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En profundidad / JUL 30 2017 / Hace 1 Año

¿Política posverdad o perversa?

Los políticos tergiversan la realidad. Posdemocracia podría significar lo que la sociedad tendría después de décadas de democracia, que no han resuelto los problemas de la sociedad, si se usa la inteligencia y no las pasiones.

¿Política posverdad o perversa?

Gestos, mirada, movimiento de brazos, sonrisas falsas, mensajes vacíos pero con mentiras es lo que convence a la gente.


Un nuevo término fue adoptado primero por el Diccionario Oxford, el año pasado, y recientemente por la Real Academia Española -RAE-. Posverdad, traducción de post-truth, ha hecho ‘metástasis’ en los medios de difusión, y aunque tiene su génesis desde los 90 del siglo pasado, en algunos artículos informativos se le asocia su uso al ‘intelectual’ presidente de EE.UU Donald Trump. 

La palabra hará parte del Diccionario de la Lengua Española –DLE- a finales de 2017, y Darío Villanueva, director de la RAE, en la conferencia titulada: “Verdad, ficción, posverdad. Política y literatura”, presentada en junio en la clausura del Máster Universitario en Derecho Constitucional de la Universidad Menéndez Pelayo, la definió como: “Las informaciones o aseveraciones que no se basan en hechos objetivos, sino que apelan a las emociones, creencias o deseos del público”, pero aclaró que todavía no se ha fijado la definición que figurará en el DEL. 

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En declaraciones para el periódico El país de España, Villanueva expresó que posverdad se usará como sustantivo y que, por lo tanto, habrá de decirse “la era de la posverdad”, y no “la era posverdad”. Agregó que en inglés funciona como adjetivo: “The era of post-truth politics”, por ejemplo: “la era de las políticas posverdad”, y en español, a diferencia de lo que sucede en inglés, no llevará un guion entre el prefijo y la raíz: “posverdad” y no pos-verdad”.

Aunque el término adquirió popularidad durante la campaña y elección de Trump, lo mismo que en el plebiscito del Brexit -separación del Reino Unido de la Unión Europea- su uso viene desde la década de 1990. “Post-truth”, se empleó por primera vez en inglés en 1992 por el dramaturgo servio-estadounidense Steve Tesich, quien escribió un artículo para la revista The Nation en el que hacía alusión al escándalo Irán-Contra y la guerra del Golfo Pérsico.


En el mundo reina la posverdad

Como se recordará, en el gobierno de Ronald Reagan se vendieron armas al gobierno de Irán cuando el país estaba en guerra con Irak y también financió al grupo armado Contra de Nicaragua, para que atacara al gobierno sandinista. Tesich usó el nuevo término con el significado actual, y en el artículo se lamentó de que “nosotros como pueblo libre, hayamos decidido libremente vivir en un mundo en donde reina la posverdad”.

Asimismo, el escritor español Luis Verdú, en 2003 usó la palabra en el libro: “El prisionero de las 21.30”; y Ralph Keyes recurrió a ella en 2004 cuando escribió su obra: “The Post-Truth Era: Dishonesty and Deception in Contemporary Life”. Así que posverdad está asociada a la decepción y el engaño que ha caracterizado al mundo en las últimas décadas: desde el punto de vista político y del manejo de los asuntos del Estado, en la mayoría de los países.

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Por eso el bloguero David Roberts acuñó la expresión “política de la posverdad”, definiéndola como “una cultura política en la que la política - la opinión pública y la narrativa de los medios de comunicación- se han vuelto casi totalmente desconectadas de la política pública -la sustancia de lo que se legisla-”. 


Las emociones están primero que las ideas

Lo que manifiestan, tanto Keyes como Roberts, ha sido más tangible en los últimos años, pero fue el “denominador común” a lo largo de la historia de la humanidad, con contadas excepciones. Por eso, Martín Antonio​ Caparrós, periodista y escritor argentino, considera el nuevo término un mero sinónimo “del viejo uso de la propaganda, las relaciones públicas y la comunicación estratégica como instrumento de manipulación y control social”.

Álex Grijelmo, otro periodista y escritor, pero español, se refirió a posverdad en un artículo escrito para el periódico El País de España, el 30 de junio. Allí expresaba: “El término “posverdad” ha venido reflejando que aquello que las personas sienten ante un estímulo, sus emociones respecto de una idea o de un líder, sus sensaciones subjetivas, priman en las decisiones que toman y son más importantes para ellos que la verdad misma”.

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También aportó al significado de posverdad, The Economist, que se publica todas las semanas desde Londres y que cubre la actualidad de las relaciones internacionales y de la economía. Cuando estaba en campaña Trump, un editorial de ese medio periodístico ya insinuaba el desenlace de las elecciones en EE.UU y afirmaba: “Donald Trump es el máximo exponente de la política ‘posverdad’, (...) una confianza en afirmaciones que se ‘sienten verdad’ pero no se apoyan en la realidad”.
 

“Aquello que las personas sienten ante un estímulo, sus sensaciones subjetivas, priman en las decisiones que toman y son más importantes para ellos que la verdad misma”.



“Mi opinión vale más que los hechos”

La palabra se ha vuelto tan famosa que hasta los filósofos han terciado en la discusión. Ellos sí intelectuales, como el británico Anthony Clifford Grayling, quien manifestó a la BBC: “Todo el fenómeno de la posverdad es: ‘Mi opinión vale más que los hechos’. Es sobre cómo me siento respecto de algo. Es terriblemente narcisista. Y ha sido empoderado por el hecho de que todos pueden publicar su opinión en redes sociales”. 

Rubén Ámon, también periodista y escritor español, en uno de sus artículos para El País, del 17 noviembre de 2016 y que tituló: “El ‘Diccionario Oxford’, entroniza como palabra del año un neologismo que trata de captar la conmoción del ‘Brexit’ o la victoria de Donald Trump”, entre otras cosas decía: “Se votaba más con las vísceras y el instinto que con la razón o la lógica, (…)”. Es una forma breve de expresar cómo es que se eligen presidentes o se toman decisiones importantes como el plebiscito por los acuerdos del gobierno de Santos con la Farc”.

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Ante tanta ‘inmundicia’ de la cosa política, el ya citado bloguero Roberts ha dicho: “Hace ya tiempo que se sospecha que los votantes no se inspiran por los principios de la Ilustración; no reúnen datos, sacan conclusiones y eligen después al partido que más se acerca a esas conclusiones, sino que proceden de manera totalmente distinta. Primero eligen tribu, después adoptan los principios de esa tribu y finalmente eligen aquellos datos que apoyan esas posiciones, despreciando todos los demás”.


Números contra la posverdad

Las ciencias no han sido ajenas al uso del sustantivo - según la RAE - posverdad. Javier Sampedro, doctorado en genética y biología molecular, además de periodista, en marzo pasado escribió para El País el artículo: “Números contra la posverdad”.

Empezaba su documento manifestando: “La misma eficacia de las palabras para expresar la verdad las convierte en un medio óptimo para la propagación de la mentira. La evidencia más aguda de esta tecnología dual se formuló hace dos milenios y medio por el poeta y filósofo Epiménides, al afirmar, siendo cretense como era, que “todos los cretenses mienten”.

Más adelante expresa: “¿No demuestran los números que el tabaco es malo para la salud? Desde luego que sí. Sin embargo, eso no impide que sigamos fumando. Entonces, ¿nos salvarán los números de la posverdad? Pues claro que sí. Las matemáticas son verdad en el sentido más exigente que le podamos dar a esa palabra incómoda, y por tanto son lo menos posverdad que cabe concebir”.
 

“(…) Y la fe no atiende a argumentos, por definición de fe. Por ejemplo, (…) ¿No demuestran que nuestras emisiones de gases de efecto invernadero agravan el cambio climático? Pues sí, pero cuando a los gobernantes y a sus primos les da por negarlo, es que no hay forma de sacar las medidas paliativas adelante”.


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Anota así mismo: “¿No demuestran que la evolución de las especies es un hecho? Pues naturalmente que lo hacen, pero ahí tenemos a las religiones norteamericanas intentando que la evolución se excluya de la escuela pública, o al menos se enseñe en pie de igualdad con el creacionismo, tal vez el primer “hecho alternativo” de la historia de la humanidad”.

Al final Sampedro expresa: “Entonces, ¿nos podrán salvar los números de la posverdad? Desde luego, pero que lo hagan dependerá de que logremos ilustrar a la gente. De que convenzamos al mundo de que debe entender la matemática y la ciencia. De que enseñemos a los maestros a enseñar a los alumnos a pensar de forma racional, inteligente y creativa. De que construyamos una sociedad abierta que adopte la razón como guía”.

Así que mientras no se ilustre a la sociedad, esta seguirá eligiendo candidatos perversos, las guerras seguirán perpetuando el desastre, las decisiones las tomará guiada con el espejismo de la mentira y el miedo. 


Diego Arias Serna - [email protected] / [email protected]
Profesor-investigador universidad del Quindío
Especial para LA CRÓNICA


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