De mi ciudad extraño varias cosas. Hacer mercado en la galería, donde me perdía entre los distintos puestos de verduras y frutas imaginando aventuras imposibles. Los olores de la plaza de mercado me remontan a mi niñez. Extraño mis idas al parque El Edén los domingos, y ya más grandecito, a las canchas de fútbol aledañas donde presencié partidos inolvidables. Añoro los picados sin árbitro en la polvorienta cancha del barrio La Isabela.
Extraño los helados de Jahel y de Sofía, el restaurante La Cabaña y el pandebono al lado; mis buenas caminatas por el barrio Granada y por el centro sin tanto vendedor ambulante y hippie dándoselas de artesano. Extraño hacer visita a la novia en el antejardín de la casa e invitarla a cine a los estrenos en el Yanuba o el Yuldana los viernes en la tarde. Extraño mis odiseas para ir a Los Pinos, en la entrada a Circasia, a visitar el entonces amor de mi vida.
Extraño el fútbol en el estadio San José, una plaza inexpugnable, dadas sus dimensiones. Recuerdo con cariño los equipos del “Pocho” Pianetti y Jorge Luis Bulic, luego los de “Tumaco” González, Carpene, Muriel, Campagna y Taverna. Recuerdo a Tílger, el último gran jugador que tuvimos por estos lares. Extraño la época en que sentíamos en que el equipo era de la ciudad y no de testaferros. Extraño los buses urbanos color naranja, los microbuses, y mis paseos hasta la Isabela en bus urbano a la edad de doce años a visitar a mi abuela, algo impensable en estos tiempos.
Extraño los lances en el barrio La Castilla, donde vivían las niñas más lindas de Armenia, las conversadas con amigos en el parque Fundadores hasta altas horas de la noche con un buen rock’n roll como telón de fondo y brandy Domecq como acompañante. Extraño Kalhua, Tierra de la Montaña, Fata Morgana, el Trovador, los Tejaditos. Comprar chucherías en Jota Gómez, soldaditos y ciclistas en el Ley, canicas y pelota loca en la cacharrería Ya; las discotecas con bola de espejos giratoria, entre ellas Quemada y Skylab.
Extraño las idas al río Quindío; las fiestas de Calarcá y las de La Tebaida; tomar cerveza en las tiendas de El Caimo, el club de Tiro, Caza y Pesca; las idas a la finca de mis tíos en Salento, toda una aventura; las acampadas, las comitivas. Echo de menos bajar caminando desde el colegio San Luis y detenerme a coger guayabas por los lados del Sena, ir a la cueva de arcilla y meternos al cementerio de San Pablo, contra expresa prohibición de los padres franciscanos, lo cual lo hacía más divertido. Extraño los circos y las ciudades de hierro, los partidos de básquet intercolegiado, montar en carretilla.
Añoro los juegos de barrio: guerra libertadora, ponchao, eliminatorias, gorros, banquitas. Recuerdo con emoción la época en que en Armenia se podía confiar en la vida buena, en la plata honesta, en las mujeres sin silicona, hasta que llegó el narcotráfico de las manos de Ledher y su combo, y se acabó la inocencia.
Extraño las cartas en papel con sus estampillas, las tarjetas en Navidad, las fotos impresas, los saludos calurosos, las buenas tertulias, montar a caballo, dormir hasta tarde, el magazín de El Espectador.
Coletilla. El director del PIN, un partido fundado en la trastienda del paramilitarismo, denunció a la fiscal Viviane Morales ante la Comisión de Acusaciones del Congreso por su relación afectiva con Carlos Alonso Lucio. Los pájaros tirándole a las escopetas.
Coletilla dos. Coronel Plazas, ahí tiene su democracia, maestro.
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