Sabado, 16 Dic,2017

La Salida / OCT 01 2016 / Hace 1 Año

Natalia Ginzburg, a través de sus ensayos logró un escape

Creía en Dios de forma intermitente. Ella decía que de manera caótica, atormentada y discontinua. Podía tener información sobre las intermitencias de Dios porque provenía de familias judía y católica, pero con padres ambos ateos, y fue esposa de un hombre perseguido por su origen y sus ideas, que fue torturado en una cárcel por los nazis de Italia; porque pasó hambre durante la guerra y la hizo pasar a sus hijos y vio a poetas talentosos vivir de vender pastillas de jabón y mermelada o de comerse el jabón y la mermelada y de prostituirse. 

Natalia Ginzburg, a través de sus ensayos logró un escape

Natalia Ginzburg, escritora, dramaturga y ensayista italiana.

Creía que el sexo era mudo, porque solo tiene significado para dos personas cuando están frente a frente y que por eso ni la iglesia ni los católicos podían pronunciarse sobre las elecciones y trampas en las que cae un individuo libre. 

Creía que el amor era lo que hacía dramático el sexo. Que el sentido de la lealtad era no hacer daño al otro, ni denigrar el alma. Creía en el alma aun cuando la había perdido varias veces. Una de ella cuando tuvo que partir a Roma convertida en viuda, con dos hijos para alimentar y sin saber hacer nada en esta vida. Consiguió trabajo como editora por los buenos oficios de César Pavese, su amigo atormentado.

Pensaba que nunca lo conseguiría, ganarse el pan con sus ideas, porque suponía que no tenía ideas ni destrezas, sublimaba la pereza y creía que todos los demás invertían mejor su tiempo que ella misma. Al cabo de su vida, la pereza le había dejado tiempo para escribir diecisiete libros entre novelas cortas, teatro y ensayos. 

Sus ensayos funcionan como una autobiografía de momentos. En esos momentos se ve en la mejor temporada de su vida, viviendo en un pueblo de Italia donde los fascistas han confinado a su marido Leone Ginzburg. La mejor temporada de su vida transcurría allí en un pueblo llamado Pizzoli sin que ella se diera cuenta. Lo que hacía particularmente excepcional esta parte de su vida eran las cosas cotidianas. 

No había grandes hazañas. Solo había que alimentar a los niños y salir a caminar por los bosques y leer un poco y abrazar a su marido. Era un oasis en medio de una guerra mundial. Estamos tentados a creer que la felicidad está en las grandes aventuras de la vida. Para ella las tareas cotidianas de una casa llevadas a cabo día tras día podrían provocar cualquiera a las ideas fundamentales del ser humano.

 A los doce años ya intuía que escribir era una de las pocas cosas que sabría hacer en esa vida suya que duró casi setenta. Lo sabía cuando le leía sus primeros poemas a Lucio, su primer amor, o cuando el profesor la pasaba a leer sus textos a las compañeras de clases y solo en esto resultaba ser mejor que las dos primeras odiosas gimnastas del curso.

Para ese entonces ya había descubierto la tristeza, y la tristeza era ese sentimiento de ser excluida y discriminada, y blanco de burlas de otras compañeras, pero descubrió también que la escritura era la única forma de librarse de ese sentimiento o de utilizarlo para algo nuevo y que exponerla era exponerse. 

Sus recuerdos, como los de todos, se detienen a menudo en lo momentos más dramáticos y esenciales. Examina circunstancias, modos de actuar. 

Las expande. La memoria son unas manos que parten el pan, que reparten el vino, que abren el periódico. Unas manos que ya no la abrazan, porque acabó la juventud y porque están muertas esas manos. Sus memorias son momentos en la sala azul de la editorial Einaudi oyendo a su jefe decirle a Pavese y a Calvino y a ella que eran unos lanudos, y ella pensaba de qué animales lanudos se trataría, si ovejas o lobos o burros con lana.

Sus memorias son la muerte de Pavese que hizo sentir a los amigos más cercanos como una manada de ratones ciegos. Creía que de las cosas que todo el mundo sabe también es necesario hablar. 

Creía que a los niños había que permitirles la posibilidad de creer en Dios, porque tal vez dios pudiera tener miedo de nosotros y huir, tal vez porque fuera un ser aburrido, tal vez porque usase gafas negras. Creía que un bebé era un pedazo de mujer que una mujer mataba, y por eso la ley no tenía derecho al castigo, porque a nadie compete ese derecho, salvo a la madre.

En su memoria estaba Elsa Morante y Giulio Einaudi y Sandro Penna, Wilder, Pasolini y Fellini y Cien años de soledad, que consideraba el último espécimen vivo de una quimera en vías de extinción, la novela sobre pueblos y sobre las familias.

Imaginaba un futuro compuesto solo de colectividades y ciudades donde no existieran más las familias ni los pueblos pequeños, y acaso un mundo también sin novelas. En su memoria estaba la última vez que vio a Italo Calvino en la habitación de un hospital de Siena y hablaba de tortugas, y de arañas y detectives. Y son unas memorias que hablan del patriarcado y de la muerte y del uso de las palabras.

Se llamaba Natalia Levi. Su seudónimo fue alguna vez Alexandra Tornimparte. Firmó sus libros como Natalia Ginzburg. Nació hace cien años, en Palermo, Italia.

 

Por Daniel Ferreira


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