Jueves, 19 Sep,2019
Opinión / AGO 23 2019

El ausente

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En todos los tiempos construimos a la medida, según el tamaño de nuestros huesos, infiernos propios y purgatorios compartidos. Propios porque vivimos de deseos infinitos y ansiedades que nos llevan a cercar el fuego que nos consume. Y angustias compartidas porque aceptamos, como borregos, los poderes externos que nos amilanan. Como bien lo dice Henry David Thoreau, el célebre escritor norteamericano de la Desobediencia civil: se podría definir el cielo como el lugar que los hombres evitan”.

Hace unos días en Calarcá, cuando la sociedad civil tomó su propia orientación y liderazgo en el campo de gestión cultural, surgieron como en cualquier lugar las miradas antagónicas dentro del ámbito político y, claro, las actitudes creativas de los ciudadanos. 

La administración municipal, soportada en el galimatías político que vive, en su encrucijada legal de tener candidato y fingir ante los entes de control que no, en su desespero de mantener el poder y de imaginar que lo pierde, de alguna manera desquició su norte y empezó a construir, con sus propias manos, el olvido que será.

En los días previos a la realización del pacto de la cultura, iniciativa de los ciudadanos de a pie de los corregimientos y de la cabecera municipal, intentaron algunos agentes del establecimiento local boicotear la convocatoria, estigmatizar a la Alianza por la Cultura y desdecir de otros ciudadanos, como si su deseo de participación en el debate político, a través de ideas, fuera una anomalía o un delito. 

Dijeron desde el Consejo Municipal de Cultura, un organismo integrado por una mayoría de contratistas del municipio, sin legitimidad democrática, que conversar entre ciudadanos y hacer acuerdos era un asalto a la legalidad. 

Pifiados están quienes creen que a la sociedad civil, levantada y entusiasmada por su propia dignidad, se le puede derrotar a punta de amenazas fútiles.

Los logros del pacto de la cultura son visibles: de los cuatro candidatos, tres asistieron y fueron amables y propositivos. Los tres manifestaron la necesidad de crear una secretaría de Cultura, y todos estimaron que se requieren más recursos para la cultura. Aceptaron el apoyo a organizaciones culturales autónomas, en contravía de esa manía, politiquera, de ejecutar recursos por la mano interesada de la contratación directa del ente territorial, un debate o ambigüedad que había dirimido hace más de veinte años el ministerio de Cultura, de acuerdo con su arquitectura institucional.

¿Quién faltó en ese pacto de los ciudadanos calarqueños?

El hijo ausente. El señor Luis Alberto Balsero, un hombre de bien, escuchó los cantos de sirena de su perdición. Atacó, a través de su asesor Alejandro Vásquez —una especie de J.J Rendón de Liliput o de Chagualá— a la Alianza por la cultura de Calarcá. Con su actitud, de estigmatizar a los gestores culturales, de minimizar a los artistas y de silenciar a la sociedad civil, mandó un mensaje de exclusión y soberbia que de nada le sirve a la Calarcá del futuro.

Firmamos los calarqueños un pacto por nuestra cultura, y ese no es un gesto menor ante la historia, como para que su hijo ausente, Balsero, el candidato patrocinado por el Cambio Radical de la ex gobernadora Sandra Paola Hurtado, lo ignore con la frescura de agraviar a los ciudadanos.

Luis Alberto Balsero, un tipo querido, se puso por decisión autónoma en el lugar equivocado. Desconoce nuestra historia y patea una tradición cultural que deseamos revitalizar.


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