Viernes, 18 Ene,2019

En profundidad / DIC 30 2018 / Hace 19 Dias

Navidad y remembranzas de la infancia

El pesebre es sin duda una de las tradiciones más importantes para la llegada del Niño Dios y los reyes magos.

Navidad y remembranzas de la infancia

Un recuerdo imborrable de la Navidad de principios de los años sesenta, en esta tierra del Quindío, está asociado a los regalos del Niño Dios, infaltable figura religiosa judeo cristiana, que todos los infantes de aquella época apropiábamos en nuestro cotidiano de la vida sencilla y provincial de entonces. Aunque no puedo negar que también ello estaba signado por la condición económica de los padres, lo que evidenciaba cierta escisión social, muy marcada con las tremendas injusticias de recibir o no lo que cada niño había pedido con “devoción”. La petición había quedado registrada en una hoja de cuaderno doblada, donde se escribía a lápiz lo que uno le solicitaba, que generalmente era ropa y juguetes.

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De aquello que evidenciaba la enorme diferencia entre niños pobres y niños ricos tengo un recuerdo aún más doloroso: el 25 de diciembre de 1960, en el andén de la casa de mis padres en Filandia, jugaba muy temprano con el ansiado carrito de bomberos y su escalerita de rescate movible, cuando otro niño que pasaba me lo arrebató, de lo que solo quedó el llanto y las palabras de consuelo de mi madre, que se ajustaban a lo que yo apenas había comenzado a entender y que años después lo confirmaba el estribillo de una canción sonada: “Mamá, dónde están los juguetes, mamá, el niño no los trajo”. Y que además respondía con resignación: “Será, que tú hiciste algo malo, el niñito lo supo y por eso no los trajo”. Tremenda manera de justificar que el niño pobre debía recibir la ausencia por su pecado “el portarse mal”. No eran solo los regalos del nada entendido Niño que le traía obsequios a unos y a otros no, lo que alegraba o desalegraba la Navidad. En realidad, todo el entusiasmo de aquella temporada de religiosidad popular había comenzado el 14 o 15 de diciembre, cuando los jóvenes nos aprestábamos a fabricar el pesebre y se henchía de emoción el 16, cuando rezábamos la primera novena.

La tradición antioqueña nos había traído la armada del pesebre, para lo cual todos íbamos a los parajes boscosos, no muy lejos de nuestras casas de bahareque, y también a los amplios patios —o solares—, con el único objetivo de recolectar el musgo fresco, ramas de arbustos y otras especies vegetales, que finalmente se utilizaban en adorno del gran escenario de la vida de Judea, donde veíamos muchas desproporciones en su coreografía: el buey y el burrito de la cueva donde nació Jesús, más grandes que los árboles y las casitas que adornaban el pesebre. Animalitos de plástico comercial, recién comprados en las cacharrerías del pueblo, para adornar el ambiente rural o semi urbano, en una de las 15 habitaciones de aquella casona, que habitábamos en la esquina del parque de Filandia. Mi madre había destinado año tras año la inmensa representación en una alcoba completa, porque así lo ameritaba la fecha grandiosa que se celebraba. En sus extremos y en toda la extensión de dicha habitación se habían colocado previamente los andamios, que luego eran forrados con los grandes encerados, que los almacenes vendían en enormes pliegos.

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El esperado 16 de diciembre se caracterizaba por la algarabía del inicio de los rezos y todos nos aprestábamos a realizarlo en familia. Aunque también quedaba probado que las familias más pobres que tenían al interior de sus humildes viviendas los pesebres más pequeños, escogían celebrar las novenas en las casas de los más pudientes, donde además el espectáculo de la nieve en el pesebre, ambientada por el material artificial que la simulaba, o los espejos que figuraban los lagos de los cisnes y patos de plástico, daban un tinte coreográfico más sugestivo, difícil de resistir en la curiosidad infantil. Pero había algo que emocionaba más: las golosinas y la natillada con buñuelos, hojuelas y los dulces de las abuelas, que todos habíamos colaborado de alguna manera en su preparación. Mientras cantábamos los villancicos y los acompañábamos con panderetas rústicas fabricadas con tapas de gaseosa aplastadas, ansiábamos probar esos manjares.

Durante esos días, y pensando además en los aguinaldos, recitábamos los rituales de saludo que también nos había heredado la colonización de los antioqueños. Se trataba de los juegos verbales, en los que adultos eran especialmente quienes se divertían. Se solicitaba el aguinaldo jugándolo al recíproco entretenimiento de “hablar y no contestar”, apostarle “al sí y al no”, al “dar y no recibir”, a “chuzar y no gritar” o a “la pajita en boca”. Así se pagaba el aguinaldo, palabrita esta que ya comenzaba a hacer parte de una cadena comercial del consumo de aquella época y que crecía con efervescencia en la medida en que llegaba el 24 de diciembre.

La noche del Niño Dios, la más ansiada con pólvora, globos y con mucha comida para la medianoche, llegaba con emoción. Se matizaba con los preparativos de los adultos, que también esperaban la fiesta y la cena. Todo estaba dispuesto para acostarse temprano, ojalá a las 9:00 de la noche. Antes de dormir revisábamos que las cartas al Niño Dios estuvieran en su lugar, dentro de la cuevita que figuraba al establo, donde estaban las imágenes de plástico de la Virgen y San José.

Solo una de esas noches de Navidad de mi niñez, antes de enterarme de la verdad, cuando vi a mi hermana mayor colocar al lado de la almohada mi regalo envuelto en papel colorido, infringí la regla de estar dormido a las 12:00 de la noche. Mi madre, con inteligente estratagema, me hizo creer que era la ayudante del niño regalado, porque “en ese momento, él estaba muy ocupado entregándole los presentes a otros hogares”. No tenía más opción que creer esa mentirilla piadosa.

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Del 25 de diciembre al 6 de enero, el pesebre mantenía la alegría festiva, pero también la expectativa de otros niños que no habían recibido su obsequio. Eso se personificaba en tres figuras de plástico del pesebre, Melchor, Baltasar y Gaspar, uno de ellos arrodillado, eran corridos todas las noches para que en la teatralización del pesebre, llegarán el 6 de enero a la cuevita donde ya aparecía la imagen del Niño Dios, también más grande que los demás. No obstante, el 7 de enero, cuando se desmontaba con cuidado el pesebre para guardarlo en cajas de cartón que iban a la pieza del reblujo, nunca escuché que aquellos niños pobres que no habían sido favorecidos con los regalos, los hubiesen recibido de los tres reyes magos.
 

Roberto Restrepo Ramírez
LA CRÓNICA


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