Martes, 16 Ene,2018

Opinión / ENE 12 2018/ Comentarios

Cerrar los ojos para ver

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José Nodier Solórzano Castaño

A veces es mejor cerrar los ojos para ver la impertinencia de esta realidad. Cerrar los ojos para repudiar, en silencio, la crueldad de un entorno manchado de sangre. O cerrar los ojos para no ver cómo delegamos nuestras vidas en la maliciosa tersura de una mano enguantada.

En la época electoral en Colombia, en este tiempo de guerra de chequeras, lo peor del colombiano mana de la tierra. Si miramos hacia Bogotá, donde se escala la guerra verbal de los candidatos, y donde la mentira florece en las materas de las redes sociales, vemos a un candidato, al quemador de libros, despreciado por sus propios amigos, arrinconado y marginado por quienes en un pasado reciente lo miraban con la condescendencia del par. Mandadero de ellos, de sus jefes virtuales, los dos halcones hoy lo picotean porque sus guarismos no trepan como ardillas por las ramas de las encuestas.

En el otro lado está su antípoda, víctima de sus procuradoras de resentimientos. Valiente y lúcido para hablar de la injusticia social o del cambio climático, su nombre está labrado en las pétreas superficies de la egomanía, allí donde empieza el culto a sí mismo y termina la ilusión colectiva. Su palabra poderosa y sagaz se enreda en las veraneras del yo, en los retruécanos de su propia ambición.

Y más allá de ese paisaje de pequeños reyezuelos de vereda, un muñeco, vestido de tecnócrata idóneo, recorre el país con su patrón para decir, renglón por renglón, la oración del odio y la venganza. Parece un muñeco de ventrílocuo, de aquellos que arrastran las palabras en la lengua y en la garganta del otro, y que habla de un país que no debería ser el suyo. Al mirarlo, escudriñamos lo peor de lo que somos: simuladores, vengativos, impostores, y arribistas. Hacemos lo que sea menester para conquistar la migaja del poder.

Por otro paraje cruzamos la mirada con un energúmeno, quien le vendió su alma a la politiquería y cuya voz se levanta para reclamar un trono que, según su voz de trueno, le pertenece por cuna. Y por la calle de enfrente, como si fuera un poeta solitario, un hombre vestido de estadista habla solo, como si sus sílabas pertenecieran a otraparte, extraviado entre la ambigüedad de sus eficiencias humanistas y la dudosa procedencia de su identidad. Mozart en la jungla.

Nada nos queda o poco. Tal vez mirar hacia la asepsia de lo neutral, que es solo una trampa de los sofistas o de los eclecticismos babosos de en medio de ninguna parte, como en la novela de ese nombre de Coetzee, donde una mujer violada vive en medio de un desierto ríspido. Al final no es el desierto, no es la aridez de la tierra, sino la resequedad del corazón.

Cerrar los ojos para no ver lo que pasa en nuestro patio propio, en esta batalla de cuentas bancarias, de oropeles marcados por la ignominia de su procedencia. Asistir, con nuestros ojos, al festival del dinero dilapidado en fotos y en graciosos favores minúsculos. 

Cerrar los ojos para no ver o para ver mejor. Para no ver en lo que estamos convertidos o para ver mejor la insensibilidad de nuestros pareceres, como si le hubiéramos vendido el sentido común al diablo del rédito inmediato. 


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