Martes, 21 May,2019
Opinión / AGO 15 2010

Héctor Ocampo Marín

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Me parece verlo llegar a esta cita, con su pausado andar, su indescifrable sonrisa y su mirada inquisidora y penetrante, porque así era Héctor Ocampo Marín, el pereirano que vio la luz primera en la casa solariega de don Pedro Ocampo Castro y doña Rosita Marín de Ocampo, el viernes 10 de agosto de 1928. Faltándole 5 días para cumplir los 82 años se nos anticipó en el único camino inevitable y cierto, y nos precedió en la fe y ahora duerme el sueño de la paz. Regresó en este 72 aniversario de la fundación de Santafé de Bogotá,  a “La Ciudad maternal que con las alas abiertas siempre acoge a los hijos de esta Colombia eterna”, como él mismo lo cantara.

En mi condición de presidente de la Academia Patriótica Antonio Nariño y del Instituto Sanmartiniano de Colombia, entidades a las cuales perteneció y fue su directivo, y como su colega de la Academia Colombiana de la Lengua y compañero de lides periodísticas, vengo a rendirle, en nombre de sus amigos, el homenaje de nuestro afecto, de admiración por sus obras y de cariño por su amistad sin sombras.

Bien sabemos que la tumba de los grandes hombres, y eso fue Héctor Ocampo Marín, es el corazón de los vivos.

Conocí a Héctor recién fundado en Bogotá el diario La República, en 1954, donde se destacó en todos los cargos periodísticos de dirección intelectual y administrativa, los cuales culminaron en la dirección del suplemento literario del Dominical de La República, el cual orientó por más de diez años, y  por la selección humanística de sus escritos superó a todos los pares que por esa época se editaban en nuestro país.

Allí se mostró como consagrado periodista, ensayista, novelista, poeta y mecenas. Son numerosos los escritores de prensa y de literatura que formó y le deben a Héctor Ocampo Marín el haberlos dado a conocer, porque una de sus grandes virtudes era precisamente la de su generosidad sin egoísmos. El no conoció el pecado del pesar del bien ajeno. Su principal atributo fue el de la amistad.

Héctor Ocampo Marín , como ciudadano se destacó como un gran patriota. El sintió y vivió que la patria empieza donde uno nace, por eso como buen nativo quiso y amó a su tierra y así lo expresó en el inspirado y bello texto, El poeta de la ruana y su memoria de Pereira.

Sus veinte libros sobre historia, literatura, ensayos novelas, cuentos, poemas y sus Odas históricas dedicadas al Libertador y a nuestro ilustre Precursor don Antonio Nariño, son un bello ramillete de producciones donde está el alma y la vida de este noble amigo a quien hoy le decimos hasta pronto.

Como gran bolivariano, aplicó las máximas del héroe: “Yo poseo el sentimiento de la amistad y de la gratitud”. “La amistad tiene en mi corazón un templo”. “La amistad es preferible a la gloria”.

Lo escribió el evangelista san Juan: “En el principio era el verbo, y el verbo era Dios. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Héctor Ocampo Marín, quien se realizó como padre amantísimo, patriota eximio y amigo incomparable, regresó a Dios después de haber dado testimonio de la luz.

A su esposa doña Melva Villegas de Ocampo, a sus hijos, Francisco Javier, Héctor, María Cristina, Juan Carlos, Pedro Hernán y a sus nietos: Carolina María, Héctor Nicolás, Pedro José y Eduardo, hacemos llegar el testimonio de nuestra solidaridad y de nuestra permanente compañía.

“Más qué decir delante de esta urna
donde reposa en forma taciturna
su alma esplendorosa y solitaria.
 Arda sólo un silencio de madera,
Y en lugar de una sílaba postrera,
Digámosle en silencio una plegaria!”


Antonio Cacua Prada
Columnista invitado


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