Viernes, 24 May,2019
La Política / SEP 18 2016 / hace 2 años

Ni por Santos ni por Uribe: por la paz

Si usted –amigo– levanta una pierna, se para en un solo pie y cierra los ojos, en menos de diez segundo perderá el equilibrio. Si cierra los ojos y  escucha los argumentos  de Uribe y de Santos,  la paz perderá el equilibrio.

Ni por Santos ni por Uribe:  por la paz

Juan Manuel Santos Calderón, presidente de Colombia.

Si se trata de la paz no escuche a ninguno de los dos, tampoco a Gaviria,  a Roy, Benedetti, o Fernando Londoño. Escuche solo la voz de su conciencia.

Párese firme en los dos pies, abra bien los ojos,  mire adelante, piense en la vida, en el futuro, en sus hijos,  en sus nietos, en Colombia, en el Quindío, en usted, y votará con seguridad  por la paz. La paz como la vida no admiten discusión.  

Que no sean –entonces– Uribe, Santos, Gaviria, ni sus demás partidarios quienes decidan si el país debe seguir en paz o en conflicto; que no sean los políticos –responsables en buena parte de la guerra por sus decisiones equivocadas y por sus intereses partidistas– quienes expresen la última palabra.

Que sea la sociedad colombiana: las víctimas, las mujeres, las madres, los hombres, los huérfanos, los indígenas, los afro descendientes, los campesinos, toda la diversidad étnica y poblacional; que decidan quienes han sufrido y pagado con  vidas, duelos y destierros,  el costo de la guerra, no quienes se han valido del conflicto para mantenerse en el poder.

Hay una buena enseñanza de dos hombres de ciencia que vale recordar: en los pródromos de la Segunda Guerra Mundial, Einstein, en carta dirigida a Freud preguntándole si había”… una manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra…”,  hablaba de las enormes fuerzas sicológicas que paralizan los esfuerzos de paz. “Me refiero –decía el físico– al pequeño pero decidido grupo de aquellos que, activos en todos los Estados  e indiferentes a las consideraciones y limitaciones sociales ven en la guerra, la fabricación y el comercio de armas una oportunidad de obtener ventajas personales, o sea, de ampliar su esfera de poder personal”. El padre del psicoanálisis le respondió: “L´union fait la forcé. La violencia es vencida por la unión; el poder de los unidos representa ahora el derecho que se opone a la violencia del individuo aislado…”.

Esas enormes  fuerzas sicológicas –en distintas presentaciones– también se  manifiestan en Colombia,  y su  objetivo  no ha cambiado,  no es la paz, es el poder.   

 

¿Por qué no ha habido paz en Colombia?   
No es que seamos malos, violentos  ni corruptos por naturaleza, como lo dio a entender un condenado contratista para justificar sus fechorías. El problema no es de  género, de  color,  de genes, ni surgió en un punto determinado  de la geografía, ni en un momento preciso  de nuestra historia.

Pudo haber aflorado el  20 de julio de 1810,  el día que mataron a Gaitán, o cualquier otro día de los últimos 524 años,  que van desde el descubrimiento de América. Lo que sí es irrebatible es que nunca hemos dejado de ser una sociedad  profusa  en desajustes, debilidades y carencias, por los que nadie responde y muy pocos hacen algo. 

Empezando porque como colombianos, no hemos sido capaces de unirnos  para  construir un proyecto de nación alrededor del bien común, de intereses comunes. Demasiados factores nos dispersan y enfrentan. Y en esos vacíos de poder, de identidad, de historia, de valores, se han enquistado instituciones, subculturas, organizaciones, micro poderes de individuos y personajes endiosados y nefastos, que han aprovechado la des-institucionalidad, las carencias, la desigualdad, la ignorancia, la pobreza, las ausencias de todo, para llevar al país a la confrontación; confrontación por la vida y por la muerte, por el pan  y por  el circo,  por el futuro y el pasado, por la guerra y por la paz, por el rojo y el azul, por la izquierda, el centro  y la derecha. Por todo, mejor dicho: por   lo que tenemos y no tenemos, por lo que somos y no somos, y hasta por lo que queremos ser.

Paradójicamente la lucha por la paz  y la igualdad  nos ha hecho menos iguales, menos justos, menos pacíficos. García Márquez lo grabó en una de sus tantas sentencias lapidarias: “Somos conscientes de nuestros males, pero nos hemos desgastado luchando contra los síntomas mientras las causas se eternizan”. Pasa en el mundo, pasa en Colombia, pasa en el Quindío. “Las enormes fuerzas sicológicas…”.  

 

La paz como proyecto 
Hay que distinguir entre la paz como un proyecto político de la humanidad, del Estado y de la sociedad, y la paz como un proyecto partidista.

El primero se afianza en el principio del respeto y de la inviolabilidad de la vida, al que tenemos derecho los humanos por el hecho simple de estar vivos. Solo que vivir no es escuetamente respirar y comer. Este derecho consagrado por todas las naciones civilizadas, incluida Colombia, más allá del acto biológico de existir implica la posibilidad de disfrutar   –como lo merece el hombre por el solo hecho de ser hombre– los goces de una vida digna socialmente, económicamente, psíquicamente, ambientalmente.

Y esta garantía le corresponde al Estado mantenerla. Por supuesto que este propósito implica también al hombre mismo y a todas las instituciones y organizaciones humanas fundadas en el derecho. En suma, la paz como proyecto político de la humanidad, del Estado colombiano y de la sociedad, consiste en garantizar las condiciones  necesarias para que el hombre disfrute de sus derechos fundamentales, empezando por la vida y por la paz. Por desterrar las causas de la guerra.   


Suena duro pero hay que decirlo: conociendo la historia del país y el escaso nivel de compromiso y de conciencia –con pocas excepciones– de nuestros dirigentes, la Paz como proyecto político no iría más allá de los “derechazos” de Uribe en el combate por la reconquista del poder, del Nobel para Santos y de sendas  embajadas para Roy y Benedetti. De verdad, no trascendería el plano de las aspiraciones personales y partidistas.
El plebiscito es solo el punto de partida de un compromiso grande del Estado y de la sociedad colombiana en los últimos cincuenta años.

Frente a los muchos fracasos para lograr la paz fue importante llegar. ¡Démosle al país la oportunidad de conocerle la cara a la paz! ¿Cómo será?    

El circunloquio del  SI y el NO
No se trata entonces  de continuar en el eterno  circunloquio de si la paz nos conviene de tal cual o manera. Equivaldría igualmente al absurdo de preguntarnos si la vida nos conviene de tal o cual manera. La respuesta no admite discusiones: desde la ciencia, la  ética, desde la filosofía, desde la política, la medicina, desde el saber que sea, la cultura, desde la religión que sea, desde lo más profundo del espíritu, la respuesta es lapidaria: la vida y la paz por encima de todo. 

La paz está por construir. Manos a la obra. Siendo como somos –de sensibles, pendencieros y bipolares– atizar la polarización podría ser el comienzo de un conflicto bastante original: la guerra por el sí y por el  no. Tan original y violento como la guerra por el rojo y el azul –entre liberales y conservadores–.

Para nada riñe este supuesto con la febril mentalidad macondiana. Lo  señaló el Nobel: “En cada uno de nosotros cohabitan, de la manera más arbitraria, la justicia y la impunidad; somos fanáticos del legalismo, pero llevamos bien despierto en el alma un leguleyo de mano maestra para burlar las leyes sin violarlas, o para violarlas sin castigo…(…)… Somos capaces de los actos más nobles y de los más abyectos, de poemas sublimes y asesinatos dementes, de funerales jubilosos y parrandas mortales. No porque unos seamos buenos y otros malos, sino porque todos participamos de ambos extremos...”.

La historia reciente también nos ha enseñado, conforme lo entendía Einstein, que el objetivo de  las enormes fuerzas sicológicas que obstruyen  los esfuerzos de paz,  es el poder…el poder del Estado. No  para resolver los problemas del pueblo ni para construir una sociedad pacífica e igualitaria, o un Estado justo y eficiente, sino para continuar atizando el conflicto. No más discusiones, amigo lector: párese bien, abra los ojos, olvide los políticos (están en campaña), mire al horizonte, y vote por la paz. 


Por Eddie Polanía Rodríguez

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