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En profundidad / JUN 20 2018 / Hace 4 Meses

Los oficios de la República en el escenario del Quindío histórico I

Fueron los motores de las incipientes industrias y el naciente ritmo comercial de la región.

Los oficios de la República en el  escenario del Quindío histórico I

Arriero: “El que con bestias —caballos, bueyes o mulas— transporta carga y pasajeros”.

En el Quindío de finales del siglo XIX y principios del siglo XX muchas ocupaciones criollas ganaron terreno en los acontecimientos de sus primigenios municipios. Claro está, algunas habían tenido origen en la época de la colonia.

La amplia variedad de ellas y la constitución de quehaceres simbólicos —o representativos— y endógenos —o muy propios de cada localidad—, aumentan la gran lista de oficios que la revista Credencial Historia, No. 87, septiembre de 1997 y la historiadora Marina González de Cala publicaron a manera de un singular diccionario.

Como ocurrió, en simbiosis o mestizaje y en consonancia con la transmisión de habilidades y destrezas artesanas, tales oficios fueron los motores de las incipientes industrias y el naciente ritmo comercial. Algunos cambiaron de nombre, adoptando el orden lingüístico, pero no variando su esencia.

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Oficios en las primeras villas o pueblos

Describimos, en el orden alfabético utilizado por González de Cala, algunos de importancia en la cotidianidad de aquellas primeras villas o pueblos. Son ellos Salento, Filandia, Calarcá, Armenia, Circasia y Montenegro:

  • Aguador: “Faena de recolección de agua. Herramientas de trabajo: barriles, múcuras, troncos de bambú, asno o mula”.
  • Arriero: “El que con bestias —caballos, bueyes o mulas— transporta carga y pasajeros”.
  • Barbero: “Además de cortar barbas y arreglar pelucas, efectúa como recurso médico las sangrías, la aplicación de ventosas y la extracción de muelas”.
  • Blanqueador: “Pinta con cal las paredes de las construcciones”.
  • Boticario: “Prepara y expende fórmulas médicas. Los primeros boticarios llegaron de España en el siglo XVI. Luego de un aprendizaje empírico con su maestro, la licencia les era aprobada por un protomédico. Aceites de oliva, ricino y escorpión, esencias de hierbas y flores, hojas de malva y cerezo, aguardiente y vino formaron parte del recetario colonial”. 
  • Calígrafo: “Actividad de escribir con letra correctamente formada sobre pergaminos o papeles. Tarea desempeñada también por escribanos y pintores”.
  • Carbonero: “Produce y vende carbón de leña para el uso doméstico”.
  • Carnicero: “Sacrifica —matarife— y vende la carne. Mercaderes españoles viajaron al Nuevo Reino de Granada con sus carniceros en el siglo XVI. En 1662 se construyó la carnicería en Santafé para la venta de carne bajo la inspección de la autoridad”.
  • Carpintero: “Elabora muebles de uso cotidiano, como cajas, cajetas, estrados , petacas, escritorios, bufetes, taburetes, arcaces, arquibancos, sillones. Trabajaron muy cerca a los alarifes, ejecutaron para las iglesias y conventos techumbres y artesonados, tabernáculos, altares, retablos y silletería para coro”.
  • Cerería: “Oficio de labrar y vender cera. Tuvieron especial demanda en conventos e iglesias”.
  • Cigarreras: “Oficio femenino que consiste en la elaboración manual y venta de cigarros y tabacos”.
  • Criado: “Oficio remunerado. Algunos pobladores y religiosos españoles viajaron al Nuevo Mundo acompañados por sus criados de servicio. Mientras que algunos continuaron sirviendo a sus amos, otros casaron prontamente con mujeres criollas y se independizaron”.
  • Curandero: “Que aplica conocimientos empíricos de medicina. A las mujeres se les prohibió esta tarea y fueron consideradas como brujas”.
  • Curtidor: “El que curte las pieles y las vende posteriormente al zapatero, al talabartero o al carpintero”.
  • Chaperona: “Criada que acompaña a su ama”.
  • China: “Niña del servicio encargada de los mandados en una casa”.
     

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Importancia de los aguadores

Los aguadores fueron importantes en los primeros años de los nacientes pueblos del Quindío, pues extraían de los pozos públicos, también llamados ‘bombas’, el preciado líquido. Cada pueblo construyó historias de arriería, gracias a sus protagonistas. Don Fidel en Salento, don José Valencia en Filandia, don Juan Andrés Botero Londoño en Calarcá y don Pablo Emilio Bernal de Armenia, este último todavía supérstite, son cuatro de los muchos que contribuyeron a dicha modalidad de transporte animal.

Barberos y peluqueros se han extinguido poco a poco de las escenas municipales, dejándonos sus anécdotas o deleitándonos, los pocos que sobreviven, con su presencia en los alrededores de las escasas plazas de mercado que se conservan. El estucador es otro nombre para el que se dedica a blanquear las paredes de las casas de bahareque y cubrir así el estiércol de caballo o ‘boñiga’ de esta curiosa técnica constructiva.

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En cada conglomerado urbano se recuerda uno o dos boticarios célebres. Algunos , como don Juanito Martínez en Filandia, también era curandero, o ‘mediquillo’ y ‘tegua’, dos nombres más para el oficio de sanar cuerpos, y también almas. Un boticario de Calarcá de finales del siglo XIX fue don Belisario Ospina; y, ya a principios del siglo XX, lo fueron también en dicha población don Maximiliano Restrepo Zorrilla y el ‘boticario Norris’, que era inglés, pero llegó proveniente de Riosucio, dentro del proceso colonizador de la región. 

Los documentos históricos del Quindío —actas de fundación, escrituras, cartas públicas— son una muestra de la vigencia del calígrafo, que hoy el internet y las nuevas tecnologías sepultaron, pero que persisten con un solo hálito de vida entre los escribidores de máquina de la carrera 17 entre calles 21 y 20 de Armenia.

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Los carniceros eran los principales expendedores de los toldos de lona que se ubicaban en las plazas públicas o de mercado del Quindío. La remembranza de las cigarreras está asociada a la producción de tabaco en las primeras décadas del siglo XX. La única reseña de cereros se encuentra en la crónica de André cuando describe esa ocupación en el viaje del Camino del Quindío en 1875. Mientras los oficios de criados, chaperonas, chinas o chinos, se fundieron en otro oficio que fue sobresaliente entre los hogares pudientes, el paje, una curiosa forma de esclavismo que todavía tiene vigencia, de manera soterrada, en el ambiente familiar.


Jorge Hernán Velásquez Restrepo y Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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