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General / JUN 03 2012 / Hace 6 Años

La poesía de Baudilio Montoya I

Baudilio Montoya Botero nació el 26 de mayo de 1903 en Rionegro (Antioquia), el mismo año del final de la Guerra de los Mil Días, la desmembración de Panamá y la aparición en quioscos santafereños de El Comercio, periódico dirigido por Enrique Olaya Herrera.
La poesía de Baudilio Montoya I

Apartes de la introducción del libro Baudilio Montoya Obra poética (1938-1963)

Luego de un periplo de 15 días, la familia Montoya Botero llegó en 1906 a La Bella, vereda de Calarcá. Sus padres, Nacianceno Montoya y Sorayda Botero, se radicaron en La Cabañita. En un hogar de ocho hermanos, el niño Baudilio, asevera Ignacio A. Torres (1973), escribía debajo de la cama y esos primeros textos fueron conservados por su abuela.

En la adolescencia, se vio en la necesidad de alargar los pantalones para conquistar el respeto de sus alumnos al ser nombrado maestro de escuela en Córdoba, municipio encaramado en la cordillera Central, donde conoció a Julia Soto, su futura esposa, nacida en Marulanda (Caldas).

Al principio, los familiares de la muchacha se mostraron reacios a las intenciones del ya para entonces poeta bohemio, pero una serie de esquelas terminó de convencerlos. La pareja tuvo nueve hijos: siete hombres (Nelson, James, Jairo Hugo, Iván, Ariel, Darío y Edgar) y dos mujeres (Sonia y Lucero). La muerte del primogénito inspiró el poema «Junto a la cuna». El 6 de diciembre de 1952 fue coronado en la plaza Bolívar de Armenia, práctica hoy caída en desuso.

Activo hombre cívico, pronunció varios discursos a favor de causas sociales; en 1955 fue miembro del Concejo Administrativo de Caldas y en ese cargo solicitó la aprobación de diferentes proyectos, como el sostenimiento del asilo de ancianos de Calarcá, la construcción de una planta de purificación del acueducto y ayudas educativas para el fortalecimiento de la sociedad; además, participó de un grupo escénico aficionado. Antes de sostener “Cartelera”, columna periodística en el Diario del Quindío, había publicado sus primeros poemas en el semanario El Faro, de Calarcá.

Fue cofundador del Círculo de Periodistas del Quindío e hizo parte de la cohorte de letrados cuyos aportes a la música regional son significativos, junto a Bernardo Pareja, Jairo Baena, Guillermo Sepúlveda, Bernardo Palacio Mejía, Alfonso Osorio Carvajal, entre otros.

En efecto, «Muchachita campesina», «Mariposa del bar», «Lavanderita», «En la playa» y «Cuando tú quieras» constituyen una muestra de la facilidad de adaptar sus versos al ritmo de un bambuco. Falleció el 27 de septiembre de 1965. Un guayacán amarillo en lugar del sauce solicitado en el poema «El árbol» se sembró para acompañar los restos del hombre de corbatín o lazo de moño —aditamento característico de los romanceros de finales del siglo XIX e inicios del XX, según Ignacio A. Torres (1973)— que dejó 402 poemas publicados en seis libros y muchos más con los seudónimos de Chucho Chaverra y Benito Montes.

Baudilio es el poeta del pueblo, papel igual de importante al del alcalde, el notario y el cura, así el pueblo, y eso poco importa, no lo lea. No obstante, Rodolfo Jaramillo Ángel (1952) menciona que “el nombre de Baudilio se fue haciendo familiar para las gentes de mi pueblo que de memoria se aprendían sus versos, versos que recitados por su autor adquieren una vida maravillosa, fantásticamente subyugadora”.

Es visto, y en ello tal vez radique la vigencia de su estampa bohemia en la mente del ciudadano de a pie y de algunos comentaristas, como el verde matizado de las montañas, el aroma del bosque recién talado y las fatigas del rusticano dormidas en el canto del diostedé; las piedras del río Quindío coronadas de espuma, el secreteo del viento con los tupidos guaduales, los dedos ágiles del campesino para desgranar el cafeto, la voz aguardentosa del bambuquero abrazado a la guitarra y el traicionero silbido de la bala contra el cuerpo de José Dolores Naranjo.

Es, en la imaginería popular, la expresión romántica del paisaje y las vivencias de un naciente conglomerado humano. El poeta, consciente de ello, en carta de respuesta a una nota publicada en 1952 en Diario del Quindío, dice: “Si algún mérito tiene mi obra, mi lírico recorrido de tantos años, es apenas el afecto a mis planos quindianos, a sus caminos abundosos de luz, a sus riachuelos humildes, a sus ríos soberbios y a su entraña compensadora que ya tiene recogidos los huesos de mi padre, y que una vez tomará los míos…”.

Euclides Jaramillo Arango (1952) discurrió en una columna periodística en torno a la sensorialidad de las imágenes baudilianas, diciendo: “A mí me gusta porque sus versos saben a piñuela madura, huelen a pasto recién cortado, titilan en un ambiente de mejorana y de tomillos”. En contraste, Gustavo Rubio, en entrevista para el documental Baudilio Montoya, rapsoda del Quindío (2003), no incluida en el resultado final, hace una aseveración que se sostiene muy bien entre el elogio y el vituperio: “En su obra se siente el bramido de las vacas”. (…)

Entre las facetas inexploradas de Baudilio Montoya está la de columnista de opinión. Sus escarceos periodísticos no son comparables, en volumen o constancia, con los de coetáneos suyos, estos sí significativos para el articulismo caldense. Adel López Gómez, con “Claraboya” y “Tinta perdida”, Euclides Jaramillo Arango, con “Guión”, y Humberto Jaramillo Ángel, con “Escala del mundo”, son tres casos de literatos reconocidos por la permanencia de sus nombres en hojas volantes y publicaciones seriadas.

En “Cartelera” eran usuales las anécdotas y los textos laudatorios e intimistas, no así los escritos que retrataban los caracteres sociológicos de su comunidad. Aunque sin llegar a la crítica de manera explícita, el poeta, en una entrega de la columna, subtitulada “El Conde” (1952), declara su posición sobre los deberes del escritor público: “He creído siempre como un deber denunciar las virtudes y los defectos que tienen los hombres”. Algunos extractos de sus columnas muestran la inclinación de Montoya a recrear relatos personales sin relevancia para algunos, aunque dejan entrever el carácter del poeta. (…)

Preso de las apreciaciones locales, que prefieren ver en él al “rapsoda” y cantor popular, Baudilio Montoya ocupa un lugar precario en la historia de la poesía colombiana. Un recorrido por la crítica sobre el poeta demuestra que se pasa con facilidad de la alabanza desmesurada a la compasiva simplificación, obviando en ambos casos la complejidad de una poesía bajo la cual se esconden dos voces poéticas trabajosamente imbricadas.



El alejamiento relativo del ambiente literario es común a muchos poetas de su época, limitados por los contextos regionales. Ajena a las vanguardias y a los aires de renovación, la obra de Baudilio Montoya se desarrolló sobre el aprendizaje y la apropiación de las influencias que trataba de asimilar: Bécquer, Gutiérrez Nájera, Rasch Isla, Ricardo Nieto, García Lorca, Amado Nervo, Almafuerte. Los críticos atribuyeron la intensidad imaginativa y la sonoridad de los primeros sonetos al poderoso influjo de José Eustasio Rivera, y la ansiedad metafísica a las lecturas del romanticismo hispanoamericano.

Los rasgos panteístas, el paisaje como motivo, la perfección del soneto y la icasticidad de la imagen, todo lo que de allí derivaba se fue diluyendo a medida que maduró su poética, que alternaba el alto lirismo con la vena popular y cultivaba un apego casi fetichista a las fórmulas del romanticismo más descastado. A la hipertrofia de esta tendencia puede deberse la involución de su poesía en los últimos tres libros.


Por: Carlos A. Castrillón, Cindy N. Cardona, Ángel Castaño Guzmán


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