Lunes, 12 Nov,2018

En profundidad / AGO 31 2018 / Hace 2 Meses

Los más viejos de los viejos

En Colombia se gestaron historias de “los más viejos”, cuyos detalles se conocen con cierto grado de incredulidad...

Los más viejos de los viejos

Todos ellos tienen en su haber un patrimonio, o mejor el secreto más valioso, que es el asunto clave de su largo transcurrir en la vida. / John Jolmes Cardona, LA CRÓNICA

En el mes de agosto, el de la ancianidad, siempre se recuerda lo atinente al término que mejor dice de los adultos mayores. La palabra viejo es amable —y no ofensiva como algunos creen— para denominar a ese segmento de la población que ha llegado a los superiores y plenos años de su existencia, en un envejecimiento digno y satisfactorio.

En Colombia se gestaron historias de ‘los más viejos’, cuyos detalles se conocen con cierto grado de incredulidad, pero que se reseñan con la certeza de ser alcanzables y hasta deseables.

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Se dice que el más viejo de los viejos de Colombia fue uno de ascendencia indígena llamado Javier Pereira, quien se calcula murió de 167 años. Su historia, como la de los demás, se conoció hace 50 años y la prensa de la época la documentó bastante. Aunque Pereira no necesitaba ser publicitado en aquellos periódicos nacionales, ya que el gobierno había emitido en 1956 una estampilla como homenaje a este hombre del campo, que ayudó a construir relatos interesantes sobre el transcurrir de su existencia.

Se conoció todo ello en febrero de 1968, cuando murió quien se consideraba en ese momento el viejo más viejo de Colombia, en la población de Momil, departamento de Córdoba. Se llamaba Liberato Díaz Peñate, y al desaparecer él, su sitial lo ocupó otro anciano llamado Gabino Jaimes Laguado. Ambos pasaron de 140 años, lo que determinó que el máximo de edad lo tuvo siempre —y todavía hoy lo ostenta— el delgadito y legendario Javier Pereira.
 


Javier Pereira mostrado como el más viejo del mundo en una estampilla de 1956.


Otro nombre se tuvo en cuenta en el historial de viejos, en este caso el de una mujer llamada Concepción Cometa.

La construcción textual que se desprende de Javier Pereira es de leyenda. Alcanzó a viajar por varios países, mostrado como el más viejo del mundo entero, pero lo más fantástico es el mensaje que acompañaba su estampilla de 1956, después de su muerte. Rezaba “No se preocupe, tome mucho café y fume un buen cigarrillo”. A pesar de ser reseñado por sus promotores de viaje en el concurso de los premios Guiness, los revisores no avalaron el récord, pues dudaban de la edad comprobada del viejo Pereira. Había nacido en Tuchín, Córdoba, y sus viajes por varios países del mundo, en franco espectáculo de testimonio para el de más avanzada edad, lo presenciaron personajes como la ex miss universo Luz Marina Zuluaga y Gabo. Paseó en Nueva York, mostrado como trofeo, en un carro lujoso y fue recibido en todas partes como un héroe.

Del anciano Liberato, quien murió el 16 de febrero de 1968, no se registra mucha información, aunque se colige que vivió en aquellos cálidos parajes de la costa caribe, como tantos hombres y mujeres que, en esa región, se enorgullecen de ser bisabuelos y tatarabuelos y que fácilmente pasan de una centuria en medio de aquellos sosegados pueblos, polvorientos y mágicos del garciamarquiano territorio colombiano. Liberato murió en Momil, un pueblo arqueológico de donde procede también una de las cerámicas más antiguas del país.

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Hurgando las historias provincianas, encontramos la de Gabino, quien nació en un corregimiento de Arboledas, Norte de Santander, llamado Villa Sucre, la tierra natal de Arnulfo Briceño, un cantautor de música llanera y de Ofelia Villamizar la poeta. En este pequeño villorio también reseñan la existencia de más de 14 siglos de Gabino, quien permaneció enfermo y ciego esperando la muerte, que todavía en el siglo XX llegaba tarde.

De Concepción Cometa no existe información consignada. Más bien su recuerdo se ha construido en el sustento de un relato literario que fue publicado en el periódico Diario de Colombia, sección ‘Telón de Fondo’, el 2 de enero de 1953, por el escritor Héctor Rojas Herazo y que compiló Jorge García Usta en el conocido libro La magnitud de la ofrenda. Presenta así su escrito: “Concepción Cometa es un atadito de huesos metido en un saco epitelial curtido, escamoso y arrugado, que tiene cien años de estar fijando, en las esquinas de los codos, en las grietas de las coyunturas, en el claro de los pómulos, bajo el sol del Huila”. Pareciera un personaje de ficción, pero todo indica que fue una mujer de carne y hueso que en 1968 estaba viva y que seguía inspirando prosas dicientes como lo sigue narrando Rojas Herazo: “Ha visto crecer —una luna tras otra, un verano tras un invierno, una voz tras un cadáver— a los herbazales, a los arroyos y a las bestias. Ha visto morir, miles de veces, al fuego, a la pasión y a la lluvia”.

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En el presente siglo XXI ya es difícil encontrar en el mundo viejos de más de 14 décadas. Por lo reseñado, lo máximo es contar con la edad que pasa del siglo, como es común en Vilcabamba, Ecuador, un pueblo templado que demuestra una vez la apacible vida —sana y sin complicaciones— de las estancias andinas. Y si se trata de los Récord Guinness, que Liberato, Gabino y Concepción no alcanzaron a conocer, ni les interesó, esta modalidad, solo ha tenido en cuenta hoy a patriarcas o matronas de máximo 120 años, como lo pudo disfrutar Jeanne Clement, la mujer más vieja del mundo y que se matriculó en sus registros con 122 años, al morir ella en 1997.

Independiente de la historia de Javier Pereira —al que nadie le arrebatará el título tan elevado en edad— en el Quindío se informó una noticia el 22 de agosto de 1994 en el periódico El Tiempo: A los 121 años murió el hombre más viejo del Quindío”, del deceso de don Tiberio Bedoya Jaramillo, quien pudo ser el hombre más viejo de Colombia. O del mundo, si se tiene en cuenta que un japonés, Jiroemon Kimura, murió en 2013 como el hombre más viejo con 116 años.

Y qué decir de los testigos vivientes, como Adela Morales Quintero, de Neira, registrada en abril de 2018 con 115 años, la que podría ser la más vieja de Colombia. O Antonio Salazar, de Filandia, con 105 años y María del Carmen Rodríguez con 100 años en Circasia. (Recomendado: En Filandia vive el habitante más viejo del departamento)

Todos ellos tienen en su haber un patrimonio, o mejor el secreto más valioso, que es el asunto clave de su largo transcurrir en la vida. Lo curioso es que el compendio de su receta no está en la dieta limpia, ni como la de Javier Pereira, en los placeres del licor o del tabaco. Tal pareciera que todo estriba en algo que nos habíamos resistido a conocer. Tal razón, de la que muchas pócimas todavía tomamos en Colombia, se llama simplemente la felicidad.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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