Del dicho al hecho
Autor: José Jaramillo Mejía
Andrés Pastrana Arango apoyó su campaña para la alcaldía de Bogotá en dos gerundios: “diciendo y haciendo”, con los que ofrecía a los electores la dinámica de “soplar y hacer botellas”, cuando en sus antecedentes políticos no había ningún cargo administrativo oficial. Es decir, que no sabía cómo funciona la burocracia en la administración pública, que tiene todos los resabios posibles y se da las más insólitas mañas para no hacer lo que el ejecutivo dispone, o hacerlo cuando le da la gana y a su manera.
Los políticos en campaña echan mano de las necesidades más apremiantes de la comunidad, para apoyar en ellas su promesa de redimir al pueblo. Es recurrente la vivienda propia, con la que sueñan todas las familias. Pero a la hora de la verdad las condiciones para acceder a ella están ligadas al sistema bancario, a los ingresos familiares demostrables y a ser el aspirante pobre de solemnidad; lo que contradice los dos puntos anteriores.
Porque nadie que viva del rebusque es sujeto de crédito. Y lo que el Gobierno hace es dar un subsidio, pero el resto del valor de la vivienda hay que pagarlo con un crédito bancario, sujeto a las condiciones establecidas. Pero si milagrosamente alguien consigue que le adjudiquen casa o apartamento, normalmente de la mano de un político en ejercicio, le entregan el inmueble a medio hacer: unos muros con instalaciones eléctricas y sanitarias, sin puertas ni acometidas de servicios, para que el beneficiario lo termine. En estos casos, y para hacer justicia, hay que destacar la labor de algunas fundaciones privadas, como el Minuto de Dios y Obras Sociales de Betania, por ejemplo, cuyos postulados anteponen la dignidad de las personas y no tienen intereses políticos o de enriquecimiento, como no sea crecer para ampliar su cobertura.
Otros caballitos de batalla de los promeseros electorales son la educación gratuita, incluidos alimentación y transporte para los niños; la salud, que obligatoriamente tienen que atender las entidades hospitalarias, a lo que le escurren el bulto, porque el Gobierno se demora años para pagar los servicios que prestan, abocándolas a la quiebra…Y ahora, en virtud del escandaloso 14 y pico por ciento de desempleo, los aspirantes presidenciales van detrás de esos tres millones largos de votos que están vacantes, ofreciendo dinamizar el gasto en infraestructura y estimular la inversión privada. Esta última rebajando los impuestos a los empresarios y facilitándoles la importación de maquinaria y tecnología, que es lo que hasta ahora se ha hecho, sin resultados en la generación de abundantes empleos estables y de calidad, porque el capital no está para hacer caridad sino para dar utilidades. Así las cosas, los inversionistas se quedan con los beneficios fiscales y patrimoniales y de aquello nada…En otras palabras, se le llevan al Gobierno la soga en los cachos.
Estos fenómenos —el desempleo y la inestabilidad laboral— provocan serios problemas de salud, por el estrés y la angustia: gastritis, alta tensión arterial, alcoholismo, tabaquismo, demencia, drogadicción, suicidios, etc.; son causa de conflictos intrafamiliares y de destrucción de hogares; y alimentan de efectivos humanos la prostitución, el narcotráfico y la guerrilla, entre otros. De modo, señores candidatos presidenciales, que con el problema del desempleo no se juega, porque más temprano que tarde explota.
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