Opinión / Marzo 20 de 2017 / Comentarios

El placer del café

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Ángela María Alzate Manjarrés

El café nos convoca al encuentro, la calidez y la cercanía. Constituye el pretexto perfecto para retomar una conversación, cerrar un trato, dirimir un conflicto, buscar un acuerdo o incluso inaugurar un amor.


Su aroma nos conecta con lo puro, su temperatura eleva la nuestra y su sabor, único e inconfundible, tiene la capacidad de activarnos las neuronas y revolver los pensamientos.
De allí que el café sea tan placentero y más, cuando se acompaña de buena compañía y lindos versos.

Por eso, es motivo de alegría para Armenia que el Café Literario nazca de nuevo, esta vez en la institución universitaria EAM. Luego de haber hecho infusión durante cuatro años en la universidad La Gran Colombia, como homenaje al fundador Julio César García Valencia; y haber revivido el nombre del magnífico Julio Cortázar en otro espacio, tuvo un tiempo de suspenso. Surgió en 2013 nuevamente en la EAM, con la timidez que suele caracterizar a proyectos que requieren un tiempo para decantarse.

Y ha nacido otra vez, en el punto exacto de su exquisitez, con las voces de Judith Cartagena Ospina, Jorge Iván Quintero Salazar, Henry Villada Tamayo y el pasado viernes, con la palabra melodiosa de José Fernando Ramírez Cortés, apasionado por la música y el poema.

Encontrarse sin prisa, los viernes a las 3:00 de la tarde en la EAM, para compartir la bebida y hablar de poesía, muralismo, teatro, rima, arte; es sin duda un instante de paraíso y un puente invisible con la eternidad… Ir descubriendo, semana a semana, nuevos universos, diversas formas de pensar, almas que se han desnudado en la expresión estética, corazones desgarrados en el soneto, voces inmortalizadas en la canción, trazos inmemoriales en los muros de la ciudad… Para eso y mucho más alcanza un café.

Qué bueno que existan espacios culturales que nos reúnan en torno a lo hermoso, a lo sublime, a lo placentero. El viernes anterior, los mejores ejemplos universales de la poesía musicalizada y el encuentro con diversos momentos del verso, fueron la nota, matizada con interpretaciones magníficas, iluminadas por la sapiencia musical y sensibilidad de José Fernando.

Qué maravilla tener a Benedetti, Neruda y Serrat reunidos. Pasar de Sergio Stepansky a la Zenaida, vibrar con la cumbia para después conmoverse con la Canción de la Vida Profunda; y sentir que todos, algún día: “somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar...”

Qué bueno vibrar, con el alma suspendida en la hermosura de palabras que cautivan: “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente, y me oyes desde lejos y mi voz no te toca…” y hundir la mente en la filosofía y entender que: “Caminante son tus huellas, el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar”; y saber que para todo eso alcanza el arte y que todo también cabe… En una taza de buen café. (A José Fernando Ramírez Cortés, por supuesto). 

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