Sabado, 18 Ago,2018

Opinión / MAY 16 2018

Cuestiones de fe

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Don mayor de la mente humana, irrenunciable, de imposible control o limitación, es la fe, la antojadiza creencia en algo o alguien, al margen de la razón; a menudo, en contra de esta.

Las religiones, un ejemplo apenas, son acopios de dogmas arbitrarios, asumidos como verdad rotunda e inamovible por sus fieles. Obvio, discutir, polemizar, en semejante plano, carece de sentido. Creer, poco o nada tiene que ver con observaciones empíricas, con realidades objetivas, validables, contrastadas, ni sirve en algún caso para reclamar la razón. Aterricemos en nuestra caótica Colombia. Cualquiera pudo o puede aún creer, en la conveniencia social —como alternativa a la represión legítima, forzosa, cumplida por el Estado durante décadas, contra la narcosubversión—, de alcanzar acuerdos ‘políticos’ con organizaciones delincuenciales de fachada ideológica, bajo el plausible propósito de evitar más muertes inútiles, de desterrar de nuestra patria la violencia con pretexto político. La decisión y sus resultantes, continúan suscitando entre controversia y franco rechazo, no solo por su endeble sustento ético, por el sistemático pisoteo a la justicia punitiva —pilar de cualquier idea de estado a través de la historia—, y las desmedidas concesiones a los violentos, jamás arrepentidos, sino por el estado de cosas resultante, luego de firmados y puestos en marcha los funestos pactos.

¿Creer o no creer? La anhelada paz no llega; hechos violentos, amenazas, abusos, muertes, a manos de la narcosubversión, ahora también allende las fronteras, continúan; cultivo, tráfico y consumo de estupefacientes, minería ilegal, en destructivo avance —a propósito, ¿quiénes sustituyeron a los barones, a los grandes capos?, ¿por qué ese pacto de silencio entre autoridades y medios de información acerca de los actuales ‘patrones’ del negocio?—; el gobierno, de nuevo en la triste condición de abusado en otra mesa de humillación, por otra sigla con poder destructivo; incontables metástasis del cáncer de la corrupción… Se nos dijo y muchos todavía lo creen: La paz es un bien superior al cual debe subordinarse cualquier otro concepto, entre otros, la justicia. En expresión simple, si se persigue el apaciguamiento social, el cese de la acción criminal de los grupos armados, es aceptable la impunidad para sus miembros, no importa lo execrables, lo monstruosos, que hayan sido los delitos ni su comisión reiterada. ¡El todo vale; el fin justifica los medios!

¿Vale la pena el oprobioso, el indigno, sometimiento de las instituciones, de la justicia, al capricho de la delincuencia?, ¿sirven para algo los sapos digeridos y los aún pendientes de deglución?, ¿quedan arrestos éticos para disuadir a los transgresores de la ley, para exigir del resto de colombianos el cumplimiento de las leyes, cuando los delincuentes contra la humanidad más reconocidos, terminan alojados en los cómodos recintos de la jerarquía católica, burlando normas y autoridades?, ¿votar por quienes apoyan y se benefician de esta debacle, de este estigma de nuestra nacionalidad?, ¿qué y en quién creer? 

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