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La Salida / Febrero 11 de 2017 / Comentarios

La lumbre inmóvil

La lumbre inmóvil

Poema entre la luz y la palabra: Las fuerzas naturales son tomadas como lo imperecedero.

 


Pintor, poeta y grabador, Oreste Donadío alienta el juego entre la luz y la palabra. Sus anteriores poemarios El laberinto transparente (2010), Los invisibles pájaros del alma (2010) y En las arenas del mundo (2012), más que títulos, son orientaciones para llegar al otro lado de los pasadizos con los que habitúa sorprendernos la vida. La lumbre inmóvil (Sílaba, 2016) compuesta por seis partes (La sal sobre el mantel acribillado; Que no se vence con ruegos el destino; El árbol y la nube, la flor y el ave; Eres una avellana en las manos de Dios;  Llamas de una misma sed; Entre otra niebla que aún recuerdas y La fiesta de los derrotados) también es un llamado a acercarnos al fuego; las presencias y objetos por él animados permanecen intocables, casi tristes en su belleza.

Los versos de Nelly Sachs sirven de centinelas a la primera parte del poemario. Nueve poemas demarcan una travesía hacia la infancia; iniciales gestos de descontento surgen por la promesa desleída de un hogar feliz, donde perdure la promesa de estar a salvo: “Soy la mesa donde mi padre y mi madre/ comen, a dentelladas, el pan de la discordia/ […] Hendidura de donde el amor me ha levantado” (p. 14). La sensación de orfandad se imprime en la casa perdida que poco a poco sucumbe de recuerdos: “Ángel de la guarda, la casa está vacía” (p. 20).

La segunda parte transcurre entre visiones melancólicas, retratos matutinos de personajes que parecen emerger de una película de Bergman: “No era a mí a quien veías tras los besos, / y al gozo de las primeras desnudeces/ sino al párroco que te violó cuando eras niña” (p. 27).  Las fuerzas naturales son tomadas como la medida de lo imperecedero, ancla segura para el hombre, creatura arrítmica destinada a la disolución: “Somos como la hoguera/ que el hortelano enciende/ al costado del huerto” (p. 39), “Cierra los ojos frente al mar, / […] y olvida lo que sabes, olvida lo demás” (p. 45).

En un momento, al igual que Zaratustra, el poeta se recoge en la montaña para tratar de distinguir los hilos de los que está hecho su diálogo: “Corazón herido desde el alba del tiempo/ eres una avellana en las manos de Dios/ […] y solo Él escucha el viento de tu abismo” (p. 60). Al regreso, el amor lo impulsa a la búsqueda, a cumplir con vehemencia el ritual del reencuentro: “llegamos a este día/ […] entrañables desde siempre, / llamas de una misma sed” (p. 66).
Al llegar a la sexta parte del libro la bruma se disipa; el solitario encuentra un espacio para sentarse en torno a la hoguera y presenciar cómo discurre la fraternidad hasta la postrer batalla: “Como nuestras hermanas de la altura/ somos islas flotantes, / rebaños que en la luz se transfiguran” (p. 69), “Cuando de nuevo seamos despojados/ del sueño que soñamos al ser hombres” (p. 73). Para cerrar, el lenguaje como la orilla de la salvación (p. 84):
El de Oreste Donadío es un regalo perdurable, un fruto cálido para quienes asistimos a la fiesta  ligeros de ilusiones, con la secreta emoción de encontrar, tal vez, “esa lumbre inmóvil: razón de la esperanza” (p. 81).

Nueve poemas demarcan una travesía hacia la infancia; iniciales gestos de descontento surgen por la promesa desleída de un hogar feliz, donde perdure la promesa de estar a salvo.

Visiones melancólicas, retratos matutinos personajes que parecen emerger de una película de Bergman: “No era a mí a quien veías tras los besos...”.

Todas las voces al hablar del dolor
suplican en silencio a lo invisible.
Y quien ahora nos escucha,
sostiene nuestras manos
y hermana a nuestras lágrimas sus lágrimas,
mañana ofrendará las penas
al otro que le acoge.
Somos el sueño del lenguaje,
la herida abierta.

Yeni Zulena Millán
LA CRÓNICA

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