Jueves, 17 Oct,2019
Opinión / JUL 05 2015

Eutanasia y estado laico (3)

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Es verdad que los periodos de transición y de crisis hacen resaltar con mayor fuerza el alcance de nuestras creencias. La historia de la formación de nuestras creencias modela actitudes, valores y juicios que tienen que ver con la vida y la decisión de una muerte digna, por ejemplo. Hay creencias que ayudan a tomar la decisión debida y necesaria; hay creencias que limitan los protocolos científicos.

Si el mundo cambia rápidamente y las costumbres también, entonces igualmente tenemos necesidad de adaptar y actualizar nuestras creencias de acuerdo a los cambios culturales actuales. Hay creencias que han sido útiles e importantes en un tiempo, pero que ahora son estrechas y obsoletas. Si nuestras creencias y convicciones tienen un impacto considerable sobre el uso de la libertad individual, ¿es posible reestructurar o cambiar las  creencias que limitan la convivencia social?

De ahí que la eutanasia practicada por solicitud expresa de una persona constituye el máximo acto de libertad de quien la solicita, un testimonio de autonomía y muestra del respeto necesario a las decisiones personales.

¿Por qué es tan difícil reconocer el derecho a morir con dignidad, reivindicado libremente por razones que sólo competen a los mismos individuos y a sus más cercanos?  ¿Por qué es tan difícil acceder a morir con dignidad, sin miedo a la muerte ni a la sanción moral?

Encontramos una asombrosa unión de fuerzas impositivas que tienen poder pero que ocultan cierta culpabilidad relativa a la supuesta separación del Estado y las iglesias, que se consideran guardianes morales de cualquier acción humana en lo que corresponde a la vida, la muerte, el sexo, la raza, la riqueza y el poder.

Más bien son depositarias de una mentalidad discriminatoria y excluyente que impregna las leyes y se convierten en diques para la conservación de un orden moral, amparados en un cientificismo que oculta el resurgimiento de problemas mayores de la sociedad contemporánea. Actitudes que muestran la dificultad que tienen los poderes médicos y políticos de desprenderse completamente de concepciones negativas respecto a la existencia humana.

¿De dónde viene esa reticencia para aceptar que el ser humano quiera ser dueño de su propio fin? ¿de una concepción de la existencia según la cual la reivindicación del derecho a morir debe pasar por normas externas al individuo? ¿de una sacralización de la vida que va hasta la negación del sufrimiento? ¿del miedo a perder imposiciones morales autoritarias? La fuerza de la ética proviene del reconocimiento a la autonomía del ser humano.


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