Lunes, 22 Jul,2019
Opinión / JUL 11 2019

A los héroes ignorados

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En uno de aquellos laberintos literarios, donde ofrecen libros nuevos y usados, encontré una obra que me causó curiosidad. El título: Diario de un recluta, del escritor boyacense Mario Perico. 

El texto se publicó en 1969, cuando se celebraba el sesquicentenario de la independencia. Su contenido llama la atención, por ser una autobiografía de ficción con una temática pocas veces tratada. 

La obra narra las peripecias de Anatolio Tibaduiza, humilde arriero a quien la chispa del patriotismo le hizo trocar la lidia con las bestias de carga por un fusil y una lanza. Así se transformó en uno de aquellos soldados libertadores, héroes anónimos pues nadie perpetuó sus nombres en los anales de aquellas gestas. De ellos no se conocen sus incontables sacrificios y privaciones. Tampoco su entrega desprendida a la causa libertaria, ajena a galardones, prebendas o riquezas que sus hijos heredaran. 

Anatolio describe la dureza de los primeros años de los niños de su tierra en tiempos de la independencia. Infantes que una vez soltaban los pechos de sus madres labraban la tierra, recogían agua del pozo y cuidaban ganado. Todo ello, bajo el régimen agrio de sus padres quienes los veían como peones y no como sus hijos. Niños tristes, sin infancia, que huían a temprana edad en busca de otros horizontes, ofreciendo su mano de obra en las haciendas o emigrando a las ciudades. 

Anatolio emprendió una aventura que le llevó a trabajar en la arriería. Así conocería en Pore, Casanare, al célebre Ramón Nonato Pérez, héroe de muchos combates quien le propuso incorporarse en el ejército libertador. De ahí en adelante, el ficticio recluta narra con detalle sus aventuras. Del paso de las tropas por los Andes, dice “[…] Una larga y conturbada fila de caminantes, andrajosos y mustios, tomados de la mano, era lo único que se podía contemplar y compadecer. El viento, Caifás de mil bocas, soplaba infatigable hora tras hora. Azotaba con su lengua rasposa lo mismo al sargento que al general, a la mula vieja o al potranco joven, a la cocinera carnosa o a la Juana quinceañera y vivaz”.

Pero es el anuncio que hace el héroe imaginario, al inicio de la obra, el que llama la atención: “[…] Mis palabras seguramente van a pasar inadvertidas. Con ellas, relataré la pequeña historia de las emociones, amarguras y alegrías, del pueblo que acompañó a su Libertador haciendo grandes sacrificios. Pondré a hablar a los de quimbas y alpargatas. […] El camino de los libertadores fue hecho por muchas manos y por muchísimas almas. Y el espíritu de los humildes me reclama que hable de ellos”. 

Razones tuvo el poeta Alfonso Robledo, al rendirles un homenaje en su obra A los héroes ignorados. Así, cierra esta maravillosa composición: “A los modestos héroes cuya existencia oscura no inmortaliza el bronce, Colombia agradecida”.

* Miembro Academia Colombiana de Historia Militar


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