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General / OCT 19 2014 / hace 4 años

Sociedad teledirigida y cultura frivolizada

Hace ya varias décadas (1973), M. McLuhan proclamó que “el medio es el mensaje”, al reconocer al conjunto de las nuevas tecnologías comunicacionales como extensiones del hombre y estimar el mensaje mismo como medio, contenido e información, a la vez, con gran poder para modificar el curso y el funcionamiento de las relaciones humanas.

Sociedad teledirigida y cultura frivolizada

Pues bien, la previsión teórica de McLuhan se ha visto superada actualmente por nuevas estructuras sociales y nuevos comportamientos humanos, dentro de los cuales aparece el papel determinante de los medios para producir no solamente una sociedad distinta – sociedad de la información- sino para crear a través suyo un hombre impensado, el “homo videns” en que se ha transformado el “ser racional” de la modernidad. Se trata de un nuevo ser, un nuevo tipo humano, que se manifiesta, en nuestra época, frenéticamente obsesionado por la pantalla de vídeo y ensimismado ante el tablado digital, como si solamente por este conducto y con el tecleo obsesivo y continuado pudiera lograr anheladas instantáneas de vida.

Ahora los ciudadanos aparecen inmersos en el ciberespacio de la web, en el cual se les hace imaginativamente posible navegar desde plataformas informativas, sistemas operativos, diarios virtuales, nodos, links, por medio de distintos servidores, sistemas operativos y programas de aplicación que permiten el acceso a distintos nichos de información, protocolos y dominios, a fin de obtener múltiples imágenes de lugares y personas, de ideas, de juicios de valor en la ciencia, en el comercio, en la educación, en el entretenimiento, en la política, en el arte, en la religión y en cientos de materias más, dentro de un calificado tiempo real que, a la vez, los sumerge en un espacio omniabarcante o de totalidad. Nunca el mundo exterior a la persona estuvo tan cercano a su propia intimidad y nunca el individuo arriesgó tanto a su conversión en un ser teledirigido en cuanto a sus ideas, gustos, apetencias, y al propio desarrollo de su personalidad. Giovanni Sartori, el gran intelectual y politólogo italiano, profesor de la U. de Columbia, lo ha diagnosticado así: “La TV, no es sólo un instrumento, sino que es una paideia, un medio que genera un nuevo “antropos”, esto es, un nuevo tipo de ser humano”. (En su libro “Homo videns. La sociedad teledirigida”).

 

El hombre y la sociedad teledirigidos

En su brillante análisis sobre la que él llama “sociedad teledirigida”, Sartori es sumamente crítico sobre la que él considera la caída de la capac idad de significar la realidad en símbolos y de abstraer intelectualmente las ideas del hombre que el sometimiento a la influencia de los medios –especialmente a la TV- le ha producido. Este “homo videns”, a través de su reiterado ejercicio de “ver” y de concederle supremacía a la imagen, se  ha convertido en un ser sin capacidad de disentir, o de innovar y, más bien, presto a asumir su rol de espectador teledirigido. La cultura de los medios nos conduce así un “homo ocular”, esclavo de la pantalla, caracterizado por un extremo empobrecimiento de su aparato cognoscitivo, “incapaz de ordenar ideas claras y diferentes” que por esto mismo termina formando parte de lo  que el pensador italiano denomina “un proletariado intelectual”, sin ninguna consistencia. Verdaderamente el “solipsismo electrónico”, cuya imagen a la orden del día es el hombre adherido a la pequeña pantalla del teléfono celular –extensión tecnológica de la pantalla de t.v.- no augura un futuro de ciudadanos plenamente realizados, sino, más bien, de autómatas formados al modo de los personajes de Huxley en “Un mundo feliz”, o del conocidísimo “1984”, de G. Orwell.

Pero no podemos ni eludirlo, ni negarlo. La educación y la formación política de actualidad cada vez más se encuentran en manos de la t.v., lo mismo que los programas del ocio, los instantes de entretenimiento, las acciones participativas sociales, las relaciones interpersonales, el entretejimiento del mundo relacional, la búsqueda de pares académicos, el contacto con afinidades afectivas, en fin, todo ese complejo de actuaciones que alientan y fijan la existencia del hombre en el mundo de la realidad. En el espacio social de hoy, más allá del yo individual, los grupos mediáticos y los manejadores de la comunicación audiovisual (tv, radio, prensa escrita) pugnan por dominar el mercado, por imponer los gustos consumistas, por vender prefabricados candidatos políticos, por acrecentar (inflar) las imágenes de artistas e ídolos deportivos, por descubrir los impulsos del gusto popular, por imponer los modos y las costumbres del modelo occidental de vida, copiado del mismo “modo americano de vida”, en sus expresiones privadas, actitudes existenciales, prácticas de ocio, estándares de compra, pensamientos políticos, comportamientos colectivos, imposición de actitudes, prácticas sociales, preferencias por productos manufacturados, ideas, artefactos, modos de educación, de vestir, de comer, de descansar, de regular el espacio hogareño, de asistir a espectáculos, de situarse frente a la obra de arte, de leer, de oír la música, de asistir a los teatros. Aparecen así entremezclados la cultura de masas, la publicidad y la información con los modos existenciales privados y, como lo pronosticó McLuhan, los medios se confunden con los mensajes. Es ni más ni menos que el hombre como una unidad existencial, plenamente atrapado en un engranaje tecnológico que lo arrastra y lo predetermina. 

 

La teledirección política

En el campo político estos medios conducen, imponen, fabrican, reciclan y rehacen imágenes. Como dice Sartori, la tv, propone personas en lugar de discursos. La ciudadanía se modela desde la tv y la opinión pública es conducida por una “sondeocracia”. Las empresas de las comunicaciones aparecen como grandes trusts multinacionales del capital privado y las mismas privatizaciones, como lo propone Ignacio Ramonet, no son más que una transferencia del poder del Estado al poder privado. Los poderosos directores del mercado transnacional, activado en alto grado por la economía informática, imponen sus condiciones al poder político (En Estados Unidos forman parte del llamado “aparato seguritario del Estado”). El creciente dominio del poder mediático por los gigantes de la multimedia (Disney, Bertels Mann, Viacon, Rupert Murdoch) hace evidente una tendencia concentracionista hacia el oligopolio y la desaparición de la competencia. Se trata de un verdadero riesgo para la democracia que incluso apunta hacia la colonización privada del Internet, hasta ahora el principal ámbito de comunicación fuera del control oligopólico. Afortunadamente la Unesco con su declaratoria del Internet como derecho humano ha dado un gran paso hacia la preservación de la democracia informativa. 

En estas condiciones, los mensajes de la globalización son, en el fondo, mensajes en favor del capital y del poder privado; y detrás de los mensajes en pro del uso de determinados productos bendecidos en el altar del consumismo se retransmite la ideología del gran capital, o de los mismos dueños de los medios: el consumo dirigido que produce gran rendimiento económico que produce, a la vez, la concentración del capital. Después de todo, como lo afirma Gilles Deleuze, el capital no tiene límites. Por esto mismo, el diagnóstico de Sartori: la sociedad de nuestro tiempo es una sociedad teledirigida, en la cual la manipulación mediática falsea la democracia e inserta los mismos intereses del capital en las necesidades del mercado, dentro del marco de unas pretendidas libertad y riqueza informativa y comunicacional. El crítico Ignacio Ramonet lo describe así: “Estamos en una situación en la que creemos que, por el hecho de tener más información, tenemos más libertad, cuando en realidad, si analizamos bien, tenemos mucha menos que en otros momentos”. 

 

Cultura globalizada

Dentro de la globalización, los mercados, la sociedad y la cultura se entrecruzan por medio de una serie de transformaciones que se manifiestan en relación de reciprocidad, con sus efectos transferidos a los espacios de las culturas locales. La dicotomía que se expresa como difusión globalizada/asimilación localizada constituye no solamente un lema que proclama una caracterización, sino que también hace evidente una forma o método de actuación. De la misma manera se presenta la interacción de lo real y lo virtual: las cosas imaginarias se piensan como reales a fuerza de su reiterada virtualización y adquieren valor en atención a su funcionalidad; la pantalla no sólo crea símbolos sino que, además, recrea identidades. Entre los hombres predominan el individualismo y el cosmopolitismo, como producto de la ya mencionada hiperconexión tecnológica de efectos solipsistas. Dentro de la sociedad recaen en mengua los valores tradicionalistas y colectivistas que se ahogan en el consumismo y en la dictadura mediática. 

La cultura se ha privatizado, se ha tornado “espectáculo”. Ya no corresponde a la definición idealista de Spengler que la inscribía dentro de los parámetros de la actividad espiritual, enriquecedora y dignificadora de la condición humana. Ahora, la cultura clásica ha devenido en “civilización”: cifras, tecnologías, desarrollo físico, grandes obras de infraestructura, volúmenes monumentales de información, mundo pragmático y apariencial dentro del cual adquiere valor positivo lo que aparece, lo novedoso, lo que produce impacto. Disney y Las Vegas convertidos en lugares de peregrinación, como antes La Meca y Jerusalén, pero en este caso representando los fetichizados espacios del entretenimiento tecnificado y del gasto ocioso. Después de todo la cultura global es audiovisual y de masas. Por esto las llamadas corrientes postmodernas de la cultura por medio de la banalización y la trivialización de las formas culturales y artísticas han terminado por privilegiar la imagen, el espectáculo y los imperativos del consumo. Como lo ha pregonado Mario Vargas Llosa, actualmente asistimos al desdoblamiento de la cultura espiritual y profunda en civilización del espectáculo y de la superficialidad.La frivolización de la cultura.

Los procedimientos y ordenamientos para extirpar a la cultura de hondo contenido espiritual parecieran estar dictados por quienes conducen las sociedades contemporáneas. En medio del simultaneismo absorbente (la idea planetaria de todo junto a todo), de la veneración por las estrellas del cine y del deporte, de la minusvaloración de todas las formas del arte y de la cultura (empezando por la historia y por la música), de la dictadura de las imágenes mediáticas y de las urgentes necesidades de entretener y divertir, convertidas en cánones para la creación estética, hemos llegado al momento en que todo se considera como arte. Así mismo, lo afirma Vargas Llosa, como no hay forma de saber lo que es cultura, todo es cultura. Por estas razones la llamada cultura de masas se enfila ahora en procura de lo novedoso, de lo impactante, e incluso, de lo escatológico, para seducir a un público consumidor multitudinario y proporcionarle, en atención a sus gustos, lo que ese público solicita. Gilles Lipovesky y Jean Serroy en su libro "La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada" sintetizan esta situación así: "Su intención es divertir y dar placer, posibilitar una evasión fácil y accesible para todos, sin necesidad de formación alguna, sin referentes culturales concretos y eruditos. Lo que se inventan las industrias culturales no es más que una cultura transformada en artículo de cultura de masas".

 

Por Nodier Botero J.


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