Domingo, 17 Feb,2019
En profundidad / FEB 03 2019 / Hace 14 Dias

La resiliencia, el gran activo que nos dejó el terremoto

Los 20 años del acontecimiento, evidenciaron la magnitud de una de las mayores tragedias del país. 

La resiliencia, el gran activo que nos dejó el terremoto

Hace veinte años la naturaleza nos puso frente a la muerte, la tragedia y el horror. Recuerdo vívidamente aquella tarde. Yo estaba muy confundida, no sabía nada de mis padres, mi hermana, mi abuela y mis sobrinos. Tengo la imagen de estar sentada en el comedor de mi casa en Bogotá, durante muchas horas acompañada por una gran amiga costeña que estaba tan angustiada como yo, pues apreciaba mucho mi familia —ahora dimensiono lo importante que es tener compañía en momentos de incertidumbre y caos—. Intentábamos desesperadamente comunicarnos y tener alguna información, mientras en el radio trasmitían noticias cada vez más alarmantes sobre uno de los terremotos más fuertes ocurrido a la 1:19 del día 25 de enero de 1999 en el Eje Cafetero.

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Aunque mi caso que no fue representativo del impacto devastador que fue para muchos, vistas las cifras en retrospectiva, la vehemencia del impacto de este evento resulta aterradora. El 75% de la población resultó afectada de una u otra manera. La frase del presidente Pastrana, habló por si sola: “es la tragedia más grande de la historia republicana de Colombia”. Y Colombia es república hace casi 200 años, me dijo Jota Domínguez quindiano a mas no poder, cuando le conté que quería escribir una nota sobre el vigésimo aniversario de este duro evento .

Los desastres de origen natural tienen la característica que nos dejan una sensación de impotencia, miedo y terror colectivo  que se repite, en el conocido estrés post-traumatico, en la ansiedad, la desesperanza, la disminución de la motivación, entre muchas otras expresiones emocionales y comportamentales. Los actos de conmemoración realizados el 25 de enero en todos los municipios del Quindío dan muestra de la magnitud  devastadora que esa sacudida de la naturaleza dejó.

Pero también, creo que es justo reconocer  que  evidencia otra cara y es la de la vida, la de la reparación, la reconstrucción, la respuesta a los retos de imaginar, modelar y construir un nuevo proyecto de ciudad, unas maneras alternativas y creativas  de vivir, de producir y de relacionarse. 

Creo que en el Quindío no hemos sido inferiores al reto de  emerger de entre las ruinas generando un modelo que es uno de los activos psicológicos más importantes de los seres humanos  y es de la resiliencia. Una forma particular de enfrentar la adversidad en medio de la contundencia de las cifras, la incertidumbre, la desesperanza y la falta de confianza. La decisión de reconstruir desde dentro, desde los recursos y no solo de los déficits. 

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En esta perspectiva el balance es  positivo. Resurgir, renacer, restaurar, recuperar  son verbos que aprendimos a conjugar a fuerza de la necesidad de la gente de esta región de volver a la normalidad, de luchar y ser fuertes, de unir  voluntades individuales para dar forma a un proyecto colectivo. Dicen que en las crisis sucumbimos o avanzamos más que en cualquier época de la vida. Aquí el terremoto se convirtió rápidamente en un punto de partida para sumar altruismo, cooperación, solidaridad y muchas otras  habilidades sociales. Para usar de manera sostenible esa fuerza grupal de las primeras etapas de un evento traumático, que es la participación ciudadana, el abrazo de todos, la conjunción de voluntades  que surge de las crisis en las que como dice el filósofo chileno Humberto Maturana, somos compañeros de sufrimiento.

Los quindianos buscaron maneras creativas para un resurgir exitoso y así poder, aunque fuera en parte, trascender las marcas imborrables, los recuerdos de la destrucción y la pérdida. Hemos ganado en construir una cultura que se sustenta en el esfuerzo, el agradecimiento,  la satisfacción de levantarse después de caer. Que se apalanca, en el mejor significado de la palabra, en el sentido de identidad y pertenencia que da vivir en uno de los sitios más hermosos del mundo.

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Pero claro, la recuperación, que a propósito ha sido una de las más rápidas de las ciudades que han pasado por estos eventos, es un esfuerzo inmenso, un proceso largo e intermitente. La decisión de asumir este desafío conlleva todos los errores y las imperfecciones de las empresas monumentales. Como decía una frase que el expresidente Obama tenía  en su escritorio “lo difícil es difícil”.   Volver a confiar, a reír, a mirar el futuro con optimismo, toma tiempo, es exigente y con frecuencia con pocas certezas. Requiere arriesgarse a generar conocimiento a partir de los errores, hacer ajustes y cambios de rumbo. 

Nos espera retos aún más grandes que implican  transmitir a las nuevas generaciones el orgullo de ser de esta tierra generosa y pródiga para que le den más sentido a sus vidas y tengan un propósito compartido con nuevos y esperanzadores referentes.  Se hagan partícipes desde la gratitud, la fortaleza,  la imaginación y el deseo de seguir adelante recursos  que transforman  la vulnerabilidad en una gran fuerza y que  evidencian las riquezas que seguramente siempre estuvieron pero que se hacen visibles en los momentos difíciles.


María Elena López
Especial para LA CRÓNICA 


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