Miércoles, 22 May,2019
Historietas del más acá / MAY 05 2019 / hace 2 semanas

Los consentidos de la U

La convivencia de los perros en la Universidad del Quindío ha propiciado la creación de nuevos espacios académicos. En la actualidad conviven doce perros y un par de gatos.

Antanas Mockus llegó a la universidad del Quindío hace 5 años, una tarde en que los vigilantes lo encontraron envuelto en una bolsa de plástico, luego de que un desconocido lo arrojara por encima de la malla cercana a la portería del edificio de la facultad de Medicina. Era apenas un cachorro y estaba enfermo. Rigoberto Salazar Álvarez, coordinador del área de deportes en Bienestar Universitario y uno de los abanderados de la causa animalista en la institución, lo llevó al veterinario, que le diagnosticó la enfermedad del moquillo, de ahí que, con un inocente sentido del humor, terminaran por bautizarlo igual que al famoso político colombiano.
 


Antanas Mockus lleva cinco años viviendo en la Uniquindío.


Contrario a su tocayo, Antanas es más intolerante, pues tiende ser un poco agresivo con los habitantes de calle que transitan cerca al campus;no los muerde, pero sí les ladra con cierto rencor, no los agrede, pero sí los hostiga. “Él no es bravo, yo creo que este es uno de los mejores perros antinarcóticos que puede haber en Colombia, a unos 50 o 60 metros puede identificar si la persona es consumidora, o no”, cuenta don Rigoberto, mientras lo acaricia con el dorso de su mano izquierda y recuerda que, cuando Mockus llegó a la U, lo mantuvieron aislado durante varios días para evitar que los demás perros llegaran a contagiarse de moquillo.
 


Antanas no ha sido el único animal rescatado por el grupo conformado por estudiantes, profesores y funcionarios de la Uniquindío, en trece años de labores contabilizan, por lo menos 20, aunque hoy en el campus conviven doce perros y un par de gatos. Tampoco ha sido el único perro rescatado que tenga alguna referencia a la vida política colombiana.

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“El año pasado, cuando los muchachos salieron a las marchas del paro estudiantil encontraron a un perro negro, peludo, de patas cafés que los acompañó en una de las protestas, por eso lo llamaron Petrosky”, relata María Fernanda Parra, estudiante de Pedagogía Social, integrante del colectivo Voz Animal, y quien desde hace un año se metió de lleno en esta causa.
 


Petrosky fue adoptado por un ingeniero que trabaja en una de las obras que se adelantan al interior del campus.


Por supuesto, Petrosky también fue bien recibido en la U, y aunque solía irse por largos periodos, siempre regresaba. En realidad, duró poco tiempo en el campus, a pesar de la gran simpatía que despertaba en toda la comunidad fue dado en adopción y hoy vive feliz en una finca lejos de Armenia.
 


Son cerca de doce las personas comprometidas con la causa animalista en la universidad; algunas donan tiempo, otras, comida, o, incluso, aportan cuotas mensuales fijas para el bienestar de los animales, aunque a veces no son suficientes y tienen que recurrir al buen corazón de toda la ciudadanía.

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Hace 8 meses, a Panda, la perra más querida de la institución, la atropelló un carro a pocas cuadras de la U, era un sábado, y si bien el conductor fue responsable al llevarla a la clínica, el veterinario le dictaminó un trauma medular que le impediría volver a caminar, por lo tanto, recomendó sacrificarla, para evitarle sufrimiento.
 


A Panda le diagnosticaron un trauma medular y recomendaron sacrificarla.
 

Trece años conviviendo con profesores, estudiantes y funcionarios, fueron un motivo lo suficientemente fuerte para impedir la eutanasia de Panda. La pequeña mestiza de color negro, con pintas blancas parecidas a las de los osos originarios de China, había llegado a la U en el 2005, tratando de encontrar un refugio de las lluvias, que por esos días afectaban a gran parte del país. Los vigilantes la encontraron sucia, evidentemente agotada, con hambre y acompañada de Congo, Tembloroso y Mocho.  Fue por ellos, por esta casualidad, que comenzó el trabajo animalista en el centro académico, y es por la lealtad y el cariño que los animales demuestran, que se ha mantenido.

Así que cuando el veterinario sugirió el sacrificio de Panda, los animalistas tenían claro que esa era la última opción. Buscaron nuevas valoraciones, recogieron plata entre los estudiantes y convencieron a un fisiatra, especialista en estos casos, para que periódicamente se desplazara con equipos desde Pereira y atendiera a Panda, a cambio de una remuneración casi simbólica de $30.000. Luego de tres meses de terapias, medicamentos y de acompañarla día y noche, la perrita recuperó su movilidad; hoy camina con dificultad, pero sin ningún tipo de ayuda.

Del grupo que llegó con Panda, todavía viven Congo, que se caracteriza por ser solitario, casi un ermitaño al que no le gustan las cámaras, y Mocho, de unos 50 centímetros de altura, con la cola completamente cortada, del color dorado de los labradores, y que ha perdido la vista debido a su avanzada edad; sin embargo, permanece tan activo como desde el primer día. Tembloroso, hace unos años, tuvo que ser sacrificado luego de una caída…
 


Diariamente, alrededor de las 9:00 de la mañana, los 12 perros reciben el desayuno, generalmente salchichón o concentrado. Es casi un ritual, donde cada uno espera su turno, y el que no llega a la hora señalada es buscado por todo el campus y, de ser necesario, se le lleva a donde esté. Los perros están gordos, especialmente Scooby, un cruce de labrador de color cobrizo, que con el tamaño de sus patas y colmillos puede intimidar al más valiente, aunque es noble y manso. Él no pasa la noche en el campus, pues siempre sale con los estudiantes y llega muy temprano, como si también tuviera que ver alguna clase. 

A la hora de almorzar los más ansiosos son Tropicana y Sombra, que son los recién llegados y apenas se están habituando a su nueva vida. Entre el pelaje azabache de sombra se alcanza a divisar la marca de una correa que tenía atada al cuello; Tropicana, por su parte, fue bautizada así por los estudiantes debido a la alegría, una vivacidad que le ha contagiado a su gran amiga Lucy, una perra despelucada a la que apodan Barbuchas y que suele acompañar a los celadores en sus rondas.

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De cada perro que ha sido rescatado en la universidad hay un registro debidamente diligenciado, donde aparecen, entre otras cosas, el carné de vacunación, la edad y la fecha de esterilización. En este archivo reposa la historia de algunos que ya se fueron y que marcaron a varias generaciones de estudiantes. Bruno, Camabaja, Flechas, Orejitas, El Negro, Chocolate, Funji —que le gustaba acompañar a los estudiantes por el sendero—, Ricardito —que fue cremado—, Sasha —una Beagle que fue adoptada por una profesora— y Patas Blancas, al cual, le dieron un golpe en la cabeza con un palo condenándolo a la muerte.

El caso de Patas Blancas es la excepción, en el campus de la universidad del Quindío, los perros son los seres más consentidos. Tienen asegurado un techo, alimentación dos veces al día, agua para beber, atención médica prioritaria y siempre hay alguien pendiente de ellos, sin importar si es de día, de noche o época de vacaciones. Panda, Tropicana, Sombra, El Paisa, Manchas, Pando, Mockus, Canela, Barbuchas, Congo, Mocho y Scooby tuvieron la suerte de dar con personas dispuestas a brindarles, sin recibir nada a cambio, un buen lugar para vivir.
 


Paisa, Panda y Manchas acompañan a don Leonardo en su labor diaria por la U.


La convivencia de los perros en la universidad del Quindío ha propiciado la creación de nuevos espacios académicos. “Desde el programa de Filosofía, algunos compañeros estamos trabajando en proyectos de investigación sobre los derechos de los animales y también existe la cátedra sobre ecología y sociedad del riesgo, que busca convocar a la comunidad uniquindiana para ampliar el concepto de ética, romper los límites antropocentristas y entender que hay una ética animal. Se trata de formar ciudadanos con un sentido ecológico por el respeto de los animales y del planeta”, explicó Isis Vélez, docente del programa de Filosofía e integrante del colectivo Voz Animal.
 

 

Carlos López
@hdelmasaca
Especial para LA CRÓNICA


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