Cuando designamos algo como bueno o moralmente bueno e inducimos a otros para que lo valoren de igual modo, entramos en el ámbito del emotivismo moral. Consiste en afirmar nuestros sentimientos subjetivos y nuestras actitudes y demandar su aprobación de parte de aquellos a los que nos dirigimos. El emotivismo se da en casos de fuerte impacto social, como los relacionados con el trato a los animales, la justicia, el aborto. En el aborto, por ser una controversia que desconoce las disposiciones de ley para entrar en terrenos en los que imperan juicios de valor que lo descalifican por considerarlo contrario a los principios de una determinada concepción moral.
El problema es la justificación de juicios morales a partir de sentimientos subjetivos, que compartidos, pretenden poseer un carácter objetivo y universal. Para el emotivismo priman aquellos que se soportan en sentimientos y actitudes propios, lo que cada uno tenga por bien valorar y expresar en cuanto a su sentir y por su capacidad de interpelar a otros en el mismo sentimiento. No se discute lo que conviene con la naturaleza o la condición del individuo, se trata de analizar lo que procede cuando alguien “expresa un preferencia subjetiva” en el plano moral, pues los juicios de valor atañen con la vida en general y con el modo en que se vive.
Es lugar común saber que la vida se vive en compañía de otros, y que por tal razón las preferencias subjetivas de unos no deberían estar nunca por encima de la de los demás; porque lo bueno para uno, en la moral, quizá no sea bueno para otros, pero entonces ¿qué hacer para salvar la diversidad de los puntos de vista y no caer en aquello de que “todos están en lo justo, ninguno tiene la razón”? ¿Hasta dónde el punto de vista moral está tan fijo que hace imposible un acuerdo razonable entre los interlocutores?
Los medios de comunicación y las fuerzas en discordia claman a su modo por imponer su punto de vista, por eso, cuando esto sucede, entramos en el campo del emotivismo. Su intención es la de generar una moral de contagio, de cómo los estados subjetivos del individuo y el modo en que los expresa llegan a inducir conductas similares en sus semejantes; algo así como: “yo lo apruebo; hazlo tú también”. “Las lagrimas del sargento, son también mis lagrimas”, ha sido el pregonar del los últimos días por lo acontecido con los indígenas del Cauca.
Conmover a punta de llanto a una sociedad estupefacta y atolondrada que olvida la historia y los años de ineptitud institucional en la solución de los problemas sociales que se han vuelto sempiternos. Del sargento que “prefirió dejarse ofender, insultar y maltratar, que hacer uso de su arma en legítima defensa”, y bien que pudo usarla, y causar la muerte de otros tantos indios que insolentes se atrevieron al “desbordamiento brutal” contra el Ejército de Colombia. Es decir, cualquier acción puede justificarse si la moral tiene unos márgenes indeterminados y si todo se mide por la volubilidad de las emociones.
El emotivismo anula la objetividad ética, pues si los juicios de valor obedecen a una determinada concepción moral, entonces lo moralmente bueno es aquello que confirma mis sentimientos.