Miércoles, 18 Sep,2019
Opinión / SEP 11 2019

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Cuando las personas empiezan a interactuar entre sí, desde el seno mismo de la familia y más adelante en otros colectivos como lo son la escuela, la universidad o el tecnológico, el ámbito laboral, deberían tener un espacio constante en el cual se les vaya inculcando la importancia de canalizar los buenos sentimientos y la solidaridad de tal manera que se conviertan en una gran fuerza que sirva para construir y compartir por el bien de todos y no esa soberbia con la que se van llenando muchos de los que cuentan con mayor suerte en la vida o ese odio de los que no tienen la misma suerte.

No me refiero para nada a alimentar la pereza y la desidia de tantas personas que solo tienen encendida la llama de la envidia y la rabia y detestan a los que merecen lo que tienen porque se lo han ganado limpiamente con su trabajo y constante esfuerzo. Estoy invitando a apoyar a quienes desean y demuestran su intención de progresar sin alimentar la vagancia ni el odio de quienes todo lo quieren regalado. El apoyar y dar fuerza y ánimo no incluye ser incondicional con quienes solo manipulan y desean la destrucción y la ruina de todos —ese tipo de sujetos deberían ser obligados a trabajar por el bien común, obvio, dándoles alimentación y techo digno, en vez de estar vagando y repartiendo vicio y tragedia y dañando a la sociedad— pero sí debería ser asunto de Estado, la calidad de la educación encauzada a ser una sociedad sana y feliz: toda persona debe aprender a trabajar en equipo desde muy niño; todos deben tener capacitación en temas de administración con honestidad pues todos tendrán que cuidar sus recursos y los de otros y eso no es un tema para aplazarlo o seleccionarlo solo en la universidad; temas de nutrición —para aprender a comer sano desde temprana edad y así mismo cultivar y producir sano—, temas de ambiente y responsabilidad —para cuidar la naturaleza como algo inherente a la vida misma y no permitir dañar sus recursos—. Como decía un sabio indio amazónico: “Cuando se agoten los recursos, el hombre entenderá que el dinero no se puede comer, ni beber ni respirar”. En el pénsum escolar debería haber más música y arte y menos cálculo y álgebra. Se debe enseñar a pensar y a ser felices y no a sentarse en un salón a oír una repetición loruda, muchas veces de personas cansadas y poco motivadas y además con la irresponsable actitud de desviar las mentes de los niños hacia la envidia y el egoísmo. Hay que hacer deporte, aprender a comunicarse, hay que manejar conflictos, en fin, hay que desterrar lo que destruye corazones, desde la infancia.


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