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En profundidad / JUN 03 2018 / Hace 5 Meses

Oficios ibéricos y de la colonia y su influjo en la vida del Quindío del siglo XIX

En la actualidad se mantienen algunas tradiciones como son la cestería y silletería, a las que se les rinde un homenaje en diferentes localidades, consideradas un patrimonio histórico y cultural, típico de los campesinos.

Oficios ibéricos y de la colonia y su influjo en la vida del Quindío del siglo XIX

Muchos de los trabajos que hoy brindan y permiten el desarrollo de la sociedad llegaron con el descubrimiento del territorio americano y desde entonces se han mantenido y evolucionado.

Muchos oficios de la quindianidad que aparecen con vigencia en el siglo XIX —y especialmente en la vida de los pueblos recién fundados en Quindío— tienen su origen en España. En la Nueva Granada, la vida colonial requería su desarrollo para la satisfacción de las necesidades cotidianas. Muchos quehaceres fueron tomando un cariz criollo y algunos se convirtieron en singulares por sus características endógenas.

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Eran más de cien oficios en el transcurrir de la colonia, que a su vez garantizaban, con sus productos, la calidad y la satisfacción de los usuarios. Generalmente estaban dirigidos por un maestro, mérito este que alcanzaban los más habilidosos y avezados y que estaban al frente de ellos, con marca de honradez y responsabilidad, lo que además les generaba fama y prestigio.

Los oficios, entre otros, correspondían a la navegación, agricultura, medicina, tejeduría, escultura o sastrería.
 

Llegada al territorio americano

Cuando se llega a territorio americano, el modelo oficiante llega con aquellos individuos, que muy pronto constituyen los desempeñados en la tierra nueva, agreste y ávida de descubrimiento. En su escrito ‘Artes y artesanos en la construcción nacional’ —revista Credencial Historia, edición 87, marzo de 1997—, Aída Martínez Carreño menciona un listado de oficios, realizados en cabeza de aquellos españoles que llegaron antes de 1519, en el cual, de un total de 2915 ibéricos, “se han podido clasificar 653 empleados civiles, 115 mercaderes, 235 empleados militares, 457 marinos, 221 artesanos, 91 profesionales, 107 eclesiásticos, 97 nobles, 321 criados de ambos sexos, 47 industriales, 291 encomenderos y 47 labradores y pastores”.

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Es natural que las más numerosas cifras estuviesen signadas por los marinos que cruzaron el viaje por altamar, los empleados de la milicia y los que dirigían las encomiendas o los que manejaban el mando religioso, pues estos dos últimos desarrollaron en sí la gesta de la conquista feroz en América.

Martínez Carreño también menciona algunos oficios secundarios, que fueron importantes para el éxito de las expediciones de conquista, y sin los cuales habrían sido imposibles dichas gestas: “…estaban compuestas por diferentes estamentos: soldados de a caballo y de a pie, organizados los últimos en arcabuceros, ballesteros, rodeleros, macheteros y azadoneros; resultaban indispensables otros oficios como cirujanos, herreros, carpinteros, calafateadores y curtidores, y ello, solo apara avanzar por el territorio. Otra cosa era para fundar un poblado: con la expedición de Alfonso Lugo de Lugo llegaron a Santafé en 1540 carpinteros, albañiles y hasta un experto fabricante de tejas y ladrillos”.

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A esta lista se podrían añadir otros oficios, también mencionados por Martínez Carreño, en este caso, relacionados con el barrio Santa Catalina de Cartagena, en 1778: “31 zapateros, 62 sastres, 38 carpinteros, 8 plateros, 5 pintores, 10 albañiles, 7 torneros, 4 talabarteros, 2 tintoreros, 6 tallistas, 4 peluqueros, 1 pailero, 4 armeros, 3 cocineros , 1 farolero, 2 herreros, 2 relojeros, 32 pulperos, 19 barberos, 3 ensayadores, 3 botoneros y 2 confiteros”.

De los mencionados, algunos se muestran curiosos para la realidad tecnificada de nuestra vida actual, pero eran vitales siglos atrás, para el desempeño en las regiones. Por ejemplo, el arcabucero, que fabricada arcabuces o armas de fuego. El calafateador, que tapaba las rendijas de las embarcaciones navales. El talabartero, que elaboraba –y todavía lo hace- objetos de cuero como sillas de montar, aperos y zamarros.

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Otros, como ya lo mencionamos en uno de los capítulos anteriores de esta serie sobre los oficios de la quindianidad, ya eran importantes en la vida doméstica de la recién fundada Nueva Salento. Son el pulpero, generalmente oficio de mujeres, porque era la persona que tenía a su cargo un expendio de comestibles y bebidas. Y otro oficio femenino, la bordadora, ocupación de todas las condiciones sociales para elaborar los ornamentos de las ceremonias religiosas, pero también prendas o túnicas.
 

Bordados

Con relación al bordado, vale la pena mencionar otra lista de oficios derivados, que Martínez Carreño menciona en su obra, pues se refiere a las actividades que debieron aprender muchos indígenas sometidos: “….hilanderos, camilleros, cañoneros, emprimadores, emborradores, tejedores, tintoreros, cardadores, botoneros, percheros, tundidores, etc”.

Mientras tanto, los artesanos —quienes ejecutaban “los trabajos manuales especializados que recibían la denominación de artes”—, conformaban otra larga lista de ocupaciones, como lo señala Martínez Carreño en un censo del barrio Las Nieves de Santafé en 1778: “Zapateros, sastres, mieleros, panaderos, amansadores, plateros, tabaqueros, canteros, pintores, sombrereros, carpinteros, albañiles, aserradores, talabarteros, fuelleros, tejedores, carrajeros, impresores, costureros -dos hombres, ocho mujeres-, fundidores, un empapelador, tintoreros, fresadores, curtidores, tipleros, alpargateros, manteros, hilanderos, fundera -una mujer-”.

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Es claro que, a finales del siglo XIX, gran parte de esta lista se ha trasladado a la vida doméstica de los pueblos quindianos recién fundados y que irían a protagonizar el devenir de sus incipientes industrias o la de sus singulares tradiciones, como ocurriría con la cestería o canastería de bejucos. Pero también se matizaba todo aquello con la vigencia del carguero y del sillero, los oficios por antonomasia del camino del Quindío.


Jorge Hernán Velásquez Restrepo y Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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