El pasado viernes se celebró el cuadragésimo aniversario de la institución educativa Marcelino Champagnat, que durante cuatro décadas ha contribuido de manera constante y significativa a la formación de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes del municipio de Armenia.
Marcelino José BenitoChampagnat Chirat nació en Francia en 1789 y se hizo sacerdote a sus 27 años. En 1817 participó activamente del proceso de creación de la Comunidad de Hermanos Maristas, que desde entonces ha tenido como carisma fundamental la educación y ha contribuido en varios países del mundo a la formación integral de diversas generaciones.
En el campo educativo fue un pionero con reconocimiento mundial, siempre abierto a lo nuevo buscando alcanzar mejores resultados en la tarea de formar personas. Tuvo logros importantes en materia educativa, entre otros, adoptó el método simultáneo-mutuo de enseñanza y una nueva metodología de lectura. Introdujo la enseñanza del canto en la escuela, la educación física, la teneduría de libros y la agrimensura. Algo fundamental en sus directrices pedagógicas, fue que hizo practicar la disciplina preventiva y prohibió todo castigo físico. Decía con frecuencia: “Para educar hay que amar”, frase que todavía constituye el lema de los educadores maristas en todos los países del mundo.
Es necesario entonces rendir un homenaje a la figura de Marcelino Champagnat y todo lo que ha representado su aporte en la historia de la educación; de la misma manera, reconocer socialmente la importancia de la existencia de instituciones como esa, que privilegian lo humano, exaltar el valor de la persona en su justa dimensión y procuran no solo entregar conocimientos, sino forjar las almas, pulir la voluntad, consolidar valores, estructurar principios.
Modelos de formación integral, no de mera instrucción, que se dirigen a todas las dimensiones de la persona y no solamente al aspecto intelectual; y que buscan educar para la vida, con todo lo que ello representa.
Instituciones así se convierten en faros que irradian luminosidad, en medio de las tinieblas del desmoronamiento institucional, la pérdida de valores y el deterioro de la dignidad humana. Son un referente de esperanza por la recuperación del valor de la persona, por la construcción de una humanidad fraterna, justa, solidaria…
Y si el amor es el marco formativo, si se piensa en los niños y niñas desde la ternura y la aceptación, desde el respeto y la comprensión, más todavía.
Esa frase pronunciada por Champagnat desde 1820, se encuentra plenamente vigente ahora… Tenemos que amarlos y amarlas, para hacer de ellos y ellas mejores personas… Para lograr que lleve cada uno y cada una al máximo la expresión de su potencial humano, afectivo y cognitivo; para que podamos hacer de cada ser humano una promesa para el mundo y logremos abordar las complejas problemáticas que plantean los tiempos modernos, con una mirada más serena y bondadosa. Hay que amarlos siempre, en su dificultad, en su rebeldía, en su búsqueda de sentido, en su falta de interés por muchas cosas, en su irreverencia… Si Dios amó al hombre hasta el límite, y lo sigue haciendo ¿cómo podemos quienes educamos (padres, madres, maestros) hacer algo distinto?
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