Domingo, 19 May,2019
Editorial / MAY 15 2019

Gracias, profe

Desde siempre los maestros han hecho lo que muchos padres no han podido o no han querido, y esa deuda se tiene que saldar.

Gracias, profe

La humanidad ha migrado de una lenta evolución, consecuencia de la oscuridad que mantenía oculta la información, a un vertiginoso y peligroso desarrollo, consecuencia de la exagerada cantidad de luz que, además de poner al descubierto demasiada información, ha cegado mental y emocionalmente al hombre para administrarla.

La vertiginosa carrera emprendida tras la búsqueda legítima de respuestas a cada interrogante, además de beneficiosa por los grandes descubrimientos que han permitido mejorar la calidad de vida y reclamar igualdad de derechos, ha traído como consecuencia la pérdida del temor. Cada vez es menos esa mínima dosis de temor que se necesita para conservar el equilibrio de las relaciones sociales.

La infidelidad aumenta por el poco temor que siente el ser humano de perder su compañía sentimental, esos vacíos emocionales han empezado a llenarse con información, expresada en tecnología, entretenimiento, etc. Las relaciones entre padres e hijos se han deteriorado de forma paralela con el acceso de los menores a la información, el temor a la sanción moral impuesta por los mayores ya es cosa del pasado. También el aumento de delitos es aupado por la ausencia de temor al castigo que impone el sistema judicial moderno, quien comete la falta ya sabe que la pena será leve y quien defiende al delincuente tiene un arsenal de información que puede manipular en favor del victimario.

También hay ejemplos cotidianos, pero no por eso igual de reprochables: ya no hay reparo en atender una llamada en voz alta dentro de la iglesia mientras el sacerdote oficia la misa; tampoco hay problema en romper el protocolo en los eventos, cualquier pinta es apta para cualquier acto; todas las señales de tránsito se violan, aunque con ello se ponga en riesgo la integridad física propia o del otro y el patrimonio. Todas estas faltas, que a juicio de cada cual pueden ser calificadas como menores o mayores, graves o inocuas, tienen inicio en el temor, que, como ya lo dijimos, es inversamente proporcional a la cantidad de información. Claro que hay muchas más razones, particulares y generales, justificadas o no, que provocan los comportamientos que reprochamos en el ser humano, pero una de ellas es recibir tanta información al mismo tiempo sin tener la capacidad para procesarla.

También las profesiones y oficios están sufriendo los rigores de la falta de temor. Los médicos hace rato vienen perdiendo el respeto de sus pacientes, se volvió normal que las personas entren a hablar con el galeno mientras mascan chicle, o le pidan al doctor que paren momentáneamente el diagnóstico mientras contestan el celular. Hasta se atrevan a sugerir qué es lo que padecen y se autoformulan. 

Otra de las profesiones, una de las más bellas y trascendentales, curiosamente afectada por la gran cantidad de información disponible, es la de maestro. Los profesores, que históricamente han cargado con el peso de la calidad de la sociedad que se forma, han ido perdiendo la autoridad y la admiración que por tantos años se les ha profesado. Los maestros, además de enseñar ciencias básicas, artes y humanidades, también han sabido ser padres, consejeros, amigos, luz y norte para todas las generaciones. A los hijos que sus padres y hogares han expulsado, los han adoptado sin reparo los maestros. Los profesores siempre han sido coautores de los ciudadanos exitosos, por eso resulta tan injusto que el conocimiento, mal adquirido y administrado, hoy los esté rajando. Desde siempre los maestros han hecho lo que muchos padres no han podido o no han querido, y esa deuda se tiene que saldar. Una de las primeras cosas que los padres deben enseñarle a sus hijos es a respetar a sus profesores. 

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