Sabado, 16 Feb,2019
En profundidad / ENE 20 2019 / Hace 26 Dias

Me encontré en la vida con… Rubén ‘Madroño’ Botero

Su amabilidad y don de gente, su calidad humana unida siempre a una esposa colaboradora y amable, a la cual rindo testimonio de abnegación, compromiso y amor por su trabajo.

Me encontré en la vida con…  Rubén ‘Madroño’ Botero

Contrajo matrimonio el 12 de diciembre de 1948 con Mélida Sánchez.

Destacado personaje de la vida comarcana nacido en Sonsón el 22 de abril de 1923. Sus padres Benjamín Botero González y Herminia Botero Botero, cuatro hermanos: Raquel, enfermera profesional; Graciela, ama de casa; Rafael, gestor de tránsito; y Rubén.

En 1924 armaron sus enseres y toda la familia viajó al Quindío donde tenían familiares que decían maravillas de la región cafetera. Don Benjamín prosperó en la administración local y en diversos trabajos.

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Rubén hizo estudios en la escuela primaria y comenzó muy joven como domicilio de la famosa droguería 11-12 de don Rubén Cala, más tarde ensayó en la publicidad en los pueblos a través del llamado perifoneo, muy usado como vehículo de difusión comercial. 

En 1947 fue nombrado habilitado pagador de la Policía de Caldas con sede en Armenia por un año. Pasó a laborar en Cine Colombia con sede en Manizales pero debía supervisar todos los municipios de Caldas en la época. Con motivo de este trabajo, conoció a su futura esposa, Mélida Sánchez, hermana de una de las taquilleras del teatro Bolívar de Armenia.

Contrajo matrimonio el 12 de diciembre de 1948, siete hijos: Juan Diego; Luis Fernando, ingeniero eléctrico; Guadalupe; Ana Milena; Roberto Jairo; Clara Inés y Mario Rubén.

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Los buñuelos de ‘Madroño’

Ya casado y con la ayuda constante de su señora esposa comenzó a incursionar en los negocios de comidas rápidas y comestibles. El primero que empezó a darle fama fueron los buñuelos callejeros, conocidos popularmente como los buñuelos de ‘Madroño’, apodo que le fue adjudicado por el gracejo popular y que historiadores de la talla de John Jaramillo Ramírez no aciertan a explicar la razón, pues estaba muy lejos de parecerse a esta fruta, de todas maneras Rubén se ufanaba del remoquete y en algunos carnavales de Armenia instalaba una cantina que denominaba ‘Madroño y qué.
 

La Última Curva

Con la estufa, la nevera y el comedor de su casa, con esposa e hijos como un solo cuerpo, comenzó a funcionar el famoso restaurante, una institución pionera en la región cafetera, cuyo primer local en 1965 funcionó en los bajos del Club del Comercio, enseguida del Café Caucaya calle 20 carrera 14 esquina, un sitio neurálgico de aglomeración de ciudadanos, actualmente.

Al año siguiente se trasladó al primer piso del edificio del teatro Bolívar, calle 21 con carrera 13, el local que ocupaba la famosa fuente de soda La Alhambra. Además de las viandas, la señora Mélida vendía revistas y Rubén sellaba la apuesta Totogol.

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En 1972 con motivo de la remodelación de la plaza de Bolívar se trasladó al primer piso del teatro Yanuba y cambió su nombre por Restaurante El Prado, pero era tan popular que sus asiduos contertulios nunca le conocieron otro nombre y a sus platos maravillosos, el último curvaso, una expresión utilizada por los taxistas que llamaban así la cena al finalizar el trabajo y que se generalizó en el delicioso restaurante de Rubén y Mélida.

Con la muerte de Rubén el 24 de julio de 1988, el restaurante comenzó a languidecer, sus hijos Guadalupe y Juan Diego sostuvieron el negocio en el mismo sitio y a partir de 1992 lo trasladaron al parque Cafetero carrera 15 número 26-03. El terremoto de 1999 sepultó el noble lugar, con la irremediable pérdida de la distinguida madre y esposa, Mélida Sánchez y otros familiares.

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La delicia de la comida paisa

Su amabilidad y don de gente, su calidad humana unida siempre a una esposa colaboradora y amable, a la cual rindo testimonio de abnegación, compromiso y amor por su trabajo. Hizo posible que La Última Curva fuera un sitio inevitable de reunión: la cena antes de la fiesta, la cena después de clases, el plato especial después de las fiestas del Club América. El punto de encuentro para degustar los platos que aún nos hacen agua la boca: el curvaso, combinación de capón, lengua y sobrebarriga. El caldo con carne, la chuleta de cerdo, el caldo de albóndigas, el trifásico, muchos más, con precios cómodos y un público de todas las condiciones.
 

La barra de amigos

Botero fue un amigo leal y con una simpatía y don de gente que le permitía atraer amistades y muchísimos clientes a lo largo de su vida. Admirable contertulio y exquisito en la atención personal, congregó una tertulia, donde eran infaltables personajes como Nepomuceno Jaramillo, Duván Rojas Cuartas, Aníbal Campuzano, Alberto Gutiérrez Jaramillo, y a veces, un sobrino de todos sus afectos, Álvaro Jaramillo Botero, conocido directivo universitario y escultor, para citar algunos que llegan al recuerdo.

Rubén fue un buen símbolo de la Armenia que se fue, precursor en la venta de comidas y en la gastronomía cafetera, artífice de una atención personalizada que contaba con una vasta clientela en la que me contaba, gracias a su diligente atención nocturna que extendía hasta altas horas de la madrugada. Amaba con alma vida y sombrero el Deportes Quindío y siempre gozaba de los partidos del estadio San José.

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El éxito de ‘Madroño’ se fincó en su compromiso por la calidad y en la presencia en su negocio, de toda la familia. Se puede decir que fue un personaje popular apreciado por sus conciudadanos, que consiguió con su atención exquisita, que La Última Curva fuera sitio obligatorio en la vida social del Quindío.

La charla amena con sus hijos Juan Diego, compañero en el colegio Rufino J. Cuervo; Roberto Jairo, gran locutor y hombre de radio; y el gran amigo Álvaro Jaramillo Botero, se va tornando sentimental con la evocación de un ciudadano que supo descollar con simpatía, amabilidad y sencillez en la vida social de nuestra tierra. La imagen del gran trabajador, entrañable padre de familia y maravilloso contertulio se confunde con la imagen de su humanidad y de la sonrisa en su cara bonachona. ¡Cómo hace de falta el último curvaso!


Gabriel Echeverri González
Especial para LA CRÓNICA


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