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En profundidad / DIC 17 2017 / Hace 7 Meses

Los cien años de Carlos E. en el encuentro Restrepo de Filandia

“Eso es lo que fue, un hombre de pueblo, montañero, una de las palabras más bellas de esta tierra, y que él nos enseñó a querer”.

 

Los cien años de Carlos E. en el encuentro Restrepo de Filandia

Era el favorecedor de las clases más humildes; era el político que siempre pensaba en las comunidades que en dos oportunidades lo llevaron al Congreso,

El domingo 11 de febrero de 1990, un poco antes de sepultarlo, afuera de la capilla de las hermanas Bethlemitas, donde velaban sus restos, una prima hermana se acercó y me dijo: “primo, perdóneme lo que le digo, pero nunca olvidaré a mi tío por algo que lo caracterizaba, su aspecto montañero y provinciano”. Le contesté calmado: “Eso es precisamente lo que fue, un hombre de pueblo, montañero, una de las palabras más bellas de esta tierra, y que él nos enseñó a querer”.

Mi padre llega a su centenario, con una celebración que no queremos imaginar, pero podemos anticipar. Es el cumplimiento de un deseo perenne, el de unir a la familia de sangre que siempre estuvo tan distante.

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Sabemos que el 16 de diciembre de 2017, es apenas el primer encuentro de díscolas generaciones que llevamos un apellido legendario. Mi tía Felicidad sólo pronunciaba el Restrepo, porque decía con orgullo que era propio de tigres. No obstante, mi padre esposó a mi madre Soledad que llevaba el apellido de la discordia, Ramírez. Era de hecho el de su madre Merceditas, pero lo más grave de esa unión era que se había casado con su prima hermana.

Carlos E., nombre con el cual todos conocieron a papá, bautizado Carlos Emilio.

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Chile

En Filandia, sólo tuvo ojos para ese amor. Cuando pasaba por la casita humilde donde vivía Carlos Ramírez su tío, con su esposa Barbarita Osorio, siempre veía a Soledad, muy pequeña, y pensaba que ella iba a ser su consorte. Y así fue. En 1941 se casaron una madrugada, prácticamente en la sacristía, porque esa era una relación prohibida. El mismo día del casorio, mi madre volvió a su casa, mientras Carlos E. preparaba viaje para marchar a Chile. Habian pasado varios meses de constante y reservada relación, de la que se conservan varias cartas que él le escribía desde Bogotá, donde estudió el primer año de medicina.

Se embarcó al país del sur en Buenaventura y desde ese día comenzó el más largo sufrimiento para los dos. Los primeros días fueron soportables para él, pues contaba con la presencia de Enrique, su cuñado y entrañable amigo. Pero el esposo de su querida hermana Leonilde volvió a Colombia, donde mi madre ya había comenzado su calvario y él quedó solo en el país lejano.

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Fueron varios años de tristeza que han quedado testimoniados en las bellas cartas -muchas se perdieron- que ambos se cruzaron.

Cuando regresó a Colombia, a mediados de los años cuarenta, ya Soledad era una hermosa damita que había optado por escoger la vida conventual para calmar sus penas.

El proyecto de ambos, de su vida de familia, con muchos hijos, por fin comenzó. Los hermanos recordamos esta virtuosa unión amorosa, que llevó a Carlos E., siempre en compañía de Solita (como la llamaba con cariño), a todos los escaños de la exitosa profesión de médico y hasta al mundo de la política.

Era el favorecedor de las clases más humildes; era el político que siempre pensaba en las comunidades que en dos oportunidades lo llevaron al Congreso, como Representante y Senador suplente de Risaralda. Era el profesional humanista que atendía con cariño y calor humano a sus pacientes. Era el padre ejemplar. Era el hombre que visionaba la existencia de un país mejor, y por eso aceptó el cargo de médico de la isla prisión Gorgona donde, en compañía de Solita, conocieron los seres confinados por esta sociedad, que alguna vez los había llevado al mundo del delito. Compartiendo con ellos entendieron la dura realidad del encierro.

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Partida de Solita

Lamentablemente, la humanidad de Solita fue afectada por la enfermedad y, meses después de retornar de Gorgona, ella murió en la cama donde diez hermanos habíamos llegado al mundo, de las manos de un partero excepcional pues eso también fue mi padre.

Catorce años después de la partida de Solita, se nos fue de este mundo, dejando en Filandia y en nuestros hogares un inmenso vacío que, sin embargo, se nos llena con el recuerdo de sus acciones y ejecutorias.

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Una frase simboliza y marca la existencia de un ser que siempre llevó a su terruño en el corazón y que sirvió con ahínco. Ella quedó plasmada en un yeso artístico elaborado por uno de sus amigos, el artista Hernando Mejía, obra que conservamos en la casa familiar de Filandia, llamada “Granada”, donde Carlos E. había nacido el 16 de diciembre de 1917 y escogió para morir 72 años después.

El día de su deceso, viernes 9 de febrero, el artista tomó la impresión de su rostro, algo que soportó estoicamente, pues se requería quietud total para la impronta artística. Minutos después, en su lecho de enfermo, recibió la visita de muchos estudiantes del Colegio Liceo Andino de Filandia, pues había sido su fundador en 1961 cuando era Diputado a la Asamblea de Caldas. Murió ese día a las 11 p. m. como lo había anunciado, pues veinte días antes nos pidió ser acompañado en su entierro por todos los campesinos y pobladores de Filandia. El día más concurrido del pueblo era por supuesto, el día domingo.

La frase lo dice todo: “Estas manos dieron vida”, teniendo en cuenta que gran parte de los habitantes del terruño, hijos y algunos nietos, fueron recibidos por sus delicadas manos en el nacimiento.

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Similar simbología se plasmó en el Monumento a Jesús Resucitado de Filandia, que representa la imagen del Cristo glorioso que emerge de 13 manos las que recuerdan el número de sus hijos. Esta figura artística del maestro Jairo Bedoya está ubicada en el extremo sur del municipio, sitio desde el cual se puede apreciar la mejor panorámica del bosque de Bremen.


Encuentro de los Restrepo de Filandia

Alrededor de 150 miembros de los Restrepo Ramírez se reunieron en Filandia. Celebraron dos hechos: el centenario del médico Carlos E. Restrepo, uno de los 14 miembros de la familia que conformaron Luis María Restrepo y Mercedes Ramírez. El mayor de ellos era Roberto, un notable escritor y oncólogo que nació en 1897 y murió en 1956. El menor se llamaba Julio César, muerto en 2008, y cuya descendencia vive en Santa Rosa de Cabal.

Otro de los acontecimientos de la reunión fue la conmemoración del primer aniversario de Olga de Chica, la conocida artista primitivista, nacida en Filandia en 1921 y fallecida en Manizales en 2016, prima de los hermanos Restrepo Ramírez.

También se recordaron algunos integrantes de la familia Restrepo que murieron: Soledad Ramírez, esposa de Carlos E.; María Consuelo y María Mercedes, hijas de Carlos E. un nieto de Carlos E., Juan Sebastián Restrepo, quien inspiró el documental 'Restrepo', nominado a los premios Oscar. Ricardo Restrepo, cineasta y autor del famoso documental 'Cesó la horrible noche'. Nelson Ocampo, nieto de una de sus hermanas.

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La familia Restrepo tiene amplia ramificación en Colombia y en esta región existen muchas generaciones de Filandia y el antiguo Caldas. Una de las integrantes de la rama de Risaralda, la docente Amelia Restrepo intervino en un conversatorio sobre los más remotos orígenes del apellido en el municipio de Santa Rosa de Cabal. 

A su vez el antropólogo Roberto Restrepo se refirió a la vida y obra de doña Olga de Chica y de Carlos E. y sus 13 hermanos. Los miembros de la Academia de Historia del Quindío, Jorge Hernán Velásquez Restrepo y Felipe Arturo Robledo Martínez disertaron sobre el proceso de poblamiento familiar en el Quindío y el Tesoro Quimbaya en Filandia. Este acto académico se desarrolló de manera posterior a la celebración litúrgica de conmemoración de las 10:00 de la mañana de ayer sábado.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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