La indolencia que se advierte en la sociedad quindiana, la renuncia a la crítica o al disenso en la mayoría de los actores de nuestro diario acontecer; bien pudieran encontrar su sustento en la errada interpretación del pasaje bíblico contenido en el capítulo octavo del libro de San Juan.
Narra el evangelio que los letrados y fariseos interesados en comprometer a Jesús, llevaron ante Él a una mujer adúltera y le preguntaron si en cumplimiento de la ley de Moisés, deberían apedrearla. El que esté sin pecado que tire la primera piedra, respondió Jesucristo, y uno a uno fueron escabulléndose quedando solo Jesús con la mujer, a quien inquirió: ¿Dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?
No critiquemos para que no nos critiquen, no nos opongamos para que no se nos opongan, no disintamos para no hacernos visibles y señalables, y en general, pasemos de agache acogiendo la teoría física de que a menor fricción, mayor rapidez en el desplazamiento. Esa parece ser la facilista consigna de nuestra sociedad.
La crítica solo surge entonces, desde la perversa construcción de los anónimos o seudónimos, de quienes detrás de sepulcros blanqueados por la inexistencia, arrojan piedras forjadas por el odio y las pasiones.
Lo que Jesucristo desautorizó no fue la crítica ni la objeción, su intervención pretendía impedir la condena y propiciar el perdón.
La falta de crítica y el temor al disenso, permitió recientemente que toda una sociedad fuera engañada por el quimérico sueño de una formidable generación de empleo, y el anuncio y ofrecimiento de significativos ingresos y honorarios para algunos; permite que ejecutivos anquilosados ya por las décadas de permanencia en sus cargos, no se sientan obligados a ejecutorias que justifiquen y defiendan su continuidad; auspicia el desaparecimiento de los gremios, que fueron desdibujándose por su falta de presencia y participación; impide el surgimiento de líderes de opinión; facilita que los gobernantes no se enteren del malestar que causa, el que personas ajenas a sus gobiernos pero cercanas a sus sentimientos, ostenten el poder del Estado y su capacidad de injerencia y determinación; oculta que los ciudadanos reclaman una mayor actividad y dinamismo de los nuevos burgomaestres, algunos de los cuales parecen adormecidos por la insuficiente justificación de los empalmes, que bien debieron haberse surtido entre la elección y la posesión.
El llamado es pues a que no renunciemos al derecho a criticar y disentir, eso sí, con argumentos, ánimo constructivo y respeto. Creemos escenarios de discusión y de análisis, al mejor estilo de la antigua Grecia, y propiciemos que los gobernantes entiendan la crítica y el desacuerdo, no desde la perspectiva de su obligación de escucharla, sino como su justo derecho a conocerla.