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La Salida / Abril 08 de 2017 / Comentarios

Parábola de la ausencia

Parábola de la ausencia

Como espectadores tenemos una predisposición inconsciente a denominar aquello que vemos, leemos y escuchamos. Existe un contrato de lectura que implícitamente crea un marco de referencia que nos permite relacionarnos con los productos culturales de una forma específica. Si vamos a ver al cine una película que tiene la etiqueta Documental, asumimos que lo que veremos es verídico.


Parábola del Retorno no recibe el rótulo de documental, aunque use recursos propios de ese género. Es una ficción que parte de una historia real. Hay quienes podrán catalogarla como falso documental, me inclinaré por la siguiente afirmación de Francisco Hervé “Ni las ficciones son falsas ni los documentales son verdaderos. Cada historia cinematográfica es una verdad construida con muchos pedacitos de mentiras”.

Tal vez somos conscientes de lo que implica el contrato de lectura cuando ciertas obras se salen de los límites convencionales de los géneros -aquellos que los definen- y ponen a tambalear nuestra interpretación. Nos preguntamos cómo denominar eso que está frente a nuestros ojos. Eso, precisamente, es lo que ocurre con la última película del realizador cuyabro Juan Soto, autor de Nieve, Oslo, La Gran Cicatriz y  Parábola del Retorno, con la que participó recientemente en el Festival Internacional de Cine de Cartagena Ficci en la categoría cine político, y que fue proyectada el pasado lunes en la universidad del Quindío en el marco del Proyecto cultural de la facultad de Ingeniería.

El evento contó con la presencia de la productora Sandra Tabares Duque y del realizador, quien al final de la proyección respondió las preguntas que el escritor Daniel Ferreira le hizo a propósito de la temática tratada; además hubo espacio para que el público participara con sus inquietudes y comentarios. Juan Soto, que actualmente vive en Londres, empezó diciendo que se sentía  emocionado pues era la primera vez que una película suya se proyectaba en Armenia, su ciudad natal y donde residió hasta los 13 años. Entre el público estaban su madre y su tía, quienes hacen parte de la historia en tanto el relato habla de un drama familiar y colectivo: la desaparición de los militantes de la UP y en este caso particular, de Wilson Mario Taborda Cardona, tío del realizador, quien trabajaba como chofer del candidato presidencial asesinado Bernardo Jaramillo Ossa.

Generalmente las películas y documentales que abordan la problemática de los desaparecidos eligen el recurso de la entrevista para contextualizar a los espectadores; a través de los testimonios de familiares y amigos se va construyendo el relato de quien fue esa persona. En Parábola del Retorno ocurre todo lo contrario: es precisamente el personaje desaparecido -esto solo lo sabremos al final- quien en primera persona nos cuenta su historia a través de subtítulos que acompañan imágenes grabadas por una cámara en mano subjetiva, que nos familiariza con la cotidianidad de un colombiano  que emigró a finales de los ochenta a Londres para proteger su vida.

La propuesta estética es a mi modo de ver, el gran acierto de esta película pues le otorga una identidad.

La cámara en movimiento no se detiene a cuidar el encuadre, la planimetría rompe constantemente con las reglas del montaje y esto no es caprichoso, tiene una finalidad narrativa: Wilson -quien no sabe de cine- está filmando con una cámara casera su retorno. En los primeros minutos, lo que escucha el espectador es el sonido ambiente: la marcha del tren, los pasos y  la respiración del transeúnte.  Vemos el  interior de un tren y el paisaje otoñal que desde allí se divisa. Los subtítulos sobrescritos en el centro de la pantalla  generan un efecto: que en su mente, los espectadores le pongan un tono de voz a esas palabras. Ese tono, puede ser el de cualquiera de los 70.000 desaparecidos que hay en nuestro país por razones políticas.

El personaje nos involucra en su cotidianidad y nos trasmite  la expectativa que tiene porque tras 30 años de exilio volverá  a Colombia -tras la firma del Gobierno con las Farc- a ver a su familia, quién no sabe nada de él y lo considera desaparecido. Los cuarenta minutos que dura la película, el narrador y protagonista nos cuenta sus intimidades, sus preferencias, sus anécdotas de juventud y de inmigrante; mientras lo hace, aparecen en pantalla imágenes de archivo –recurso propio del género documental- donde vemos cómo era su habitación, y a través de videos caseros de fiestas, quienes integran su familia. Con este recurso, el director logra que el espectador se sienta cercano al personaje, que lo conozca a un nivel íntimo y que se emocioné con su retorno. Pero también, que intuya, que quien nos habla es un espectro, y que la historia que estamos siguiendo es un ejercicio de la imaginación que el director hizo más que para denunciar una situación, resignificar una ausencia a través de la ficción: construir otro desenlace posible para una historia que quedó suspendida en el tiempo.

Juliana Gómez Nieto
Especial para LA CRÓNICA

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