Martes, 20 Ago,2019
20 años terremoto de Armenia / ENE 24 2019 / hace 6 meses

Las coincidencias del terremoto que un científico tiene por resolver

La historia que comparten Jorge Raúl Ossa y Jorge Hernán Aristizabal el día del sismo desafían lo propuesto por Joseph Mazur, quién indicó que las casualidades no existen.

Las coincidencias del terremoto que un científico tiene por resolver

En 2016, el científico estadounidense Joseph Mazur en su ensayo matemático 'Fluke' logró demostrar que no existen las coincidencias inesperadas dado que, según él, todas esas situaciones se pueden explicar con un simple algoritmo.

Vea todo este especial en: Terremoto de Armenia: 20 años después, un nuevo amanecer

Para Mazur las coincidencias no son tan extrañas como pueden parecer y tienen explicación mediante fórmulas matemáticas. “Si estos sucesos nos resultan tan sorprendentes es por dos motivos: porque no entendemos cómo funcionan las leyes de la probabilidad... y porque, en el fondo, nos encanta creer que las casualidades existen”.

Si el señor Mazur conociera la historia de los dos Jorges de Armenia del 25 de enero de 1999, de seguro dejaría el tema en una simple cifra, pero lo misterioso de los azares de la vida no se disiparía.

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En 1999 a la 1:15 p. m. en Armenia, Jorge Hernán Arcila Aristizabal, físico-matemático y cámarografo, se encontraba arreglando un espacio en un su vivienda para destinarlo como parquedero en el barrio Villa Liliana.

"Estaba tumbando una pared y había un vecino haciéndome la visita mientras laboraba, era el último muro que se debía tumbar para que quedara listo el parqueadero. De la nada empezamos a ver como que la casa se estaba cayendo y yo simplemente lo que hice fue salir corriendo con el vecino. Afuera nos percatamos de que estaba temblando”.

Después del sismo de 6,2 en la escala de Richter que sacudió al Quindío por 28 segundos, Jorge H. realizó dos acciones concretas: revisar que sus familiares —esposa e hijos— estuviesen bien y dirigirse a la Plaza de Bolívar para certificar que su madre también lo estuviese.

Paralelamente, al norte de la ciudad algo similar hacía Jorge Raúl Ossa Botero, médico de profesión, quien fue sorprendido por el movimiento télurico en momentos que se encontraba listo para dirigirse a su lugar de trabajo en el área de urgencias del hospital San Juan de Dios.

“Se sintió un remezón en mi casa tremendo como nunca lo había sentido. Era no solo lateral sino de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, las paredes se abrieron. Lo que hice después fue revisar que mis hijos y mi esposa no hubieran sufrido algún daño”.

Al salir de su casa con su familia, Jorge O. habló con sus vecinos y acto seguido se intentó comunicar con su mamá y su suegra.

“Por línea telefónica nos intentamos comunicar con las abuelas de mis hijos, por parte de la materna contestó desde su residencia en Pereira que estaba bien, cuando intentamos hacer lo mismo con el télefono de mi mamá sonó de una manera anormal, sonó descolgado. Eso me generó a mi muy mala espina. Nos organizamos y cogimos el automóvil”.

Mientras que Jorge O. se dirigía por la avenida Centenario en medio del caos, Jorge H. manejaba un carro para llegar a una edificación donde su madre residía en el cuarto piso, a medio camino desistió del auto porque las vías eran intransitables. Al llegar al sitio encontró escombros, escombros de una construcción de cinco pisos.

 Cuando intentamos hacer lo mismo con el télefono de mamá sonó de una manera anormal, sonó descolgado.

“Cuando llegué al edificio Sándwich Cubano —esquina de la calle 21 con carrera 12— estaba en el suelo, solo era escombros, esa imagen me preocupó porque mi mamá vivía en el cuarto piso. Me acerqué a ver si ella estaba muerta, pero no, estaba frente a todos esos escombros, viendo como su casa quedaba reducida en polvo, me volvió el alma al cuerpo y la abracé. Estaba viva”. Jorge O. tenía como fin el mismo destino, su madre habitaba en el segundo piso, al igual que Jorge H. solo avanzó hasta cierta parte en el carro y llegó a pie, la imagen era la misma.

“En el carro solo llegamos hasta el palacio de Justicia. Mi mamá vivía en el Sandwich Cubano, donde funcionaba Caracol Radio, al frente de la plaza entonces avancé hasta el lugar como pude en medio del caos. Cuando me acerqué al lugar el edificio no estaba. Lo único que pude observar fueron lozas de cemento y una montaña de escombros como de dos pisos, en esos dos pisos estaba representado todos los pisos que tenía ese edificio”.

Me volvió el alma al cuerpo y la abracé. Estaba viva

La probabilidad de que Jorge O. llegara al sitio en el momento que Jorge H. abrazaba a su mamá era muy alta de acuerdo a la hora que las dos arribaron al sitio, quizas ese día se habrán cruzado en el camino pero hoy 20 años después no lo saben ya que nunca se han presentado.

Jorge O.:“Vi que salía gente en la parte del edificio que sufrió menos, enseguida detecté a un vecino y me le acerqué y le hice la pregunta en medio de la angustia. Fernando, ¿mi mamá? Obviamente él acababa de salir de los escombros y estaba aún más angustiado, por lo que no supo que responder.

Con un poco más de calma pensé en dónde estaría ubicado el apartamento de mi mamá, que era uno esquinero que se caracterizaba porque en el balcón habían muchos plantas florecidas y veranieras, también unos helechos. Cuando logré detectar residuos de esas matas entre dos lozas gigantes comprendí que mi mamá estaba allí, bajo los escombros. No había nada que hacer”.

Jorge H. metros más allá entablaba una conversación con su mamá sobre las primeras consecuencias del desastre, minutos después se despidió de ella y se devolvió para su casa con el objetivo de sacar su cámara y empezar a grabar lo que sería un documento audiovisual histórico de la ciudad. En medio de casas destruidas y centenares de muertos sentía la necesidad de filmar.

“Quise recoger la cámara porque como camarógrafo quise dejar el registro, pero yo no dimensionaba la problemática tan grande que había ocasionado el terremoto. El primer punto que encontré fue el colegio ITI que estaba totalmente caído. A cada paso habían cosas más grandes, cosas peores. La gente al verlo a uno con cámara se acercaba para pedir ayudar y como si se tratara de un En Vivo se dirigían a ella y decían que llamaran a bomberos, pero era en vano, todo estaba colapsado. El Cuerpo de Bomberos fue el primero que se destruyó. Una cantidad de heridos y muertos por todas partes”.

Jorge O. por su parte no duró mucho tiempo en la escena del edificio icónico del centro, también tenía que volver a su labor de médico, y lo que se encontró no era muy diferente de Jorge H., dolor y sangre.

 Comprendí que mi mamá estaba allí, bajo los escombros. No había nada que hacer”.

“Cuando dejé a mi familia resguardada en un lugar seguro del norte, porque mi casa había quedado muy deteriorada, me dirigí al San Juan de Dios a pie para llegar al servicio de urgencias. Estando allí había muchos heridos y muchos pacientes ya habían fallecido. Empecé a organizar los equipos asistenciales. En ese momento solo tenía dos certezas: que mi familia estaba bien y que mi mamá estaba muerta. Esa condición me permitió venir a responder mi responsabilidad laboral y así fue. Sin descansar en medio del caos”.

Jorge H. también estaba en su propio caos en la zona céntrica cuando con su cámara grababa imágenes de desórden y vandalismo. Recorrió los principales sitios del sector hasta las 6:00 p. m.; 15 minutos antes registró la escena que marcaría su archivo.

“Crucé toda la carrera 15 hasta llegar al parque Cafetero donde se agrupó un gran número de personas, de allí pasé al parque Uribe y a las 5:45 me cogió la réplica dando la vuelta al lugar, decidí entonces fijar la cámara frente a un bar que se llamaba La Fontana, las tejas de barro salían disparadas de ese sitio, un señor corría e imploraba que todo pasara mientras se santiguaba. Continúe grabando y recorrí la zona, la gente pasaba como zombie. Al ponerse el día oscuro me reuní con mi familia de nuevo porque ya todo era muy inseguro”.

Acción que no realizó Jorge O. quién trabajó y atendió pacientes hasta las 3:00 p. m. del día siguiente, momento en que fue ordenado por el gerente del centro asistencial a que fuera a buscar el cuerpo de su madre para darle cristiana sepultura. Algo que logró en medio de una sucesión de 'milagros' y 40 entierros más que se llevaban a cabo.

"Como 40 ataúdes se despacharon para ser enterrados luego de una conmovedora misa simultánea que terminó a las 5:30 de la tarde. Cuando llegamos al cementerio habían más de 150 cadáveres, el sitio estaba lleno de familiares. Para la época solo existían dos sepultureros, nos tocó entonces a nosotros mismos, junto a hermanos y primos tuve que cavar la tumba de mi madre en medio de dolor, labor que terminamos a las 8:00 de la noche. Volví al trabajo y solo 17 días después tuve tiempo para llorar su muerte".

 Nos tocó entonces a nosotros mismos cavar la tumba de mi madre en medio de dolor.

Las coincidencias por resolver hasta aquí son cuatro: el nombre inicial de los dos, la ubicación de la vivienda de sus mamás, la forma en que llegaron al sitio y que ellos optaron por trabajar después de un terremoto que acabó con la existencia de 1,185 personas, la mayoría de Armenia.

Hasta aquí, el científico Mazur podría tomar apuntes y encontrar una pronta respuesta sobre la probabilidad de estas casualidades; sin embargo, las cosas se podrían complicar cuando se entere que las dos madres protagonistas de esta historia se llaman María y que los dos hombres que desde sus profesiones palparon de cerca la muerte y el dolor tienen tres hijos cada uno: dos hombres y una mujer.

Si el estadounidense Mazur por azares, casualidades, coincidencias o simples cálculos matemáticos terminara en un salón con los dos Jorges, esta situación se podría plantar y de seguro Jorge H. como físico-matemático querría saber cual era la probabilidad de que algo así sucediera ¿una entre cien? ¿entre mil? ¿entre un millón?

Por otra parte, Jorge O. preguntaría de manera más concreta: ¿Cuál hubiese sido la posibilidad de que ese 25 de enero de 1999 cuando llegué al Sandiwch Cubano hubiera encontrado también a mi madre frente al edificio destruido contemplando con tristeza sus helechos y flores veraniegas?

Más de nuestro especial: 20 años después, un nuevo amanecer
 


 

Cristhian Pérez
LA CRÓNICA


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