Jueves, 20 Sep,2018

Opinión / SEP 14 2018

¿El español no existe en la escuela?

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Sí, eso se sabe: los noticieros colombianos viven de manipular el lenguaje, de provocar miedo profundo y de excluir. Roba, Cada Noticia de verdad. Pero no es mi tema. Tengo la convicción que se trata de la enseñanza del idioma español para formar ciudadanos hábiles para examinar los discursos, diestros para argumentar, sopesados en dar juicios, con cabeza fría y no ser muchedumbre fanática.

¿Qué hay en un texto escrito? ¿Saben los jóvenes interpretarlo? ¿Se dedica el tiempo a revisar sus textos? Poner un punto es aseverar y tiene tanta gravedad como firmar un documento sin leerlo. He leído cientos de textos de universitarios que llegan al primer semestre, —y he estado en los sitios más extremos de nuestra geografía trabajando con estudiantes, leyendo tantas páginas como tomos de la enciclopedia británica— los estudiantes no ponen una tilde en confusión, o pueden confundir confección con confesión.

El lector que los revisa descubre que la ortografía no existe, que la puntuación es copiada de un presentador de televisión que no piensa para hablar cuando escupe su veloz sarta de propaganda. Es curioso cómo en los textos de los jóvenes, que recién salen de las escuelas, la ortografía, la puntuación es código misterioso. Este aspecto está en el nivel de la redacción de las oraciones y su encabalgamiento una tras otra. Escriben como hablan, sus pausas son absolutamente arbitrarias como en el habla coloquial.

Función básica en textos argumentativos la cumple el interrogante. Aquello que debe ser resuelto pues es un problema. En el sentido de aspecto de la realidad, del mundo físico que se ignora. Es reiterado en los textos de jóvenes universitarios —inteligentes, con ganas de superar sus deficiencias idiomáticas— que les cuesta enorme trabajo escribir una pregunta que sea el comienzo de un texto argumentativo.

Y si se trata de una lectura en donde deban identificar los interrogantes que dan origen a la formulación de la hipótesis, el huérfano ortográfico —ya de por sí en triste abandono idiomático por sus tutores escolares—, se enreda, suda, se pone nervioso para indicar en cuál párrafo está la pregunta. En mis clases para superar este aspecto de estructura profunda, —en los niveles de argumentación—, empleo textos de Conan Doyle, maestro de la inducción y de la formulación de lo real como un problema.

Diestro en la actitud para conjeturar el mundo, así escribe en su escalofriante y cerebral Aventura del vampiro de Sussex: “Uno forma teorías provisionales y espera que el tiempo o el conocimiento las desacrediten”. Y este mecanismo esencial del pensamiento científico es una barrera para los jóvenes. Para lograr tal destreza, que exige muchas horas de trabajo, hay que revisar sus textos. La limitación de los jóvenes de Colombia con la escritura produce efectos sociales como la televisión y su manipulación del lenguaje y la emoción.

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