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En profundidad / DIC 07 2017 / Hace 7 Meses

La Virginia, puerta de entrada a la leyenda del Cacique Calarcá

La Virginia, puerta de entrada a la leyenda del Cacique Calarcá

La Virginia se caracteriza por sus casas de material bien adornadas con flores en macetas, limpias y de colores resaltantes.

En dirección a la imponente formación montañosa llamada Peñas Blancas —que se otea desde diferentes lugares de la hoya del Quindío y siempre hacia el oriente— se llega al pequeño poblado de La Virginia, corregimiento de Calarcá.

Se parte desde la galería en Jeep o se toma bus de transporte urbano. Durante su corto recorrido se puede acceder visualmente a un paisaje bellísimo, que tiene como puntos centrales el verde policromático de las estancias que aparecen después de pasar por el barrio Llanitos de Guaralá y que están matizadas de cafetales, guaduales y platanares.

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El cerro se nos presenta más cercano frente a nosotros, luego de emprender el ascenso al cruzar el puente sobre el río Santo Domingo. Resaltan en él sus riscos blanquecinos y a su izquierda una profunda cicatriz, ya reverdecida, marcada desde su mayor altura y que baja hasta el caserío. Es el cauce de la quebrada El Cofre, que se rebosó, formando avalancha, a finales de diciembre de 1999, lo que provocó un desastre al arrastrar lodo y material aluvial.

La tranquilidad, al recorrer sus dos calles principales es notoria. Una de ellas tiene en su sector más alto el Templo del Divino Niño. A un lado se encuentran las instalaciones del Parque Mirador, donde también se habilitaron espacios cerrados para eventos varios. Desde allí se aprecian las extensiones urbanas de Armenia y Calarcá y, al otro extremo, casi abrazando el caserío, está el cerro legendario que nos recuerda la historia mítica del Cacique Calarcá.

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Dentro de la oficina de la corregiduría se puede observar el escudo, con sus emblemas: el texto del Acuerdo 007 de abril 23 de 1984 mediante el cual se creó el corregimiento y que nos recuerda también en su escrito la conformación administrativa, compuesta por las veredas La Paloma, La Virginia y Santo Domingo Alto.

El segundo símbolo es la figura altiva del cerro, rodeado de vegetación y flores. Y el tercero es el pájaro barranquero. Los tres están enmarcados en ramas de cafeto con grano maduro y en el centro superior, la corona de plumas del guerrero pijao Calarcá.

Antes del regreso a la Villa del Cacique, el recorrido nos corrobora lo especial de su ambiente urbano: casas de material bien adornadas con flores en macetas, limpias y de colores resaltantes. Corroboramos su contexto apacible al ver a los adultos mayores descansando en los pequeños corredores de sus casas o caminando serenamente por sus calles, como lo comprobamos con don Gerardo Herrera, el tallador de figuras de madera, para lo cual utiliza el laurel amarillo. Y a los niños y niñas jugando en sus calles.

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Ya para tomar el vehículo, un último vistazo a los alrededores de su ocasional parador, frente al templo: los avisos que nos anuncian la existencia del Ecoparque Peñasblancas, más arriba, al pie del cerro, y la realización de competencias de ciclomontañismo. Dos murales antiguos, uno de ellos recrea la imagen de una anciano acompañado de un niño. Las instalaciones de la Institución Educativa José María Morales. El puente sobre la quebrada El Cofre, vertiente que corre tranquilamente y que conserva el testimonio físico de la avalancha: grandes piedras que arrastró en su carrera veloz. Por el ruido que produce el golpe de las rocas, en alguna ocasión el escritor Umberto Senegal narró y refirió la recreación de una leyenda en sus contornos, el Mohán de la Sonadora, que es tal vez la única de origen netamente quindiano (“Bestiario quindiano”, diciembre de 2011).

Volver a La Virginia es necesario y refrescante para impregnarse de su espíritu mítico y su singular ambiente de naturaleza e historia. Y también para escuchar las historias de sus longevos habitantes.

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Roberto Restrepo Ramírez
Academia de Historia del Quindío
Especial para LA CRÓNICA


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