Sabado, 15 Jun,2019
En profundidad / DIC 30 2018 / hace 5 meses

Nukak Makú, un pueblo nómada que hoy agoniza por nuestro desconocimiento

El grupo de ese asentamiento llamado Caño Azul nos vio partir pensando en la próxima visita ansiada y cargada de regalos y de víveres del paternalismo impuesto por nuestra sociedad. 

Nukak Makú, un pueblo nómada que hoy agoniza por nuestro desconocimiento

En 1994, seis años después de la fecha más fatídica para un pueblo indígena de la amazonía colombiana, conocí una banda de Nukak Makú en las selvas del norte del Vaupés. Fue un día inolvidable, más una noche que me representó una combinación de tristeza, melancolía y asombro cultural.

Hace 30 años, a principios de 1988, Colombia se estremeció con una noticia que tuvo visos de sensacionalismo y exótica recordación. Se trataba de un grupo indígena que, desnudos y sin rumbo, entraban a la zona urbana de San José del Guaviare. Tras meses de persecución y desplazamiento, estos nómadas colombianos habían abandonado su territorio ancestral debido al acoso sufrido por colonos y guerrilleros que incursionaban en su territorio, invadiendo así el único patrimonio de supervivencia con el que contaron desde hace 7.000 años: la selva amazónica.

Muchos antipatriotas de entonces —y de hoy día— pensaron que se les hacía un gran favor a estos pueblos de incorporarlos a la dinámica sedentaria de nuestras vidas como sociedad dominante o a la de sus pueblos vecinos, también indígenas. La diferencia con los Nukak Makú estriba en la condición migrante de estos como cazadores y recolectores, frente a la vida agrícola y que es de permanencia fija en sus poblados, donde la construcción más importante de su vida comunitaria se llama la maloca.

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Nunca se entendió a los Nukak Makú como uno de los últimos pueblos nómadas de América. Esas circunstancias, que los mantuvieron al margen de otros indígenas del territorio, fue su principal sustento y la causa directa de la supervivencia de un grupo al que tardíamente se le ha reconocido que tenía el mejor y más profundo crecimiento de los secretos de la selva amazónica. 

Como lo asevera el documental más serio que se ha realizado sobre su transcurrir cotidiano, “la selva es todo para ellos, sin la selva no podrían vivir”. En esa película, realizada en 1990, titulada “Nukak Makú, los últimos nómadas verdes”, ha quedado evidente que todos somos culpables de la extinción segura de aquellos pueblos, incluyéndose también como causantes de la debacle al Estado colombiano por su ausencia, a la academia, a muchos profesionales, que nunca ponderamos el impacto de aquellos contactos que llevaron a su aculturación violenta, y a las sectas de proselitismo religioso —misionales católicas o de carácter protestante— que todavía insisten en llevar la palabra divina con la traducción de La Biblia en lenguas vernáculas”.

De manera irónica, en agosto de 1994 conocí un pueblo aculturado nukak que vivía en un recóndito lugar de los límites entre Vaupés y Guainía, llamado Caño Azul. Irónico, porque fui invitado por una monja que había tenido contacto con ellos unos meses antes. Confieso que desde el año 1983, cuando llegué por primera vez al Vaupés en mi condición de servidor público, siempre había querido conocer una banda nómada Nukak Makú. 

Mi agenda de salidas se remitía solo a las visitas que realizaba a cientos de comunidades de los cuatro puntos cardinales de aquel inmenso departamento selvático que es el Vaupés. Por supuesto, en mi oficina de Mitú, siempre teníamos la programación centrada en las comisiones a cualquiera de dichos centros poblados, pero en ellas no se tenía en cuenta a los Nukak Makú, debido a su condición nómada. Era tan desconocida y fugaz la información sobre ellos, que contrastaba con la muy relevante de los otros pueblos indígenas que viven en el Vaupés, región que está más destacada en el panorama continental por la pluriculturalidad y la diversidad lingüística. 

Siempre fue más fácil para las misiones religiosas llegar a la existencia de estos pueblos, sobre todo por los centros de servicio que dirigían a través de internados de la llamada Educación Contratada o por medio de los servicios médicos y de asistencialismo que desplegaban en sus jurisdicciones. La hermana Rosalba pertenecía a uno de esos centros en su escuela de un poblado de 300 habitantes llamado Trinidad, en las riberas del río Tiquié. Cuando ella me comentó que iría a visitarlos, inferí que sus condiciones de vida serían ya difíciles, en razón al cambio drástico de sus hábitos de permanencia en un solo lugar. También pensé que encontraría un pueblo nuevo, con todas las dificultades que representa adaptarse a la condición sedentaria. Acepté la invitación y nos dispusimos a viajar al día siguiente.

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Volamos temprano desde Mitú a Trinidad, y en esta pequeña aldea nos embarcamos, navegando todo el día y además cambiando de una a otra canoa luego de trasegar por la selva a través de caminos intrincados llamados “varadores”. A las 4:00 p. m. ya íbamos en una canoa pequeña, casi remando en un caño de aguas estrechas, evadiendo las ramas frondosas que se atravesaban en nuestro lento recorrido. A pesar de que ya me había trasladado, en años anteriores, a otras comunidades retiradas que ofrecían similares condiciones de transporte, también sabía que llegaría a lo más profundo de la manigua, por donde los Nukak Makú habían estado durante muchos siglos caminando y usufructuando esos parajes, pero solo por tres semanas máximo y sin establecerse en ellos de forma permanente.

A las 5:00 p. m., el caño de aguas tranquilas dejó ver a lo lejos unas riberas despejadas y a unos 200 metros un movimiento humano que se agolpaba en su orilla derecha. Lentamente arribamos al reducido puerto donde estaba el grupo de unas 30 personas, entre hombres, mujeres y niños, esperándonos ansiosamente. Me llamaron la atención sus trajes: camisones y faldas que presentaban un color uniforme, por el tono oscuro y de mugre que ya se concentraba en sus ropas. Todos bajaron a recoger la carga que venía en una segunda canoa y que era transportada por dos hombres de la etnia Tuynca, que habían partido con nosotros desde Trinidad. En total éramos cinco viajeros, incluyendo el motorista de nuestra embarcación.

El momento más patético del viaje quedó expresado en la frase que pronunció uno de los líderes del grupo residente, el único que hablaba español. Era el esposo de una de las mujeres nukak y quien servía de intermediario entre los propósitos de la misión en Trinidad del Tiquié y el grupo al que ya pertenecía por su unión familiar. Y es que hay que recordar que entre los pueblos sedentarios de la selva también se da una relación de discriminación hacia estas bandas nómadas, al punto de referirse a ellos con el término despreciativo de “macusitos”.

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“Hermanita, ¿por qué se demoró tanto en volver? No ve que estamos muriendo de hambre y tenemos la misma ropa que usted nos dejó”, fue el contundente saludo. El rostro de la religiosa languidecía ante la escena. Parecían ellos un conjunto de desvalidos individuos, que solo esperaban la atención humanitaria. En ese momento entendí que yo no podía añadir un regaño más para provocar la caída de ánimo de la monja. Le dije con tono sutil de reprimenda: “Sí ve hermanita, lo que logramos con nuestra injerencia en cosas que no debemos estar”. Luego, mientras ella callaba y meditaba en medio de su incertidumbre, y en tanto se descargaban los víveres y vestidos usados que ella había llevado para ellos y para nuestra pretendida permanencia en el campamento durante el lapso de tres días, le hice una propuesta tajante. Pernoctaríamos esa noche, pero al día siguiente regresaríamos muy temprano a Trinidad. Los elementos se entregaron al líder y al “capitán” del grupo, nombre que los indígenas daban al jefe natural, quien generalmente era el más anciano. 

Descansamos bajo un pequeño cobertizo cubierto de hojas de palma, que además siempre ha sido su casita temporal, porque ellos solo permanecen dos o tres semanas en un lugar, mientras se agotan los recursos de cacería de sus alrededores. Luego se desplazan —desnudos como siempre estuvieron— a otro lugar del ambiente selvático. Debajo de ese pequeñísimo refugio se cuelgan las hamacas, juntas todas, para darse calor.

En verdad no dormí esa noche. Mis sentimientos fueron de impotencia ante la situación grave que presenciábamos. Hasta la madrugada resonaban en mí las palabras de pesar manifestadas por la religiosa, quien horas antes me había comentado que ella les había propuesto “cambiar de vida”, sin medir las consecuencias que ella ya evidenciaba. Era consciente que esa noche, la más triste de mi vida, era la primera y última que yo pasaría en el seno de un grupo nómada que había protagonizado durante siglos un modo de existencia de armonía con la naturaleza, pero que nosotros nunca entendimos ni comprendimos.

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El viaje de regreso fue más lánguido. Sabía de antemano que este grupo de personas había transformado su futuro por nuestra culpa, justificado en un criterio etnocéntrico, que nos dirige a tomar determinaciones por la vida de otros, ante la creencia de una mejor convivencia, si se ajusta a los parámetros de nuestra cultura.

El grupo de ese asentamiento llamado Caño Azul nos vio partir pensando en la próxima visita ansiada y cargada de regalos y de víveres del paternalismo impuesto por nuestra sociedad. Allí habían derribado los árboles para crear su primera chagra de cultivo, algo que nunca había estado en su modo de vida nómada. Como tampoco había estado la maloca que ya estaban construyendo.

En Trinidad, antes de tomar la avioneta que me regresaría a Mitú, le hice otra sentida recomendación a la hermana Rosalba: “Ya tiene una nueva familia, nunca los abandone”. Ella calló de nuevo, como siempre estuvo en las embarcaciones que nos llevaron a nuestro regreso.

Nunca supe si la monja cumplió con su compromiso. Tal vez, agobiada y defraudada decidió retirarse de la orden religiosa, pues eso lo supe meses más tarde en Mitú.

Las noticias permanentes y actuales sobre los Nukak Makú son siempre dolorosas. Los que están concentrados en San José del Guaviare están sumidos en el abandono, la drogadicción y la prostitución. Hace algunos años mi colega Juan Vicente Guevara, quien arribó conmigo a Mitú a trabajar en el ámbito institucional en el año 1983, decidió instalarse en la capital del Guaviare para abogar por soluciones a la grave problemática. Tal vez su angustia e impotencia ante el drama humano de estos compatriotas lo entristeció tanto, que murió solitario en febrero de 2016. A la memoria de mi amigo Juan Vicente —Juancho como lo llamábamos familiarmente— dedico el artículo que escribí con dolor de Patria.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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