Domingo, 17 Dic,2017

Opinión / DIC 07 2017/ Comentarios

El librero Manolo

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Jairo Urrea Henao

"Los libros como alfombras voladoras."

 

Como dijimos en el artículo anterior en los años setenta Manuel José Sierra Rueda fue enviado a la Universidad del Quindío en calidad de profesor de teatro: trayendo entre sus maletas el método para el actor del dramaturgo ruso Konstantín Stanislavski; y una cantidad de libros que montó en un local vecino a la misma.

En los alrededores de la U sólo existía la Librería Primavera especializada en textos e instrumentos escolares de propiedad del profesor de matemáticas Diego Pareja, a quien los docentes le encargaban tratados académicos de sus áreas de saber. 

En el sitio, donde hoy funciona la fotocopiadora Multiplex, fueron exhibidos volúmenes de literatura, cine, teatro, política, sociología, antropología, filosofía, etc. Sobre improvisados estantes hechos con tablas colgadas de manilas.

La librería “El zancudo: ¡El único contra quien el gringo nunca pudo!” fue visitada inicialmente por profesores quienes se volvieron clientes de Manolo; y después tímidamente por estudiantes convertidos luego en deudores que eran registrados en un cuaderno.

El cuaderno de marca El Cid o Norma desaparecía misteriosamente de las gavetas de la única mesa donde atendía la “Mona Aguirre”, su secretaria y compinche. Cuando el propietario reclamaba la libreta de cuentas la “Mona” le recriminaba que en su eterno desorden él la empacaba con libros para entregar o en devoluciones a las bodegas de la capital.

Cuando algún estudiante estaba muy concentrado en una lectura le permitía llevarlo y que lo devolviera sin rayar o descuadernar. A sus amigos, que eran muchos, les obsequiaba ejemplares con dedicatorias afectivas en sus cumpleaños.

Se fue creando un ambiente de peña cultural donde clientes asiduos se trenzaban en disquisiciones literarias y políticas y en el fragor de los debates subrepticiamente emergía Leo Legris con el amigo de vidrio convirtiendo la tertulia en bravatas de erótico esparcimiento.

En una de esas bohemias apareció una joven rusa que después de tratarlo por algún tiempo exclamó emocionada: “¡Ojos claros, tez blanca, talle alto; y su generosidad, me recuerda a Lev Nikolaievich Mychkin!, el protagonista de la novela de Fedor Dostoievski”. 

Desde esa noche por la boca de sus mochilas indígenas asomaba Dostoievski, Chejov, Tolstoi, Gógol. Y frecuentemente se le oía decir que le había empezado a encantar la literatura rusa “con todas sus rusas”. 
La librería de Manolo en realidad fue una Biblioteca Pública en el Quindío.


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