El Quindío es muy pequeño simplemente y aquí no hay cifras, todos los indicadores locales de Armenia y los del departamento provienen más de lo que se presume, que de trabajos seriamente hechos para medir, por ejemplo la pobreza.
En Colombia acaba de cumplirse el año número ocho en la existencia del Observatorio de Desarrollo Humano en cuyos objetivos ha estado la discusión seria “sobre cómo ha de entenderse, en la perspectiva del siglo XXI, el desarrollo de la sociedad y lo que ello significa para los seres humanos, ya sea en el sentido más general de la humanidad o en lo específico de Colombia”.
Hace poco la fundación Universidad Autónoma de Colombia puso a circular el boletín correspondiente al último trimestre del año anterior, con un resumen interesantísimo sobre la pobreza entre los años 1959 y 2006 y es ahí donde se afirma que ha disminuido la pobreza, pero que se mantiene la desigualdad en el ingreso de los colombianos.
Se desprende del informe que departamentos como el Quindío no aparecen en las mediciones aunque se recalca, cómo desde hace mucho tiempo el país ha empleado dos métodos para medir la pobreza: El trillado y que se conoce como el de las necesidades básicas insatisfechas y que conlleva a establecer si un hogar es pobre o no, y en el evento de ser pobre, si de pronto ha caído en la miseria.
Yenifer Mariño Suárez se refiere al tema en la primera parte de un informe preparado por ella para este trabajo de la universidad con el Observatorio sobre Desarrollo humano e indica entonces que el segundo método de medición “consiste en la cuantificación de una canasta mínima de bienes esenciales, que determina el nivel de pobreza, al tiempo que un monto muy inferior determina el nivel de indigencia”.
Hay reflexiones filosóficas frente a todo este estado de cosas que se conocen en cifras sobre la pobreza y su clasificación y/o los estados de miseria e indigencia.
El Quindío ha sido manipulado por la politiquería desde los comienzos de su vida, entre otras cosas, porque el dañino eslogan aquél que todavía algunos recuerdan de departamento, ‘Joven, rico y poderoso” alejó al Quindío de las posibilidades que desde la época se daban contra la pobreza.
Por la pobreza de los quindianos no había necesidad de hacer nada, porque según esa promoción que trascendió al país, en esta zona cafetera nunca había existido y entonces nadie se volvió a preocupar por una región que no sólo estaba muy joven, es decir, con todo el vigor y capacidad para aguantar embates de pobreza si llegaren a presentarse, sino que además era rico, -claro, el verde de los cafetales sembrados en una extensión muy pequeña pero totalmente cultivada en café, transmitía la certidumbre de esa riqueza.
El mismo verde de la esperanza y el de las esmeraldas, luego nadie tenía motivo para quejarse. Desde eso se está escondiendo la pobreza en el Quindío. Eso siempre fue mentira, -no es sino recordar cómo vivían los recolectores de aquella época y cómo y en que condiciones de habitación se mantenían las mujeres y los hombres que trabajaban en el campo.
Después de la ruina comercial del café por la ruptura de los mercados internacionales, es muy probable que los campesinos dedicados al grano hayan pasado a mejor vida. Se redujeron los cafetales, se hizo una ligera pero cierta diversificación de cultivos y llegó el turismo a las haciendas cafeteras. Los recolectores tuvieron que emigrar.
El año pasado, para no ir muy lejos, Armenia pasó de unos doscientos indigentes censados por las autoridades municipales, a un número superior a los 800. Y por ahí están todos. Nadie ha ido a mirar ni a contar a los pobres mas pobres que se dispersan en numerosísimos barrios, laderas, asentamientos y lugares en los que no hay servicios públicos y mucho menos agua potable.
Nosotros en el Quindío también tenemos una alarmante pobreza, pero no está medida con precisión y se ha convertido en una herramienta de politiqueros y demagogos que saben muy bien para que sirve esa pobreza.