Sabado, 16 Feb,2019
En profundidad / DIC 23 2018 / Hace 1 Mes

Una calle con personalidad turística y patrimonial

La denominada calle del Tiempo Detenido es un sinónimo de turismo en Filandia.

Una calle con personalidad turística y patrimonial

No es una calle cualquiera. Es la vía —en extensión de cuadra y media— que marcó desde hace siete años el inicio del turismo masivo en el municipio de Filandia.

Tampoco es la calle signada por un término de la toponimia, como se encuentran en todos los pueblos del Quindío. Verbigracia, la falda de Las Arrugas en Armenia o la Calle Real en cada municipalidad, para referirme solo a dos ejemplos del múltiple listado que existe.

Y no es la calle de la tradición, como se registran ellas en ciudades históricas o patrimoniales. Es la calle del Tiempo Detenido, en la Colina Iluminada del Quindío. Su denominación ya es sinónimo y símbolo del turismo en el país, como que es el principal referente de orientación para el visitante que arriba a Filandia, el pueblo que además de ser uno de los pocos que tiene Certificado de Sostenibilidad Turística, está considerado en este momento como el más competitivo en esa materia en Colombia.

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La Calle del Tiempo Detenido no es un emprendimiento turístico más. Su permanencia física del patrimonio arquitectónico tradicional le valió la gestación del curioso nombre, y desde ese momento la nominación semántica le permitió, silenciosamente, activar un proceso de apropiación social bien interesante. Lo irónico es que hoy, por cuenta del turismo, ese proceso está en peligro.

A principios del siglo XX, esta calle era vital, ya que por allí se llegaba a otra de mayor impacto fundacional, llamada la Calle del Empedrado, y conectaba con los caminos determinados por el Paso del Quindío, siendo también ellos los que llegaban a las diferentes estancias rurales que se dirigían a la hoy capital de Risaralda. Por tal razón, se hablaba de la salida a Pereira, porque además todas las conexiones comerciales e institucionales se daban con esa ciudad y —en extensión— con Manizales, la capital del antiguo departamento de Caldas.

A partir de los años treinta, los senderos históricos fueron relegados por los nuevos medios de transporte. La Calle del Tiempo Detenido entró —como las demás— en un letargo que le otorgó la tranquilidad que caracterizaba a todos los municipios de la región.

Transcurrían los años y los habitantes de aquellas casonas antiguas también seguían su paso normal de vida provinciana. Solo el caminar de algún transeúnte por la calle despertaba el interés de sus sosegados moradores, lo que obligaba a curiosear a través del pequeño postigo entreabierto de sus ventanas, para mirar tímidamente hacia el exterior.

Es ese uno de mis mejores recuerdos de Filandia antiguo: “Postiguear”, que es lo mismo que avistar las pequeñas cabecitas que se perfilaban entre la semioscuridad del interior de la casa, contra el póstigo que no se abría del todo. Póstigo, uno de esos detalles de la arquitectura de bahareque, que hoy tampoco se valora y mucho menos se conserva.

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En el recorrido histórico de aquella calle, encontramos que recibió el nombre de Bolívar en los primeros años del siglo XX, asociando ello al recuerdo del ‘Paso del Libertador’, que transitó aquellos parajes el 5 de enero de 1830, cuando no se habían proyectado ninguno de los actuales pueblos del Quindío colonizado.

El hito más importante de la Calle del Tiempo Detenido con relación a su reciente denominación, sucedió en 1987, cuando el productor de cine Lisandro Duque Naranjo visitó el municipio de Filandia y escogió la calle como locación para grabar una de las escenas de su película “Milagro en Roma”.

Un grupo de ciudadanos filandeños, interesados en el rodaje de aquella filmación, preguntamos a Duque sobre su escogencia. En plena calle, con sus casas como testigos, Duque nos respondió claramente: “¿No se han dado cuenta que esta calle se detuvo en el tiempo?”.

Desde ese momento, la fuerza del nuevo nombre motivó a sus moradores a conservar fielmente sus casas, con fachadas y estructuras interiores.

En la película, basada en un cuento del Nobel Gabriel García Márquez, se ven claramente los balcones de aquella calle. Y en especial, uno de sus habitantes tradicionales asomado en la ventana con otros miembros de su familia. Se trataba de don Salomón Román Peláez, la cabeza de un gran tronco de abolengo y que ha dejado descendientes de valía en el municipio.

Desde 1989, cuando la película fue presentada oficialmente, y hasta 2012, cuando comienza el periplo turístico en Filandia, la calle, con sus casas, sus historias, costumbres y relatos guardó la esencia original.

Lamentablemente, desde 2012, el turismo mal planificado viene mostrando su influjo negativo. Algunas casas siguieron el ejemplo de la Calle Real de Salento. Fueron destruidas para levantarlas de nuevo, fueron refaccionados sus interiores para transformarlos comercialmente y se han colocado los faroles españoles en sus fachadas, falseando así la autenticidad arquitectónica.

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El nombre del Tiempo Detenido no debe ser un factor del turismo que avasalla. Debe seguir siendo un nombre de origen patrimonial que no solo privilegie al ornate o la estética de las nuevas construcciones. Como eso no se ha dado con la participación de sus habitantes, encontramos hoy un panorama de intervención inadecuada que ha sacrificado algunos valores de lo arquitectónico y del patrimonio inmaterial. Así es como solo cuatro casas conservan su estructura interior sin modificaciones. Ellas son la de la señora Edelmira Brito, la longeva de cien años cumplidos, y tres casas más que están a la venta. Lo grave es que si las transacciones comerciales se protocolizan, los nuevos dueños no tendrán en cuenta los aspectos arquitectónicos a conservar.

Si dentro de una estrategia de permanencia de condiciones de un Título de Sostenibilidad Turística no se tienen en cuenta factores patrimoniales, lo que hace destacable la Calle del Tiempo Detenido, esta  puede desaparecer en el marco de la fidelidad histórica, así como otros aspectos vernáculos de aquellos 130 metros de extensión de la calle más famosa de Filandia. Entre ellos, los relatos constructivos de cada casa, las historias de vida de sus moradores y los detalles de la cultura popular.

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Entre ellos, uno de los más recordados, el de su perra guardiana fiel, “la mona”, animal que se sentaba con pose humana y que robó muchas fotos curiosas de los turistas. O el único andén de piedra auténtico de la arquitectura tradicional, frente a la casa del último artesano de la cestería que allí residía.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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