La Salida / Marzo 18 de 2017 / Comentarios

Lo niego todo: Sabina en sí mismo

Lo niego todo: Sabina en sí mismo

Lo nuevo de Joaquín Sabina demuestra que después de la tempestad, aunque no llegue la calma, hay momentos de lucidez. 


Joaquín Sabina se ha dado muchas licencias a lo largo de su vida. Desde iniciarse en la música como un hippie en el Londres de los setenta, exiliado por el franquismo y con un pasaporte falso, hasta burlarse de la muerte después de una isquemia cerebral que en el 2001 lo obligó a recogerse y cambiar sus hábitos, el cantautor ha sabido encontrar salidas decorosas (a veces indecorosas) a los embates de la vida.

La última batalla que ha tenido que dar ha sido contra el desgano por componer, el oficio que lo ha puesto entre los más grandes de la música española de todos los tiempos. Una paradoja. Después del episodio médico referido, el ejercicio creativo para Sabina no ha resultado tan gozoso y estimulante como en los mejores momentos de los ochentas y los noventas. Los álbumes posteriores a la enfermedad han sido paridos con sacrificio, y se ha visto obligado a echar mano de salvavidas y darse otras licencias que, afortunadamente para sus devotos, han funcionado: irse a Praga con su amigo, el poeta Benjamín Prado, para componer algunas de las canciones del disco Vinagre y rosas (2009), y convocar a un joven rockero para producir el reciente Lo niego todo.

La primera impresión después de escuchar este nuevo álbum es que Leiva (exintegrante de Pereza), productor y cómplice creativo, ha hecho un dedicado trabajo de reciclaje con el mejor Sabina. En la cumbre de su carrera, y dado a las licencias creativas, el cantautor optó por el desparpajo de un joven rockero y confeso admirador para alumbrar su disco de estudio número 17. El resultado son doce canciones que de seguro pulsarán las fibras más profundas de los fanáticos sabineros, pero que en una apreciación más desprevenida y desapasionada pueden ser rotuladas como “más de lo mismo” en su discografía, lo cual no necesariamente es negativo. 

Conocimos con antelación los sencillos Lo niego todo y Lágrimas de mármol, dos canciones calcadas en su intención autobiográfica. La primera, aunque con un piano trascendental y la consabida fórmula poética de la enumeración, trastabilla en un estilo de pop ligero y con un videoclip lleno de clichés. La segunda porta más poder en lo autorreferencial con algo de crudeza rocanrolera. El coro es contundente: Superviviente, sí, ¡maldita sea! / Nunca me cansaré de celebrarlo… / Si me tocó bailar con la más fea / Viví para cantarlo.

La conciencia del envejecer y la recapitulación de una vida donde los excesos y las pasiones (las mujeres, la noche, la poesía) fueron una constante, están presentes a lo largo del disco, que abre con una guitarra profunda y melancólica en Quien más, quien menos, una letra marcada por la intención de recoger los pasos y que anticipa en ese sentido el talante de todo el conjunto.

Con un guiño en lo musical y una alusión directa a J.J. Cale, No tan deprisa se destaca, aunque desconcierta con un coro de versos forzados: Vendo una rima / Cámbiame el clima / Borra mi jeta de la receta del ganador. La sombra de 19 días y 500 noches se acentúa en algunas de estas nuevas composiciones. 

Tal es caso de Posdata, croniquilla del enamoramiento con una mujer altiva, con ecos de Chavela Vargas y música y guitarra de Ariel Roth. Evocadora también del mítico álbum del 99 resulta Churumbelas, una rumba que cuenta la historia de tres hermanas del barrio de Lavapiés y en la que no se pasa por alto la galería de singulares e ilustres españoles, desde Tirso de Molina hasta Tomatito. 

El final es clonado de Menos dos alas, la canción que Sabina le dedicara al poeta Ángel González en el álbum Vinagre y rosas. 
No dormir era más dulce que soñar / Y envejecer con dignidad una blasfemia son versos que desagravian un poco Leningrado, después de algo tan indecoroso como No era fácil en la Unión Soviética / Ir por condones a recepción. Plop.

Más de envejecer y recoger los pasos encontramos en Canción de primavera, que incluye una sutil melodía de piano entregada a Sabina por su compadre Pablo Milanés. La potente Sin pena ni gloria, con sonido de rock argentino, retoma la promesa de escribir una canción a una dama e incluye un juego de palabras que nos recuerda otra de sus grandes canciones: Si me matas me hago el muerto / Yo que mato por vivir.

Autorreferencial hasta el tuétano y encajada en el lugar común de enumerar características de los días de la semana, Las noches de domingo acaban mal logra sacudirnos con su sabor rocanrolero y un acertado saxofón de cierre. Hacer un reggae era algo que Sabina se debía. 

Aunque le salió flojo, con una historia enrevesada e innecesariamente alargado, ¿Qué estoy haciendo aquí? le pone el toque de singularidad y desfachatez al disco. 
Cierra el disco un melancólico reproche a dos voces con Leiva. El tono de la amónica y el repetitivo “Me acusas” componen un final que, aunque algo lánguido, deja entrever la empatía y el esfuerzo entre el cantautor y su productor para reinventar el sonido del mejor Sabina. 

​Minucias y prevenciones aparte, el disco merece ser escuchado un y otra vez, recordemos que es Sabina a sus 68.

Juan Felipe Gómez
LA CRÓNICA

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