dos hermanas de 9 y 10 años, nunca habíamos pensado que esa fantasía lúdica se nos convertiría en realidad, con la disculpa del acontecimiento aquel.

Viajamos toda la noche del jueves en “flota”, como le decíamos en aquella época al transporte intermunicipal, el cual abordamos en Pereira. La más animada era mi mamá, fervorosa devota, y quien nos había comprado los mejores trajes para el encuentro con el gran personaje. Llegamos en la madrugada a Bogotá y nos trasladamos a la  casa de unos familiares, donde, después de un corto descanso, nos prepararon con los vestiditos impecables, pues debíamos estar al mediodía en la plaza Bolívar. Yo solo tenía ojos para ver la inmensidad de la ciudad y sus edificios. Cuando llegamos a la plaza, el protocolo nos ubicó a todas las familias de los funcionarios -muchos niños entre ellos – en una larga fila frente al Capitolio. Por allí pasaría Pablo VI en camino al Palacio de San Carlos para entrevistarse con el presidente.

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Éramos los privilegiados que lo veríamos caminar frente a nosotros. Fue más bien calmado el tránsito de su figura, y cuando estuvo a unos metros, sus manos bendecían. Nadie gritaba, más bien el ambiente era de sumo respeto. Fue ello contrastante porque el día anterior, a su llegada, se presentaron manifestaciones de júbilo en el recorrido por la calle 26 hasta la plaza Bolívar, donde también se abarrotaba la gente, venida de varios lugares de Colombia para ver a Su Santidad o al Vicario de Cristo, dos títulos que se escuchaban repetidamente en las alocuciones radiales. Se comentaba que muchos subieron a sus vehículos y a los árboles en el periplo de la limosina que lo trasladaba hasta la Catedral  Primada, hasta el punto que ese vehículo casi atropella a una mujer que se abalanzó para verlo más cerca. Cuando lo vi pasar, su apariencia y su solideo fueron   recuerdos gratos que se quedaron en mi remembranza de niño. Años después,  mi padre nos mostró los recortes de prensa capitalina del 23 de agosto, que todavía conservo, y que reseña con detalles aquella visita, la de un Papa alto y delgadito, que contrastaba en su fisonomía con la del presidente Carlos Lleras Restrepo, quien lo había recibido el día anterior en el aeropuerto.

Luego de entrevistarse con el presidente y de conversar con sus pequeños nietos en la elegante  sala presidencial, el Papa Viajero de Dios -como también  se le llamó- se trasladó hasta el hospital militar, donde abordó un helicóptero  en su terraza, que lo trasladaría a Mosquera, más exactamente en la extensa explanada de la sabana llamada el Campo de San José.  Allí se encontró con miles de campesinos colombianos y americanos. Este fue uno de los dos momentos de socialización que le permitieron crear de él una imagen del Papa “como un humilde servidor de la humanidad” (Wikipedia).  El otro evento se dio el tercer día de su visita, cuando celebró una misa popular en la parroquia de Santa Cecilia del popular barrio Venecia de Bogotá.

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El hoy Beato Paulo VI ordenó sacerdotes y diáconos, presenció el casorio de 24 parejas, mostró gestos de solidaridad y expresó sentidas frases a los campesinos.  Quedaron, además, muchas anécdotas de aquel acontecimiento.

Esa visita ocurrió en momentos difíciles para Colombia y el mundo. La fecha no fue la más propicia, porque un poco antes de emprender el viaje desde Roma en un avión de Avianca, el ambiente se convulsionó con la invasión de la Unión Soviética a Praga en Checoslovaquia. Por su parte, en Colombia, se recordaban los hechos del asesinato del cura Camilo Torres Restrepo en 1966 y el malestar social en el campo era una realidad. Solo la emoción que representaba el viaje de un Papa que decidió escaparse del ambiente cerrado del Vaticano, por primera vez en la historia, era como un bálsamo para miles de creyentes.

Salió para Roma en la tarde del sábado 24. Mientras tanto, yo disfrutaba Bogotá con mis padres, y mis hermanas, visitando Monserrate y fascinados con las escenas del transporte urbano al ver cómo corrían por sus calles del antiguo tranvía los antecesores del Transmilenio, unos largos buses conectados a unos cables en su parte superior que llamábamos popularmente los trolis.

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Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA 


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