Miércoles, 18 Sep,2019
Opinión / SEP 11 2019

El pazcicidio

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Tantas advertencias expresadas desde múltiples flancos durante el inicio y desarrollo de las malhadadas negociaciones con el farcterrorismo, no valieron para Santos ni para sus cómplices. La obsesión por negociar el país, prevaleció. Fue evidente desde entonces la impúdica decisión de resignar cuanto fuera necesario, aún los esenciales de la justicia y la democracia, para obtener la firma de los comandantes del terror en documento válido para un Nobel. A la mesa de La Habana llegaron derrotadas y sin honor ni dignidad, nuestras fuerzas armadas e instituciones republicanas. Allí, para deleite de los enemigos del país, fueron reos antes que interlocutores. Por banal que parezca, y de hecho los es, se trataba apenas de cumplir una ambición personal de un mandatario de corto entendimiento e ilimitada vanidad, en un proceso promovido por su hermano y socio político, Enrique. 

Y el coro de la izquierda, enquistada en diversos planos y vertientes sociales, dio inicio al festín, inventando un nuevo lenguaje, un léxico, una semántica, exculpatorios de la delincuencia narcoterrorista. La agresión del terror trocó a conflicto, sus autores, a combatientes, el secuestro, a simple retención... Desde el poder judicial, penetrado por el marxismo en trasnocho, a partir de mediados del siglo anterior; los mass media, surtidos de periodistas con vergonzante matrícula zurda; la intelectualidad académica y sus tribus primíparas, el gremio educativo en eterna pugna con su empleador, la curia, en deuda con la justicia, con Colombia entera, por sus perversiones sexuales e ideológicas, militares activos y en retiro, traidores de sus principios, los partidos políticos en crisis financieras, requeridas de una tabla de salvación, movidos todos por el deseo de sacudir la política nacional en provecho de su destructiva pretensión, alimentados en su codicia por ríos de mermelada, se sumaron a la falsa ‘cruzada’ pacifista, desconociendo el veredicto ciudadano en contra de los términos del imposible acuerdo. 

El bando anti-Colombia, celebró con ruido su apoteosis. Jamás, en su violenta historia imaginó la dimensión del logro: No solo hacían realidad los objetivos estratégicos de “combinación de formas de lucha”, obteniendo personería política preferencial, surtida de enormes recursos estatales, mediante presencia en el Congreso Nacional sin la engorrosa contienda electoral, en la cual los fusiles no cuentan, sino que preservaban su derecho, usado en simultánea, a permanecer en la ilegalidad, armados, cometiendo los delitos de siempre, ya calificados como conexos a la rebelión, traficando con narcóticos al abrigo de la ley y del vecino dictador, su socio delincuencial, ganando espacios de acción y destrucción en dos países, y de paso, profundizando la conflictiva brecha entre bandos irreconciliables en la sociedad colombiana. Lo realmente pasmoso, la cumbre de la desvergüenza y el perverso cinismo, es escuchar y leer a los traidores y a sus cómplices endosando sus culpas al actual gobierno, que si de algo es culpable, es de una mano demasiado blanda.


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