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General / MAR 13 2016 / Hace 2 Años

Mujeres científicas, otras víctimas del maltrato

El avance científico y tecnológico logrado por la humanidad hasta esta segunda década del siglo XXI, ha sido obra no solo de los hombres sino también de mujeres que han jugado un papel destacado.

Mujeres científicas, otras víctimas del maltrato

El perfil de las mujeres científicas se ha caracterizado por su disciplina, iniciativa, curiosidad e inteligencia y no se han dejado derrotar por la discriminación por parte de los hombres.

Sin embargo, las científicas, al igual que en otras actividades, han sido discriminadas a lo largo y ancho de la geografía del planeta, ya sea en un país dictatorial o democrático, y hasta en aquellos que se tildan de socialistas.

Cuando el presidente del Nobel de la Paz, Thorbjoern Jagland, otorgó el premio en 2011 expresó: “No podemos lograr la democracia y una paz duradera en el mundo a menos que las mujeres obtengan las mismas oportunidades que los hombres para influir en el desarrollo de la sociedad en todos los niveles”.

En esa ocasión recibieron el galardón la presidenta de Liberia, Ellen Johnson-Sirleaf, la activista del mismo país, Leymah Gbowee, quien organizó una ‘huelga de sexo’ contra la contienda civil, así como Tawakkul Karman, política yemení, activista pro derechos humanos y una de las protagonistas de la ‘primavera árabe’, además líder del grupo de Mujeres Periodistas Sin Cadenas.

 

Solo un 5% de los Premios Nobel son mujeres
 Desde 1901, cuando se inició la entrega del Premio Nobel, hasta la fecha, solo cerca del 5% de las galardonadas son mujeres. Y no es porque sean menos capaces que los hombres, sino por la actitud machista de la sociedad y la discriminación de la cual han sido objeto. Repasando la historia de la ciencia no queda la menor duda de su inteligencia, apostolado y solidaridad.

Por las limitaciones de espacio no se pueden mencionar todas las mujeres que han brillado en la constelación de la ciencia, pero revisando el listados que se hace de las más destacadas, siempre aparecen: Hipatía de Alejandría, Sophia Germain, Amalie Emmy Noether, Augusta Ada Byron, Barbara McClintock, Lise Meitner, Jocelyn Bell, Rosalind Franklin, Jane Goodall, Rita Levin Montalcini,  Maria Goeppert Mayer y siempre aparece  Marie Curie, tal vez la más importante y su biografía la más conocida.

Todas lucharon contra un medio hostil; la mayoría tuvieron un reconocimiento tardío, algunas no fueron tenidas en cuenta en la otorgación del Premio Nobel, y en general, pusieron sus conocimientos y prestigio al servicio de la sociedad, en particular de los más desfavorecidos. Conozcamos de algunos de sus aportes.

Hipatía de Alejandría (370– 415 d.C), nació en Alejandría –Egipto-.  Fue la primera mujer que hizo importantes contribuciones al avance de las matemáticas, además aportó en filosofía, física y astronomía. Su impronta científica fue considerada en su época una herejía por parte de grupos cristianos, quienes la asesinaron brutalmente.

 

Hipatía, mujer bella e inteligente
En ella confluyó la belleza y la inteligencia. Entre sus aportes más conocidos se citan: El areómetro para pesar líquidos, un aparato para medir su nivel, y  un astrolabio que sirve para medir la altura de un astro sobre el horizonte. Se dice que mantuvo la tesis del heliocentrismo contra el geocentrismo. Además escribió un Tratado Sobre la Geometría de las Cónicas de Apolonio y redactó un comentario sobre la Aritmética de Diofanto en 13 libros.

El ambiente adverso hacia su formación académica fue contrarrestado por su padre Teón, un ilustre matemático y astrónomo que supervisó la educación de su hija. Fue admirada por haber sido una excelente profesora y defensora de los derechos de la mujer. También son reconocidas sus grandes cualidades humanas.

Otra importante científica fue Marie-Sophie Germain (1776-1831). Matemática francesa que se destacó por su aporte a la teoría de números y de la elasticidad. Con apenas trece años, en plena Revolución Francesa, y sintiendo que su familia gravitaba solo en la política y el dinero, buscó refugio en la lectura.

Estudió la Historia de las Matemáticas de Jean-Baptiste Montucla, quedando impresionada con la leyenda del fin de Arquímedes, asesinado por los soldados romanos cuando estaba absorto en un problema de geometría, olvidándose de la guerra.  Fue tal su conmoción por ese hecho, que decidió explorar esta área del conocimiento.

 

Estudiaba en la clandestinidad
Aunque sus padres no apoyaban este proyecto, ella estudió de forma didáctica el cálculo diferencial, consultando libros de la biblioteca de sus padres, quienes creían que se enfermaría por estudiar. Para que no pudiera hacerlo, dejaban la biblioteca sin luz y sin calefacción.

Pero como estaba convencida de lo que quería, de noche - mientras su familia dormía- se envolvía en mantas y estudiaba a la luz de una vela que había ocultado. Al encontrarla un día dormida sobre su escritorio, encima de una hoja llena de cálculos, optaron por darle la libertad de estudiar, aunque no comprendieran el amor de su hija por las matemáticas.

Después de leer la obra: Disquisitiones Arithmeticas de Gauss, publicada en 1801, se dedicó al estudio de la teoría de los números. Luego escribió varias cartas a Gauss, y temiendo hacer el ridículo que en aquella época suponía ser una mejer erudita, la correspondencia la firmó con el seudónimo de Le Blanc. Gauss solo contestaba cuando Sophie le enviaba escritos relacionados con sus teoremas.

En 1806, cuando Napoleón conquistó Prusia, temió por la vida de Gauss, al recordar lo que le había ocurrido a Arquímedes y por mediación de un militar amigo de la familia, se interesó por él olvidando utilizar su seudónimo. El General Pernetti, su mediador, le comunicó que había hablado con Gauus, quien le afirmaba que no conocía a Sophie Germain. Ella le envió otra carta revelándole su verdadero nombre.

 

Gauss, admirador de Sophie
La sorpresa de Gauss, al conocer la verdadera identidad de Le Blanc, lo llevó a decir: “Una mujer, a causa de su sexo y nuestros prejuicios, encuentra infinitamente más obstáculos que un hombre para familiarizarse con los problemas de las matemáticas. Sus investigaciones indican que posee una valentía notable, talento extraordinario y un genio superior”.

La Academia de las Ciencias de Francia, bajo la directriz de Pierre Laplace, organizó en 1809  un concurso al mejor ensayo que tuviera la teoría y las ecuaciones matemáticas de las superficies elásticas y la comparación con las obtenidas experimentalmente. Él pretendía que su protegido, Siméon Denis Poisson, participase y se llevará el concurso, pero este no participó. Sophie fue la única concursante. El 21 de septiembre presentó su memoria, pero su trabajo fue considerado incompleto e incorrecto.

Ella no se desmoronó y en 1813 presentó otra memoria para la competición, obteniendo una mención de honor. Su interés por esta investigación la llevó a postuló otro estudio en 1815 y, por fin en 1816, la Academia de las Ciencias le concedió una medalla de oro de primera clase por el análisis sobre las vibraciones de las superficies elásticas.

A la entrega del premio asistió mucha gente para conocer a la famosa mujer, pero ella no asistió a la ceremonia. Poisson fue el único miembro del jurado que le fue desfavorable y continuaba ignorándola públicamente. Este hombre de ciencia no tuvo escrúpulo al aprovecharse de los trabajos precedentes de Sophie, en una memoria que presentó en 1814, en una revista de la que era editor.  

 

Lise Meitner, otra víctima

Otro caso de atropello científico a las mujeres lo encarna, Lise Meitner (1878-1968). Fue una física con un amplio conocimiento en los campos de la radioactividad y la física nuclear e hizo parte del equipo que descubrió la fisión nuclear, aunque solo su colega Otto Hahn obtuvo su reconocimiento con el Premio Nobel de Química 1944. El meitnerio –elemento químico de número atómico 109- fue escogido en su honor.

Estas mujeres científicas son una pequeña muestra de su gran capacidad intelectual, además del esfuerzo que siempre han hecho para superar los obstáculos que han encontrado, hasta por los mismos hombres de ciencia.

 

 

Por Diego Arias Serna
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