Martes, 15 Oct,2019
Opinión / JUN 07 2016

Esclavos del siglo XXI

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Han pasado dos siglos desde que se aboliera la esclavitud en el Imperio Británico, 60 años desde que la ONU firmara la Convención Suplementaria sobre la Abolición de la Esclavitud y 26 desde la entrada en vigor de la Convención sobre los Derechos del Niño. 

El artículo 4 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 establece que “nadie será obligado a ser esclavo o a servir; la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidos en todas sus formas”. Pero la realidad vuelve a ganar el pulso al papel: en pleno 2016 hay 168 millones de niños esclavos, según cifra la Organización Mundial del Trabajo, OIT.

Las formas modernas de esclavitud son diversas. Muchos de los menores son víctimas de trata, forzados por otras personas a ejercer la prostitución o actividades ilegales como la mendicidad organizada o el tráfico de drogas; otros trabajan para pagar deudas familiares o son obligados a casarse, a tomar parte en conflictos armados como niños soldado o a servir en casas a cambio de alojamiento y comida.

“El comercio trasatlántico necesitó cuatrocientos años para llevar al Nuevo Mundo a doce millones de esclavos africanos, sin embargo, en apenas diez años, se calcula que cerca de 30 millones de mujeres y niños han sido objeto de trata solo en el sudeste asiático”, escribe Kevin Bales, fundador de Free the Slaves, en La nueva esclavitud en la economía global. Nepal es un claro ejemplo de ello. Cada día, entre 30 y 40 mujeres caen en las redes del tráfico, entre 12.000 y 15.000 al año.

De esos 30 millones de personas víctimas de la trata, un tercio de ellas son menores y, de cada tres menores traficados, dos son niñas. Un negocio que genera anualmente más de 30.000 millones de euros.
Se estima que unos 40.000 ciudadanos españoles viajan cada año al extranjero para tener relaciones sexuales con niños, niñas y adolescentes que son obligados a prostituirse.

No somos testigos directos, como tampoco vemos la esclavitud reflejada en las pantallas de nuestros smartphones. “Los fascinantes escaparates y anuncios de las tecnologías de vanguardia contrastan acusadamente con los niños cargados con bolsas llenas de piedras y los mineros que desfilan por estrechos túneles excavados artificialmente, expuestos a sufrir daños pulmonares permanentes”, apunta Mark Dummett, investigador de Amnistía Internacional sobre Empresas y Derechos Humanos.

Dummett nos traslada a la República Democrática del Congo, donde se encuentra cerca del 80% de las reservas mundiales del cobalto con el que algunas grandes empresas tecnológicas fabrican las baterías de nuestros teléfonos móviles, tabletas y ordenadores. Más de la mitad de cobalto del mundo se produce en el país africano. En sus minas trabajan 40.000 menores, según los últimos datos ofrecidos por Unicef.

La OIT, por su parte, ya está preparando el terreno a través de un proceso de consultas que llevará a la publicación de nuevas estimaciones sobre trabajo infantil y trabajo forzoso en 2017. Mientras, los 168 millones de niños en situación de esclavitud esperan a que la canción deje de sonar.


Laura Zamarriego Maestre
@LZamarriego
Columnista invitada


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