La Salida / Mayo 13 de 2017 / Comentarios

Mujeres en eje: Sandra Castañeda

Mujeres en eje: Sandra Castañeda

Su primer trabajo fue como asistente de la Extensión Cultural de Bienestar Universitario en la universidad de Caldas, donde debía pegar los afiches del cine club y poner los rollos de 16 mm en cada proyección. Era la década del ochenta y su jefe era el periodista asesinado Orlando Sierra, de quien ella recuerda hoy sus particulares gestos y su excelente sentido del humor.


Desde pequeña Sandra quería ser abogada, por eso cuando se graduó de las Bethlemitas en Armenia tenía claro la carrera que elegiría. Su padre trató de persuadirla comentando que esa era una profesión de hombres y su madre, al ver que su única hija no desistiría de su vocación, asumió pagársela.

Tenía 17 años cuando se fue a vivir a Manizales. Fue allá donde se enroló en la militancia por los derechos de las mujeres gracias a una profesora que la invitó a su organización tras identificar en Sandra sensibilidad y conciencia, luego de un ejercicio que les puso y en donde indagaba qué pensaban sus estudiantes sobre los derechos de las mujeres. Cielo Velásquez hizo una gran labor, pues hoy, más de veinte años después, Sandra es uno de los referente más importante sobre el tema en el Quindío ya que es la fundadora del Observatorio Mujer, Cultura y Derechos que funciona en Armenia desde el año 2012 y que trabaja en conjunto con la Campaña Convención Interamericana Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos liderada por otra quindiana: Clara Elena Cardona. 

Sandra también es un referente internacional ya que es la coordinadora de la Red de Salud de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe. La red feminista más antigua de América Latina que cuenta con 580 organizaciones afiliadas y en donde empezó a trabajar hace 15 años como asistente en Santiago de Chile. Pronto sus jefes notaron que estaba sobre calificada para el cargo que desempeñaba y fue ascendida pues en Colombia había trabajado durante una década en el área de género de Viva la Ciudadanía. Tras doce años en el país austral empezó a preguntarse por los niveles de violencia de género en el Quindío y sobre la necesidad de aportar para que este no fuera un lugar tan hostil para las mujeres. “Un día vine de visita y me encontré con Florence Thomas en el Encuentro de Escritores Luis Vidales. Y le comenté mi idea de venirme y me dijo: Si usted logra hacer algo acá, algo que movilice aunque sea un poquito esta sociedad; me le quito el sombrero públicamente”.

Castañeda, que tiene las cejas tupidas y un porte elegante, sabe que con las feministas pasa lo mismo que con las arañas: cumplen una función importante dentro de la cadena ecológica, hacen redes y están todo el día ocupadas; aunque hay miles de especies de arañas sobre la faz de la tierra, de todas esas solo el 2% son peludas y venenosas, y por eso, casi todo el mundo odia a las arañas: lo mismo pasa con las feministas. Sabe que denominarse feminista en un país como el nuestro, es cargar con un estigma. Aunque cualquiera que converse con ella notará que aunque tiene carácter firme, su  tono de voz dulce le impide ser venosa. Las feministas venenosas están en el derecho legítimo de serlo, pero Sandra pertenece al otro 98% que no odia a los hombres y sabe que las mujeres podemos llegar a ser tan malas y hasta peores.

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No obstante, cuando hablamos de violencia de género en un país de por sí machista y violento como el nuestro, y en un departamento como el Quindío, octavo a nivel nacional según los índices emitidos por Medicina Legal en el 2016, y cuyo último reporte arroja la cifra 550 de denuncias de maltrato y violaciones en lo que va corrido del año —sin contar los casos no denunciados— hablamos de violencia física y sexual perpetrada contra menores de edad y contra mujeres. Estos delitos se han ido generalizando en el Quindío y según los índices hay una tendencia al incremento. Lo cual nos habla de los patrones culturales que tenemos: de cómo pensamos el cuerpo del otro. Sandra comenta mientras conversamos en la sede del Observatorio en Armenia que: “Ninguna violencia es neutral: se da básicamente porque creo que tengo una razón para violentarte y porque puedo. Y las dos cosas son políticas y tienen que ver con la subordinación, exclusión y la discriminación”.

Ante el oscuro panorama que arrojan los datos, Sandra le echa agua al café porque le gusta en término medio y explica con mirada penetrante tras los lentes de marco blanco que para ella el feminismo es una oportunidad de ver el mundo desde otra óptica y empatizar con los cuerpos oprimidos y subordinados. Por eso en la causa feminista caben también otras causas: la de las diversidades sexuales, la de las minorías étnicas, de la niñez y de la juventud, pues la lucha es por la no discriminación, por ser capaz de ponerse en el lugar del otro y pensar un mundo incluyente.

“La cotidianidad de las mujeres es muy compleja y ahí se dan un montón de formas y de tipos de violencia: psicológica, económica. La ley 1257 es una ley muy completa, el problema de nosotros no es en el ordenamiento jurídico; el problema está en la aplicabilidad de la norma porque se aplica con una tendencia machista. Por eso hay que tener las gafitas moradas para entender que todas esas cosas hacen parte de la violencia de género, y por lo general  quedan sin un asidero legal”. Esta quindiana, que no tuvo hijos por opción y cuyos principales referentes son Simone de Beauvoir, Nancy Fraser, Marcela Lagarde y María Eugenia Yagüe, considera que la mala fama que tiene el feminismo tiene que con que es una opción política de empoderamiento de las mujeres y eso no beneficia al capitalismo ni al patriarcado, pues perderían los beneficios de tener mano de obra gratis, ya que ¿Cuánto se paga a las mujeres por todo el trabajo de atención y cuidado que desempeñan?

A veces, Sandra dice mentiras piadosas. Como cuando citó a sus compañeras del Observatorio para celebrar “su cumpleaños”. En realidad el vino y torta de chocolate fueron detalles para homenajear a Judith Cartagena que presentó su libro de poemas en la Filbo. Esta práctica de mutuo reconocimiento es importante para las feministas ya que implica dejar de competir entre pares y desactiva un patrón cultural arraigado que generalmente nos juega en contra. 


Juliana Gómez Nieto
Especial para LA CRÓNICA

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