Miércoles, 12 Dic,2018

General / MAR 02 2015 / Hace 3 Años

Revelamos 23 microhistorias del Parque Nacional del Café (parte I)

El Parque Nacional del Café cumplió la semana pasada 20 años de haber abierto sus puertas al público como uno de los primeros parques temáticos en Latinoamérica.

Revelamos 23 microhistorias del Parque Nacional del Café (parte I)

A sus 20 años de abrir las puertas, el Parque Nacional del Café se posiciona como uno de los parques temáticos más importantes de Latinoamérica.

Su creador, su papá: el ingeniero agrónomo Diego Arango Mora reveló los momentos más críticos de esta obra, cuando se propuso como Museo Nacional del Café. Así mismo durante su construcción, en la segunda etapa de las diversiones mecánicas y el día que un terremoto la quiso enterrar para siempre. LA CRÓNICA recogió con Arango Mora esos momentos, que presentamos en veintitrés pequeñas historias, en 2 entregas.

La idea de una mujer

La idea de hacer un Museo Nacional del Café nació en la mente de Margarita González de Arango, esposa de Diego Arango Mora. La pareja regresaba, en el año de 1979, de visitar el Museo de la Caña en el Valle del Cauca, y la señora le dijo a su esposo: ¿Cómo es posible que haya un museo donde se cuente la historia de la caña de azúcar en Colombia y no uno sobre el café, que es el producto básico e insignia de la nación? Y el marido, que para entonces era dignatario del Comité de Cafeteros del Quindío, asintió, medio apenado. “Desde ese momento me empeciné a crear un museo para el café. Maduramos la idea y se la comuniqué a Jorge Cárdenas Gutiérrez, gerente de la Federación Nacional de Cafeteros. Sin el concurso de Cárdenas, hubiera sido imposible construir el Parque del Café”.

 

Quórum insuficiente

Diego Arango Mora fue escogido para presidir el Congreso Cafetero Nacional en el año de 1982. Al cierre del mismo y en el campo de las proposiciones, Arango tenía pensado empezar el día presentando la propuesta de la creación del museo, con sede en el Quindío. El gerente de la Federación, Cárdenas Gutiérrez, le recomendó que lo hiciera al final del día, como actividad de cierre. Así lo hizo. El secretario del Congreso, Luis Carlos Villegas (actual embajador de Colombia en USA), le informó a Arango que no había quórum para aprobar la última proposición, a lo que el presidente respondió: “Queda aprobado. Póngalo en el acta”. Es decir, a pupitrazo limpio, como en el Congreso de la República.

Días después se expidió la Resolución donde se aprobó la construcción del Museo Nacional del Café en un municipio del departamento del Quindío. Y allí surgieron las envidias. Tres delegaciones pidieron que se hiciera en sus regiones: Cundinamarca, Tolima y Caldas.  Pero el Quindío siguió con el liderazgo y el jefe de la oficina jurídica de la Federación, Jorge Arango Mejía, quien después fuera presidente de la Corte Constitucional colombiana, ordenó elaborar los estatutos de la Fundación que iba a dirigir el museo.

 

Disputa regional

La misma disputa que se dio en el ámbito nacional por querer tener la sede del museo, se repitió en el interior del Comité Departamental de Cafeteros del Quindío. La propuesta de Arango era de hacerlo en Montenegro, por la belleza que brindaba el valle en una zona de suaves colinas. Calarcá fue un gran opositor, liderada la propuesta por Arturo Palacio, que logró el apoyo de Armenia y Circasia para que se hiciera en la Villa del Cacique. Pero el peso de Arango fue mayor y por un voto se decidió que se buscara una finca en Montenegro para adquirir los terrenos.

 

El escepticismo

El escepticismo era total. La banca colombiana le daba la peor calificación al sector turístico y recreativo, no había posibilidad de un crédito para este proyecto. La situación era absolutamente adversa. Los recursos regionales eran mínimos, y al interior del Comité y del departamento, casi nadie creía. “Luché contra el escepticismo regional y el de la banca,  y adicionalmente contra un desconocimiento total en la materia en Colombia. Hablar de parques temáticos era una utopía, todos los parques públicos eran gratuitos, el que estábamos proponiendo era pagando. Era toda una aventura”.

 

La pelea con el diseñador

Diego Arango buscó al más prestigioso arquitecto de la época: Dickens Castro, para que realizara los diseños y dirigiera la construcción del museo. Castro diseñó el museo y exigió que la obra se hiciera en maderas finísimas, lo que disparaba en forma inalcanzable el presupuesto. Arango dijo que no se podía y pidió que se hiciera en pino. Dickens se opuso. Arango siguió adelante y recordó que el comité de cafeteros tenía una finca de reforestación en pino en compañía de la Corporación Autónoma Regional del Quindío en la reserva de Bremen, y a cada uno les pidió una hectárea de esa siembra. Con esta madera beneficiada se hizo la obra. Por supuesto, Dickens Castro ya había renunciado al proyecto.

 

Los elementos del Museo

Durante casi seis meses, las emisoras locales de todos los municipios cafeteros colombianos emitieron un mensaje pidiendo la donación de antiguos elementos asociados a la caficultura. “Resultaron donaciones de equipos, maquinarias, herramientas, enseres, retratos y cantidad de elementos con valor histórico asociados a la cultura cafetera, incluso de lugares como Alemania, España, Suiza y Nueva York”. Así se hizo la muestra permanente del Museo Nacional del Café.

 

Los pisos

El Sena le prestó al doctor Diego Arango una fábrica de hacer adoquines. Se emplearon recolectores de café y campesinos que fueron capacitados, quienes hicieron miles de baldosines que finalmente se instalaron en la primera etapa del parque. “Eso nos salió muy barato, en realidad no hubiéramos tenido la plata para comprar esa cantidad de adoquines en el mercado regional”.

 

Un sancocho y un loquito

Arango Mora y Jorge Cárdenas Gutiérrez (padre del actual ministro de Hacienda Mauricio Cárdenas Santamaría) les hicieron una encerrona a todos los presidentes de las empresas del gremio cafetero. Los invitaron a un sancocho en el lote donde se empezaba a construir el museo. Fueron los presidentes de Concasa, el Banco Cafetero en Panamá, Colombia y Miami; Almadelco, la Flota Mercante Gran Colombiana, Almacafé, etc.

Cárdenas les dio la bienvenida y les presentó a Diego Arango, diciéndoles que este les iba a decir unas cuantas palabras. Arango comprometió a cada una de las instituciones con el parque. Al final les entregó una carta donde se señalaba la cantidad específica de plata que cada uno debería de poner para la obra. “Todos se miraron sorprendidos y expresaron: ‘este es el sancocho más caro que me he comido en la vida’”. 

Diego Arango se puso en la tarea de visitar a todos los presidentes de estas empresas para que desembolsaran el dinero, lo que no fue fácil. Jorge Cárdenas presionaba llamándolos, y Arango iba a cobrar. “Cuando me veían llegar, los empleados decían: ‘Ahí llegó el loquito del Parque del Café’”. Fue una tarea que duró casi un año visitando a esas oficinas todas las semanas.

 

La inauguración

El parque se inauguró el 25 de febrero de 1995. “La noche anterior fue la única en la que me trasnoché. No dormí pensando en lo que les había dicho a los periodistas: ‘Esperamos que al parque entren en promedio 50.000 personas anuales’. Creí que había sido exagerado, incluso mi esposa me regañó por haber aventurado esa cifra tan exagerada. Al cumplir un año, habían ingresado 250.000 personas, en un parque que solo tenía la torre insignia, el museo, el sendero ecológico, el camino de mitos y leyendas, unas tumbas indígenas y el jardín de especies mundiales de café. Es decir, era un parque ambiental con un museo”.

 

Las atracciones mecánicas

Diego Arango observó que de los visitantes al parque del Café en los primeros años, los mayores de 40 años eran los que más se divertían. Los jóvenes y los niños no se sentían lo suficientemente atraídos por lo que tenía el sitio. Cuando se les preguntaba si querían volver, la mayoría decía que no.  “Después de hacer muchas encuestas entre los visitantes, tomé la decisión de incluir atracciones mecánicas, para que el parque fuera divertido, más universal, donde todos los que ingresaran encontraran atractivos”.

 

La segunda etapa del parque

El primer reto al que se le midió Arango Mora, después de los primeros tres años de inaugurado el parque, fue a construir una segunda etapa, a ampliarlo, introduciendo una serie de atracciones mecánicas donde niños y jóvenes se divirtieran y, además, quisieran siempre volver a él.  

La nueva etapa solo se podía hacer consiguiendo un crédito. La ampliación del parque y sus primeras atracciones mecánicas demandaba grandes inversiones. Hasta el momento, 1998, el parque no había adquirido deudas. Se solicitan préstamos en las entidades del gremio: Corporación Financiera de Caldas, Corporación Financiera de Occidente, Banco Cafetero y Concasa. “Nos tocó el escenario de las más altas tasas de interés: DTF + 15 puntos. Eso quebró a todo el mundo, porque además era de corto plazo. El parque es capaz de pagar eso, nos dijimos, unos $9000 millones nos prestaron, y arrancamos la expansión de la idea”.

“Compramos equipo de segunda mano en Nueva York, Atlanta y los Ángeles. Adquirimos la montaña rusa, el teleférico, juegos infantiles, equipos muy valiosos y en perfecto estado y empezamos a realizar las obras”. 
(Espere mañana segunda y última entrega).

 

Por Miguel Ángel Rojas Arias


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