Sabado, 17 Nov,2018

La Salida / MAY 27 2017 / Hace 1 Año

Somos cómplices del animal

“Yo soy la mujer del animal”, así se le presentó Margarita Gómez a Víctor Gaviria. En su drama está basada la más reciente película del director colombiano.

Somos cómplices del animal


Construida en todos sus detalles a través del testimonio del sometimiento de esta mujer a un hombre que la mantuvo cautiva en las condiciones más inhumanas. Una historia cinematográfica que dura dos horas y, donde según Gaviria, no se inventó nada: la ficción se produce por la síntesis.

La mujer del animal no llegó a las salas de cine de Armenia pero se proyectó el viernes en Múltiplex Cine Colombia en el Portal del Quindío en un evento organizado por la alcaldía de Armenia a través de la Corporación de Cultura y Turismo, en asocio con la universidad del Quindío y el Cineclub Sin Nombre. Allí estuvo el director quien en horas de la tarde brindó un taller de narrativas sociales en la Biblioteca Pública Municipal. La violencia en la película comienza mucho antes de que conozcamos al animal. Está presente en la exclusión y la miseria del Valle de Aburrá. Violencia generalizada a la que se suma el factor constitutivo de la trama: la misoginia. Si el contexto es en sí hostil, lo es más para las mujeres que deben convivir con el maltrato psicológico y físico naturalizado.

Vea también: Animales hay muchos

El hecho que atraviesa la película es que Amparo —en la vida real Margarita—– huérfana de madre y con un padre maltratador (animal), se escapa del internado y se va a buscar a su hermana mayor que vive en este barrio de invasión. Allí conoce al animal, quien se obsesiona con ella, le tiende una trampa y se la roba para “hacerla su mujer”. La viola, embaraza, maltrata y mantiene cautiva en las condiciones atroces. Cautiverio del que todos son testigos y en el que nadie se atreve a intervenir por miedo al animal, reconocido en la comunidad por ser asesino y violador.

El tema en la historia es cómo se va a liberar Amparo. Nadie la ayuda. Es en ese sentido que el director da en el clavo; no solo nos expone la problemática de la violencia de género, también nos recuerda que cotidianamente somos testigos de situaciones que preferimos ignorar. Este efecto de sentido lo logra gracias a que toda la historia está construida desde el punto de vista de Amparo que puede ser cualquiera de las miles de mujeres que son maltratadas a diario. La película, que está ambientada en los años setenta y filmada con actores naturales, consterna al espectador más que por las escenas de violencia física, psicológica y sexual, porque pone en evidencia una realidad que nos involucra como testigos: el hecho de que generalmente se revictimice a las mujeres que padecen la violencia de género. En la historia son precisamente las otras mujeres quienes culpabilizan a la protagonista por los terribles episodios que debe soportar durante sus años al lado de este.

La revicitmización —reacción naturalizada en nuestra sociedad ante estos casos— ocurre en la trama porque ocurre en la vida real. Dos ejemplos de ello los vi en la proyección y en el taller que brindó el director: primero cuando un muchacho comentó que si no se escapaba era porque en el fondo le gustaba, y segundo cuando al terminar la película, un hombre del público dijo: seguro que ahora Amparo va y lo llora, porque así son.

La mujer del animal tiene una postura política clara, busca poner en evidencia —y lo logra  a través de confrontar al espectador—, que todos y todas somos en mayor o menor medida cómplices de la violencia hacia las mujeres, y lo somos cuando justificamos esos hechos con argumentos como: “Si se deja pegar es porque le gusta”, “algo habrá hecho para merecerlo”, “él le pega porque la quiere”, “eso es cosa de pareja y es mejor no meterse”, “la violaron porque iba sola y en minifalda” o simplemente, cuando presenciamos actos de violencia de género y elegimos mirar para otro lado.

Tal como expresó el director en el conversatorio, el animal existe adentro mío, frase que pone en evidencia que este personaje que repudiamos en la pantalla, es el resultado de un sistema con una estructura patriarcal, no un sujeto aislado y enfermo: sino la consecuencia de una cultura machista y misógina. Gaviria reconoce que fue precisamente en el transcurso de su investigación, en la que tuvo que escuchar cientos de testimonios de mujeres maltratadas, que comprendió que como hombre ha estado toda su vida recibiendo privilegios que la mayoría de los hombres no quieren ceder.

Esos mismos privilegios de los que gozan los hombres que hicieron los comentarios mencionados anteriormente tal vez son los que les impiden entender por qué Amparo no se escapa o denuncia a su captor. Habría que recordarle algunas de las características que convierten a la protagonista en un ser humano vulnerable: es mujer, es pobre, y es huérfana. Y la vulnerabilidad que sufre por ser mujer no tiene que ver en absoluto con una condición biológica sino tal como lo vemos en la película, con un factor cultural. Como en todas las películas de Gaviria, el Estado está ausente. Amparo no denuncia primero porque tiene pánico, segundo porque no hay dónde. La autoridad en ese barrio está representada por su captor. La única vez que vemos a la policía en pantalla es porque el animal fue a robar a un barrio del centro de Medellín. Mientras que los asesinatos, violaciones y robos que realiza dentro de su comunidad quedan impunes.

La mujer del animal debería ser proyectada de manera gratuita en todos los colegios del departamento pues por razones comerciales ni siquiera llegará a las salas de cine de la ciudad.


Juliana Gómez Nieto 
Especial para LA CRÓNICA


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net