La humildad es una virtud cuando alguien reconoce sus limitaciones, en la personalidad o en el conocimiento, para no pretender lo que no es o tratar de hacer lo que no sabe hacer. La otra, la de agachar la cabeza ante el poderoso, por necesidad o por temor, tiene otra connotación: cobardía.
A Jesucristo se le atribuye una humildad sobre la que hay serias dudas. Presentarlo como humilde es una estrategia de las jerarquías religiosas para inducir a la feligresía al sometimiento ciego a sus directrices. Lo de poner la otra mejilla es una metáfora del evangelista, que hay que recibir con beneficio de inventario. Además, hay que tener en cuenta que lo evangelistas, que eran como los periodistas o el departamento de prensa del Señor, en sus actividades proselitistas, redactaban sus crónicas atenidos a la memoria, porque no había grabadoras ni llevaban libretas de apuntes. Es posible, entonces, que algunas cosas las entendieran mal, y los editores de biblias, para asegurar la sumisión de los fieles, hicieran versiones que magnificaran la humildad, inclusive con ofertas muy generosas de premios gordos en la otra vida. Que dependen de lo mal que se pase en esta.
La verdad, si se analizan bien las cosas, es muy distinta. Nuestro Señor Jesucristo no necesitaba armas ni actitudes agresivas para demostrar su poder. Éste lo tenía en la palabra. Por eso gobernantes, políticos y jefes religiosos le temían y se preocupaban por su ascendiente sobre la gente, que a la larga iba a destronarlos. Y como la violencia es el argumento de los que no tienen razón, y de los cobardes, lo mataron en una forma infamante, después de un juicio precario, sustentado en traidores y en testimonios pagados. Cualquier parecido con la actualidad colombiana es coincidencia. Que lo digan el vicealmirante Arango y otras víctimas de la perversidad que campea en los tribunales y en el alto gobierno, que meten a la cárcel a personas como él, basados en falsos testimonios y en anónimos, y mandan para la calle, con escoltas, carro blindado y sueldo, a una criminal sañosa como Karina.
¿Cuál fue el éxito de los conquistadores con los indios, para robarles el oro y despojarlos de sus tierras? Fomentarles la humildad por medio de la religión que les enseñaban los curas, para que a la postre los indios quedaran con la Biblia y los invasores con la tierra, como gráficamente lo dijo el cardenal Tutu, de Sudáfrica.
Vale la pena revisar ese concepto lastimoso y arrodillado de la humildad. Humilde es quien sirve a los demás sin intereses mezquinos y también el vencedor generoso. Y nadie, por pobre y desvalido que sea, debe renunciar a su orgullo personal. Lo poco que tenga para mostrar tiene derecho a pregonarlo.
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