Viernes, 23 Ago,2019
En profundidad / ENE 20 2019 / hace 7 meses

Un imaginado Quindío de andenes grabados

La segura pérdida de aquellos bellos diseños de pisos y andenes de cemento nos invita al reconocimiento de los últimos vestigios de aquel singular arte popular.

Un imaginado Quindío de andenes grabados

Municipio de Calarcá, centro.

Hace algunos años el semiólogo colombiano, Armando Silva, nos viene regalando sus trabajos escritos sobre el imaginario de los colombianos. Lo ha plasmado en sus libros y en sus artículos de prensa, refiriéndose a cómo desean los habitantes de una urbe a su ciudad. Sus anhelos y sus opiniones sobre las ciudades imaginadas son también las impresiones gráficas que los protagonistas urbanos han dejado en las marcas visibles de sus conglomerados.

Algo que reflejó el deseo de los habitantes de esta región del Quindío hace cien años —por lo menos a nivel de un gusto estético— se gestó en cientos de ornamentaciones de madera llamadas cielorasos y en un número considerable de grabados en los primeros pisos de cemento, al interior de sus casas o en los andenes públicos frente a ellas. Fue todo un ideario gráfico, de belleza visual, que hoy pocos valoran y conservan.

En cuanto respecta con los cielorasos, ellos se construyeron melodiosamente en la superficie superior de cada habitación de las casas de bahareque. No se ha encontrado en casa alguna la repetición del diseño geométrico en sus diversas habitaciones, lo que convierte a cada trabajo individual en un singular trabajo artístico, salido de la imaginación popular de cada artífice. En este caso se considera que fue un sencillo carpintero, o un avezado ebanista, o un romántico morador de cada residencia quien nos dejó esa herencia arquitectónica. Algo nos inspira ese legado, que pocos percibimos, y que está fundamentado en el simbolismo o en la realidad de aquella época de principios del siglo XX, cuando la tranquilidad, la sabiduría popular y hasta el valor de la abundancia se mezclaba con la estructura amplia de nuestras casas. Simplemente se hacía el trabajo, sin pensar que ello correspondiera al decoro o a la marca de la opulencia que hoy caracteriza a la construcción habitacional.

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Algo parecido ocurrió con los pisos interiores y los andenes de la época. Parece que ello sucedió en la segunda década del siglo XX, cuando entraron a lomo de buey o mula las mercaderías importadas que habían sido embarcadas desde Barranquilla hasta los puertos del río Cauca y Magdalena.  Venían con esos objetos o máquinas industriales otros elementos de construcción. Uno de ellos fue el cemento. Algunas familias refaccionaron sus fachadas de bahareque y también reemplazaron sus andenes tradicionales de piedra, sus zaguanas de tierra o fragmentos de sus patios por superficies encementadas. Allí, como ocurrió con los cielorasos, se presentó el encanto imaginativo, consistente en dejar el diseño original y versátil en el cemento fresco.

Ese detalle plasmado ha estado presente en todas las presencias culturales de la humanidad. En las cuevas de Altamira y Lescaux, lo que hoy conocemos como las pictografías más antiguas. Aquí en Colombia, en Chiribiquete, como nuestro más grande y valioso mural antiguo y de carácter sagrado de la Amazonia. O en los llamados petroglifos, que se encuentran varios desde hace dos siglos o menos en las piedras cercanas a las quebradas.

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Nuestros campesinos o humildes constructores, pero también nuestros abuelos que levantaron las primeras casas en los pueblos primigenios del Quindío, nos dejaron sus marcas culturales en los andenes y pisos internos de sus rústicas y bien elaboradas casas de bahareque.

La recuperación de dichos grabados fue entendida, como la urgente tarea, por una montenegrina inquieta en el año 1997. Ella había crecido en aquellas calles del municipio quindiano y había admirado, con su proyectada visión de artista y de componente arquitectónico con gusto estético, los andenes especiales de su pueblo. Y en especial, del interior del templo antiguo de San José, en la plaza principal. Helena Vargas Tisnéss comenzó entonces la singular labor de calcar los tramos pequeños o extendidos de andenes grabados.


Municipio de Salento. Una cuadra antes de la plaza.


Un Quindío imaginado en los albores del siglo XX se construyó poco a poco en aquellos pisos que tanto hemos trasegado, con o sin zapatos, sintiendo que esos grabados son el producto de la sana inspiración de nuestros ancestros.

Casi un siglo después, tras desastres humanos y naturales que han dañado o borrado de tajo esos testimonios, nos imaginamos otro panorama para revivir la expresión gráfica de tanta insignificancia para sus inventores. Ese panorama lo inició Helena en su juventud, lo continuó con sus estudiantes de la facultad de Artes de la universidad donde labora en Medellín y lo hemos retomado muchos quindianos para proteger ese patrimonio único del registro fotográfico y humano. 

Ese panorama es el del Quindío imaginado de hoy y que consiste en un acto sencillo y a la vez reverencial. Consiste en arrodillarse frente a los andenes para frotar las superficies donde están los diseños, utilizando materiales sencillos, cuales son una hoja de papel bond y un humilde lápiz. Tal acción también es conocida como frottage, lo que se transforma además en un producto artístico, que Helena y sus estudios elaboró en 1997, a través de una exposición llamada “Anden y Recuerden” y que se convirtió en serigrafías que ella depositó en cada una de las casas de la cultura de los municipios del Quindío.

Fue extraño ver, en esos instantes de provocación artística, a Helena y sus estudiantes hincarse de rodillas ante los diseños del pasado. Debemos entender, ayer y hoy, que tal ritual hizo y debe hacer parte de nuestra cotidianidad, para rescatar la fuerza imaginativa del pasado.

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Los diseños de pisos y andenes grabados no se encuentran solo en jurisdicción del Quindío. Su huella se imprimió en tantos caseríos de lo que don Alfonso Valencia Zapata llamó hace más de 50 años el Quindío histórico y que comprendió los hoy municipios norteños del Valle, como son Caicedonia, Alcalá, Sevilla y Ulloa.

El nombre señalado por Helena, para sus paquetes de serigrafías de las casas de la cultura, fue el más apropiado, aunque la exhibición de ellos nunca se realizó. Aún más, algunos se han extraviado o se han deteriorado y solo sabremos que se conserva un conjunto completo que Helena depositó en el museo de Oro Quimbaya, donde se pueden apreciar los diseños y figuras más llamativas de los municipios del Quindío.

El nombre “Anden y Recuerden” nos invita nuevamente a caminar por las calles del Quindío, para apreciar los escasos diseños que se conservan. Anden y andén son dos términos distintivos por una tilde, pero que nos rememoran la importancia de andar por el andén simbólico de nuestro pasado. Cuando los primeros habitantes decidieron dejar su impronta e ingenio en las figuras ideadas por ellos y que reflejan su mundo sencillo.

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Desde 1997 hasta nuestros días la mayoría de andenes han desaparecido por las obras de ornato que acometen en ellos los propietarios de las casas adyacentes. También se van con la perforación del taladro para instalar las redes de gas domiciliario. O simplemente son reemplazados por andenes nuevos, con decoración extraña, como ocurre actualmente en Filandia por el influjo renovador que impone el turismo.

La segura pérdida de aquellos bellos diseños de pisos y andenes de cemento del Quindío, y de otras poblaciones de los departamentos vecinos, nos invita al reconocimiento de los últimos vestigios de aquel singular arte popular. La siguiente es una lista parcial de dicho mosaico de rasgos vernáculos.

Armenia solo conserva dos tramos pequeños de andenes grabados de las primeras décadas del siglo XX. El primero está en el andén de una cafetería llamada El Guabanazo, en la carrera 16 número 11-69. Su figura destacada es única y no se ha reproducido en otro andén del Quindío. El segundo tramo está sobre la carrera 14, cerca de las instalaciones de la sede de Fenalco.

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El diseño de andén que más se repite es la figura de un racimo de uvas. Se encuentra en la mayoría de los municipios, lo que nos invita a pensar que el rodillo de fina madera donde se tallaba esa impresión fue prestado o en otros rodillos lo copiaron. El racimo de uvas ha sido registrado, frotado o fotografiado en andenes de Montenegro, centro y sector del hospital de Calarcá, en Circasia, en una cuadra anterior a la plaza de Salento y en un andén interno de la fachada de una casa rural de Filandia.

Varios dibujos han llamado la atención por ser exclusivos y no repetidos. El más notorio es la figura del indio pielroja, que se ha identificado con el rostro del cacique Calarcá, y que se encuentra en el andén frente al hospital La Misericordia de la ‘Villa del Cacique’. En el andén cercano al colegio Sagrado Corazón de Jesús de Filandia, la imagen de un instrumento musical, la lira, nos hace pensar en el talante artístico de su artífice. 

Mientras tanto, uno de los andenes sobrevivientes de Córdoba, el de la casa de bahareque de don Delio Salgado, presenta la graciosa figura de una jarra o vasija. Uno de los pocos diseños zoomorfos, el de un pato, se encuentra en el andén y piso interior del zaguán de una casa urbana de Génova.
 


Córdoba.


Un caso especial corresponde a Salento, donde se encuentra la única plaza principal con diseños antiguos, lo que saldría del parámetro de los andenes.

Si se debe hablar de imágenes bellas, la flor que se representa en dos andenes de Filandia —uno en la Calle del Tiempo Detenido y otro en la Calle del Convento— se puede catalogar como la que ocupa el lugar más sobresaliente.

Diseños de pisos internos de casas, de patios, de andenes y de plazas del Quindío, con la tradición de más de 80 años, constituyen uno de los registros de iconografía para el turismo más relevantes de la región. Solo nos debemos disponer a calcarlos, frotarlos o fotografiarlos para la conservación de la memoria histórica y visual.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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