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En profundidad / NOV 26 2017 / Hace 9 Meses

Un árbol de cien años que le da sombra al municipio de Alcalá (Valle)

No es frecuente encontrar una ciudad que crezca armoniosa alrededor de los árboles.

Un árbol de cien años que le da sombra al municipio de Alcalá (Valle)


Primero porque son escasas, en razón a la deforestación que arrasó los espacios urbanos y, segundo, porque los puntos verdes se sacrifican o eliminan todos los días para dar paso al falso ritmo de convivencia ciudadana.

Encontrar solaz en la  jungla de cemento es todo un acontecimiento.  De ahí que la importancia de un pedacito verde de la ciudad sea el hecho más trascendente de la escena citadina.  En el Quindío se han conservado núcleos de tales características y hasta existen sitios donde el rey es un árbol.  Filandia, Génova y La Tebaida tienen árboles antiguos en sus plazas, donde su sombra es la mejor recompensa.

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El más recordado de todos fue el parque de Montenegro, el cual fue considerado por el arquitecto  Néstor Tobón Botero como “el más bello en diseño, armonía, equilibrio y composición en Colombia”, no sólo por sus árboles (que hoy sobreviven) sino por la existencia de un gran jardín, cuidado por las damas de la Asociación de Jardinería, que desapareció por decisión de alcalde y concejo en los primeros años de la década de los 90 del siglo XX.

A pesar del desmantelamiento en los parques principales de Montenegro y Calarcá, todavía la gente conserva la costumbre de citarse en ellos para conversar bajo los pocos árboles que les quedan.  Es el caso de un pequeño arbusto que ha cumplido tal función: “el totumo” es y será el principal sitio de encuentro en el parque Bolívar de Montenegro, porque estuvo y estará en el imaginario colectivo, sobre todo de los adultos mayores que se sientan cerca de él.

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Si recorremos Armenia, encontramos ejemplos de reinado de un árbol. Cuatro casos concretos: las enormes ceibas del Sucre y el de El Bosque, el de melenas del barrio Recreo Bajo y el de la carrera 19, entre calles 10 y 11. Este último es un árbol consentido, al cual sus vecinos, pero especialmente los dueños de un establecimiento comercial contiguo, le construyeron una reja sobre la superficie  de su raíz.

Es además el único sobreviviente de esa concurrida vía, en un trayecto de ocho cuadras hasta la calle 19, donde se encuentran tres palmas solitarias.  Y también en la capital del Quindío, tres recuerdos tristes de pérdida arbórea:  el caracolí del sector de la glorieta Pedro Alcántara Herrán en la carrera 19, el árbol que debió talarse en el famoso edificio El Bosque y la palma real que estaba en el antejardín de la casa quinta de los Uribe.

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Por las razones anotadas, llegar al municipio vallecaucano de Alcalá se convierte en vivencia de renacimiento ecológico.  Fundado en 1791 por un descendiente español de apellido Marisancena ha tenido dos nombres antiguos, Furatena y La Balsa.  Este último, de importancia regional porque allí comenzaba el ascenso del camino del Quindío hasta las tierras de la cordillera.


Samán

Alcalá, su nombre actual, no es motivo de mención por esos sucesos históricos que marcaron, con Furatena, la época del siglo XVI de los quimbayas o, con La Balsa, el tránsito fluvial en las aguas del río De la Vieja.  Hoy lo es por la existencia de un gran samán en su parque principal, que fue sembrado hace cien años por Rosana Gutiérrez Ruiz de Mazuera. Es un siglo de acontecimientos que se dieron alrededor de un árbol.  Entre ellos la vigencia de su mercado popular que iba creciendo bajo su sombra. El día de su siembra fue escogido con precisión: el 14 de noviembre de 1917, para celebrar un siglo del fusilamiento de la gran heroína colombiana, Policarpa Salavarrieta, también conocida como La Pola.

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El centenario samán de Alcalá es hoy su símbolo reconocido. Es motivo para visitar este vecino de Quimbaya, con el que se conecta apenas en diez minutos de tránsito por vía pavimentada. Nada se hace en Alcalá sin tener en cuenta la figuración de su árbol, cuyas ramas llegan casi a acariciar las construcciones de alrededor de su pequeño parque principal. Por supuesto, este frondoso fenómeno natural le da frescura todo el día a las personas que frecuentan dicho espacio, donde se comenta el discurrir cotidiano. 

Cien años de un árbol que ya pueden convocar a una celebración memorable. No se puede olvidar que otros árboles de Colombia se han engalanado con la efemérides o han concitado, con su aniversario de siembra, el fervor ciudadano.  Dos ejemplos: Gigante (Huila) con su ceiba y Santander de Quilichao (Cauca) con su samán.  La de Gigante se llama “La ceiba de la libertad” y es la más famosa de las situadas en parque principal de municipio alguno en Colombia. El samán de Santander de Quilichao, también en su parque, cumplió cien años de sembrado en 1998.

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Históricos

Sin embargo, no todo es satisfactorio frente a la celebración aniversaria de un árbol. Otros samanes en Colombia han fracasado en su permanencia soberbia. Uno de los que se encontraba en inmediaciones de la Quinta de San Pedro Alejandrino cayó por su antigüedad. El de Támesis (Antioquía) se desplomó en mayo de 2016 y el más famoso de todos, el de Guacarí (Valle), sucumbió en 1989. Este frondoso ejemplar había sido sembrado en 1914 y, en su recuerdo, el Banco de la República determinó plasmar su imagen en la moneda de 500 pesos.

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Otros samanes memorables son uno de los cuatro esquineros del parque de Planadas (Tolima), sembrado en 1931, y del cual se cuentan historias pasmosas de la violencia política; el de Charalá (Santander), sembrado el 20 de julio de 1910, llamado el “árbol del amor”. Y el de la plaza Bolívar de Ibagué, admirado junto con una ceiba que lo acompaña.

El samán de Alcalá es más que un bien representativo. Es fuente inagotable de relatos. Testigo de la vida trágica de los años violentos, del jolgorio y la amabilidad de los habitantes. Es Alcalá una de las pocas ciudades que podrá contar entre sus referentes de identidad la realidad de un árbol, el único y más fiel exponente del patrimonio natural.

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En su honor, las Fiestas de Retorno y del Samán se realizan en noviembre, porque así se recuerda que le ha llegado un nuevo sentido al pueblo, cimentado en otros atractivos y en su condición de pertenecer al Paisaje Cultural Cafetero. El balsaje en el río De la Vieja desde y hasta Piedra de Moler, el senderismo, las cascadas, así como la tranquilidad de su entorno urbano, lo convierten en un obligado punto de encuentro de las vías que vienen del sur de Colombia hasta el Eje Cafetero.


Roberto Restrepo Ramírez
LA CRÓNICA


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