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La Economía / Diciembre 04 de 2016 / Comentarios

Recolectores de café, como tocando un arpa

Recolectores de café, como tocando un arpa

Le comenté a Wilson que quería conocer a un recolector y dijo tenerme “el propio” y con un grito llamó a don Octavio Castro que estaba perdido entre los cafetos brillantes y calientes por el sol.

Salió temeroso, con su camiseta de la selección Colombia del año 2000 y su gorra con gotas de pintura blanca, un hombre delgado y experto en recoger café, le pedí que actuara normal pues deseaba ver como cogía cada fruto. Sus manos, llenas de tierra se movían como si estuviera tocando el arpa, la agilidad que tenía para “devanar” sus dedos, me impresionó y, a diferencia de los anteriores recolectores que conocí, él tenía una sonrisa en su rostro, como si los frutos fueran cuerdas musicales y él, el mejor de los músicos cafeteros. Todos vemos la belleza y calidad del café, pero nunca pensamos en las manos que se lastiman por recogerlo.

Agradecí a don Octavio Castro y él, en su gesto más noble cogió su celular y comenzó a llamar a alguien que nunca escuché, pero si noté el orgullo de sus ojos mientras le contaba a la otra persona, que una mujer de Bogotá, lo había escogido de modelo para sus fotos de la universidad.

Sonreí y Wilson me afirmaba: «ya se puso a llamar a toda la familia a contar que le tomaron unas fotos» y se fue riendo mientras me acompañaba a tomar fotografías de los cafetales. Cada recolector tiene su hilera de cafeto y para reconocerlo le ponen una banderilla con una tela, para tener una idea de donde quedaron y recolectar por orden la cosecha madura. De nuevo, quería saber sobre las motivaciones de la pareja que administra la finca.

Mientras volvíamos del recorrido, Nelly nos tenía café con pan –el que curiosamente llevé– y mientras hacían bromas entre la familia, le pregunté a Nelly por sus metas a futuro con la finca. «Yo no cambio mi campo por nada, ni mi café, ni los cultivos. No podría vivir en el pueblo» lo decía mientras miraba los surcos que no le pertenecían pero que al parecer, les guardaba aprecio.

«Mi meta a futuro es comprar mi tierrita y ser el jefe pues, cultivando mi propio café ¡qué belleza ome!» dijo Wilson y con esa respuesta me confirmó lo que estaba sospechando, él no era del Quindío sino de Medellín. Las palabras que usaba y así mismo sus metas para ser su propio jefe, hablaban por sí solos.

Seguían entre risas y chistes familiares con sus dos hijas, Geily de 14 y María José de 6 años, me disponía a tomar la foto familiar y era inevitable no contagiarse de su alegría. «Ehhhh, ¡qué cosita! Pónganse serios, ¿qué dirá la niña? no querrá volver», decía Nelly tratando de calmar a los apenados familiares que no sabían que hacer o cómo actuar frente al lente de 18-55mm.

La foto quedó lista, pero prefieren no verla, procedo a guardar mis cosas y agradecer por la hospitalidad recibida, sentí como si me conocieran de toda la vida, mandaron plegarias para que me fuera bien en «lo que sea que esté haciendo» dijo Wilson tomándome del pelo, una vez más. Me acompañaron a la salida para esperar de nuevo el Jeep que me llevaría a Quimbaya en el turno de las 4 de la tarde, y así fue, me despedí queriendo volver.
 
Encontrando el pago justo en un trabajo malpago

Después de conocer dos fincas de Quimbaya, y ver los lados opuestos de las familias, de los cultivos, de los recolectores e incluso de los pagos, debía visitar la Cooperativa de Caficultores del Quindío, una entidad asociativa sin ánimo de lucro que cuenta actualmente con 1.600 asociados, propietarios y/o administradores de fincas que, de manera exclusiva le venden su café con el precio más justo del mercado. Con ayuda de Almacafé (Almacenes Generales de Depósito de Café) y la Federación Nacional de Cafeteros, compran la mayoría del café en pergamino seco, el grano que aún está cubierto por una cáscara llamada cascarilla.

Los sacos de 40 kilos cada uno, salen de los 12 municipios de Quindío, para la sede principal en Quimbaya, normalmente se reciben los días sábados y mientras acompañaba al fiel de báscula, Antonio Botero, quien es el encargado de revisar la calidad del café y así mismo pagarlo, me contó que la broca, ese insecto que afecta el café hace que los pagos disminuyan y que el negocio del café poco a poco deja de ser rentable.

Quería conocer cuáles eran las ayudas que la Cooperativa tiene con los caficultores en los momentos de sequía o fuerte invierno, Lilia Córdoba, coordinadora del café en la Cooperativa, me atendió en su oficina. «El seguimiento lo hacemos en las reuniones, pero nosotros no podemos crear un plan de apoyo, eso le corresponde al gobierno» La preocupación que vi en los recolectores y administradores, fue la misma: el relevo generacional está en extinción.

«¿Cómo hacer para que las nuevas generaciones se incentiven para cultivar el café?», pregunté y Lilia tomó muy en serio mi pregunta, ya que no sólo está afectando la caficultura, sino la Cooperativa. «La crisis en el sector café se mantiene por la actividad de los precios, que nunca es constante» Los caficultores les aconsejan a sus hijos no seguir con el tema del café, sin embargo, existen programas patrocinados por Fedecafé de Jóvenes caficultores, me comenta Lilia. 

Sin embargo, parece ser una situación que preocupa a la cooperativa, quien delega esta función de apoyo e incentivos al ministerio de Agricultura. 

Mi semana termina, la calidad humana que conocí y cada mano gastada por uno de los trabajos más pesados y menos pagados que existen en Colombia, como lo es recolectar café, demuestra que nada es tan fácil como parece ni tan complicado para no hacerlo. Trabajadores, personas, así los conocí y con esa imagen prefiero guardarlos, la palabra caficultor se va extinguiendo así mismo como el relevo generacional de los cultivadores.

Una labor, un trabajo mal pago que no motiva su crecimiento, pero que sobre todo necesita ser escuchado, visto, tocado y pensado con todos los sentidos. Personas que tienen sueños y metas, algunas frustradas y otras en pleno despegue, son las que día a día hacen que el café de la mañana parezca una bendición, en cada cucharada se desvanece esa carga de sudor, trabajo duro, largas jornadas y días de fuerte sol, nuestros recolectores, a ellos que sin rostros ni nombres, anónimos en el tiempo logran de manera indirecta, con el aroma en las mañanas, unir familias. 

 

Por Elizabeth Martínez Muñoz

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