Domingo, 25 Ago,2019
Editorial / MAY 23 2019

Agenda propia

Uno de los mayores retos que ha tenido que enfrentar el mandatario de los colombianos, desde el 7 de agosto del año pasado, ha sido que los ciudadanos crean y sientan que quien decide es él.

Agenda propia

Cuando un alcalde, gobernador o presidente no es capaz de diseñar, marcar y administrar su propia agenda de gobierno, genera una, casi siempre imposible de borrar, sensación de desconfianza y provoca un desorden institucional, es como si hubiera abandonado el poder estando en ejercicio del cargo autorizado por el pueblo que lo eligió o el decreto que lo autorizó. 

Una cosa es el diálogo abierto, escuchar los diferentes sectores, conciliar posiciones y exponer ideas en mesas de trabajo antes de volverlas decretos, y otra, muy diferente y altamente nociva, mover el cuerpo y la mente en la dirección que sopla el viento o gobernar acatando razones y apagando incendios, dedicarse solo a estampar firmas o convertirse en un mandadero.

Quien acepta gobernar un territorio no puede permitir que su nombre tenga como apellido el nombre de alguien más, que se vuelva verdad el rumor de que existe alguien a la sombra incidiendo y decidiendo, que hay otra persona a quien se le debe consultar todo, que alguien manda en cuerpo ajeno. Esa es la sensación que cada vez cobra más fuerza en el plano local y nacional.

El presidente Iván Duque Márquez, por ejemplo, parece no haber encontrado todavía una agenda propia, muchos son los hechos y personajes que han determinado el rumbo de sus primeros meses de gobierno. Uno de los mayores retos que ha tenido que enfrentar el mandatario de los colombianos, desde el 7 de agosto del año pasado, ha sido que los ciudadanos crean y sientan que quien decide es él y no el fundador de Centro Democrático, aunque no le ayudan varios de sus ministros, ni la vicepresidente, que sin querer queriendo, se ha referido a Uribe como el presidente.

Duque Márquez, hombre decente, ha permitido que, además del expresidente antioqueño, muchos sean los que diseñen su agenda: Trump, Guaidó, Maduro, los ministros de Hacienda y de Defensa, el presidente del Senado, la JEP, el exfiscal y hasta el New York Times. Odiosas y muchas veces improductivas son las comparaciones pero el anterior inquilino de Palacio tuvo una agenda titulada paz y no la movió pese a los fuertes vientos en contra con los que tuvo que navegar como los acuerdos de La Habana, el plebiscito por la paz y Odebrecht, Santos gobernó con agenda propia; y más atrás, Álvaro Uribe Vélez estuvo ocho años en la Casa de Nariño al ritmo de su agenda: la seguridad democrática, nunca hubo la sensación de un poder a la sombra o de que tenía que acatar órdenes de alguien.

Tener agenda propia es tener autoridad moral e intelectual para gobernar un territorio, como no tenerla es una irresponsabilidad mayúscula con consecuencias que, como suele ocurrir, pagan primero y con la tasa de interés más alto los ciudadanos. Uno de los más elementales raseros para medir la capacidad y productividad de un gobernante es su agenda, cuando, por más que se busque, no se encuentra en esta un tema grueso, creíble, permanente, inspirador y transformador, la balanza de su gestión estará inclinada, sin posibilidad de enderezarse, hacia la columna del debe.

Nos alistamos para elegir a quienes determinarán el rumbo del departamento del Quindío y los doce municipios durante los próximos cuatro años, muchos son los nombres de precandidatos los que suenan, lamentablemente muchos de ellos con apellidos diferentes a los de sus padres biológicos. No es una buena señal que cuando se mencione el nombre de un precandidato, acto seguido aparezca en la conversación el nombre o apellido de quien patrocina esa candidatura, de un particular que la avala, o de un padrino o madrina que la alienta; esa es ya una señal de que de llegar al poder ese precandidato no gobernará con agenda propia.

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